El riesgo de confundir “estar con tener”

Hay algo que pasa todo el tiempo: alguien consigue eso que quiso durante años —una casa, un trabajo, una pareja, un grupo de amigos, incluso una versión de sí mismo— y, en el mismo momento en que lo logra, aparece el miedo a perderlo.

Y no hablamos solo del amor. Hablamos de todo. De los hijos, que queremos que crezcan, pero no tanto. De los amigos, que queremos que estén siempre como al principio. Del trabajo, que queremos que sea seguro, estable, eterno. De lo que tenemos, que queremos que dure para siempre… pero a nuestra manera. El problema es que nada de eso funciona así.

La trampa de querer que todo quede quieto

No nos alcanza con querer. Queremos fijar las cosas. Queremos que los hijos no cambien tanto, que no se alejen. Que los amigos no tomen otros caminos. Que el trabajo no se termine. Que lo que conseguimos no se rompa, no se desgaste, no se vaya.

En el fondo, queremos que la vida se quede quieta cuando nos conviene. Pero la vida no negocia. Y cuando no pasa lo que esperamos —porque no va a pasar— aparece la frustración. Primero hacia adentro: sentimos que hicimos algo mal, que no supimos sostenerlo. Después hacia afuera: nos enojamos, exigimos, presionamos.

Queremos ordenar lo que, por naturaleza, es movimiento.

El desgaste de sostener lo imposible

Ahí empieza algo silencioso. Empezamos a vivir en tensión, tratando de que nada cambie demasiado. Ajustamos, controlamos, insistimos. A veces con cariño, a veces con miedo, a veces con fuerza.

Pero en ese intento de sostener todo, nos vamos desgastando. Porque sostener lo que cambia todo el tiempo cansa. Y además tiene un efecto raro: cuanto más queremos retener, más se nota que las cosas se escapan. Los hijos crecen igual. Los vínculos cambian igual. El trabajo se transforma igual. Nosotros mismos dejamos de ser los mismos. Y entonces aparece esa sensación incómoda: la de estar peleando contra algo que no vamos a poder frenar.

Aprender a estar sin querer adueñarse

Capaz el problema no es amar, ni construir, ni desear. Capaz el problema es creer que todo eso nos pertenece de una forma definitiva.

  • Los hijos no son “nuestros” para siempre.
  • Los amigos no están “asegurados. Nuestra pareja tampoco.
  • El trabajo no es un lugar fijo.
  • Las cosas que tenemos no vinieron con promesa de quedarse.

Nada de eso significa que no importe. Al contrario: importa justamente porque no es permanente. Quizás se trata de aprender a estar sin querer adueñarse.

A disfrutar sin intentar congelar. A acompañar sin controlar.

Suena simple. No lo es.

Porque igual volvemos a lo mismo: a querer que algo dure un poco más, que no cambie tanto, que se quede. Como si todavía creyéramos que, si lo hacemos lo suficientemente bien, la vida —al menos esta vez— va a hacer una excepción.