¿Cómo va la guerra?
Trump descubre que las guerras son fáciles de empezar, pero nadie le explicó cómo se terminan
No soy analista internacional. Y probablemente me equivoque en muchas de las conclusiones que siguen. Desde ya, pido disculpas por eso. Solo soy un escritor con oficio periodístico. Leo mucho. Hablo con fuentes que piensan de un lado y del otro. Trato de desconfiar de las certezas absolutas y de las verdades envasadas. Después de escuchar, comparar y volver a leer, intento hacer algo mucho más modesto: contar una historia compleja con palabras sencillas.
Porque, al final del día, la mayoría de nosotros no necesita un tratado de geopolítica ni una clase de estrategia militar. Necesita entender por qué una guerra que ocurre a miles de kilómetros puede terminar aumentando el precio del combustible, de los alimentos o alterando el equilibrio del mundo. No pretendo tener razón. Pretendo ayudar a comprender. Si al terminar de leer estas líneas usted entiende un poco mejor qué está pasando entre Estados Unidos e Irán, el objetivo estará cumplido.
La guerra que corre contra el reloj
Hay guerras que se pelean con tanques. Otras, con aviones invisibles, drones y satélites. Pero las más peligrosas son las que terminan peleándose contra el tiempo. Estados Unidos e Irán ya entraron en esa etapa. Mientras los bombarderos despegan desde portaaviones y las baterías antiaéreas buscan interceptar misiles sobre el Golfo Pérsico, el verdadero enemigo de Donald Trump ya no está únicamente en Teherán. También está sentado en Washington, mirando las encuestas, calculando el costo político y preguntándose cuánto tiempo más puede sostener un conflicto que prometía ser rápido.
Todas las guerras nacen con una ilusión compartida: la de durar poco. La historia, en cambio, casi siempre escribe otro final.
El pedazo de agua que puede sacudir al planeta
Si uno observa el mapa, cuesta creer que un estrecho de apenas unos kilómetros de ancho pueda condicionar la economía mundial. Sin embargo, eso es exactamente Ormuz. Por allí pasa una parte decisiva del petróleo que consume el planeta. No hace falta bloquear completamente ese corredor marítimo. Alcanza con que exista la posibilidad de hacerlo para que los mercados entren en pánico, el precio del crudo suba y el resto del mundo empiece a sentir el impacto. Irán lo sabe. Estados Unidos también. Por eso esta guerra no se libra únicamente sobre ciudades o bases militares. Se libra alrededor de un embudo por donde circula buena parte de la energía del mundo.
Cada misil estadounidense intenta garantizar que los barcos sigan navegando. Cada respuesta iraní busca demostrar que nadie navegará tranquilo mientras Teherán conserve capacidad para incomodar. La guerra no discute solamente un territorio. Discute quién tiene la llave del grifo energético del planeta.
Trump y la paradoja del poder
Donald Trump volvió a la Casa Blanca prometiendo terminar con las guerras eternas que, según él, habían desgastado a Estados Unidos durante décadas. Hoy administra una propia. La paradoja resulta inevitable. Primero creyó que una demostración de fuerza alcanzaría para obligar a Irán a negociar. Después apostó por bombardeos selectivos. Más tarde endureció las sanciones económicas. Nada produjo el resultado esperado.
Irán continúa golpeado. Empobrecido. Aislado. Pero sigue de pie. Y cuando un país pequeño logra permanecer de pie frente a la mayor potencia militar del planeta, la percepción internacional empieza a cambiar. Ya no importa solamente quién destruye más objetivos. Importa quién resiste más tiempo.
La historia tiene memoria
Nada de esto es nuevo. La historia moderna está llena de potencias que entraron a una guerra convencidas de su superioridad y salieron sin poder exhibir una victoria clara.
- Estados Unidos lo vivió en Vietnam. Fueron casi diez años de guerra directa —veinte si se cuenta desde el inicio del conflicto en 1955— que dejaron 58.159 muertos estadounidenses, más de mil setecientos desaparecidos, y cerca de un millón de bajas militares comunistas junto con unos 300.000 soldados survietnamitas muertos. En total, el conflicto se llevó más de dos millones de vidas. Aun así, la mayor potencia militar del planeta terminó retirándose sin poder imponer su objetivo original.
- La Unión Soviética repitió el guion en Afganistán. Invadió en diciembre de 1979 convencida de una victoria rápida y se retiró diez años después, en febrero de 1989, dejando más de 15.000 soldados soviéticos muertos en combate y al menos otros 50.000 heridos o mutilados, sin haber logrado sostener al gobierno que había ido a proteger. Aquella «herida sangrante», como la definió Gorbachov, es señalada por buena parte de los historiadores como uno de los factores que aceleró el derrumbe de la URSS.
- Estados Unidos volvió a aprender la lección en el mismo territorio. Ingresó a Afganistán a fines de 2001 con la fuerza militar más poderosa del mundo y se retiró veinte años más tarde, en agosto de 2021, dejando el poder otra vez en manos de los talibanes a los que había ido a combatir. El conflicto dejó 2.442 soldados estadounidenses y 1.144 de países de la OTAN muertos, además de al menos 3.846 contratistas, y un gasto que —según el Instituto Watson de la Universidad Brown— superó los 978.000 millones de dólares solo en operaciones oficiales del Pentágono y el Departamento de Estado.
Tres guerras. Dos potencias distintas. Dos décadas cada una, en promedio. Un mismo final: la superioridad militar no alcanzó para traducirse en una victoria política duradera.
La historia, insiste, rara vez premia al que golpea primero. Suele premiar al que resiste más tiempo.
La paciencia también es un arma
Occidente suele medir las guerras por la cantidad de bombas que lanza. Oriente muchas veces las mide por la cantidad de tiempo que logra resistir. Irán jamás imaginó derrotar militarmente a Estados Unidos. No necesita hacerlo. Le alcanza con impedir que Washington pueda declarar una victoria. Cada semana adicional desgasta la imagen internacional de Trump.
Cada nuevo ataque alimenta el cansancio de la opinión pública estadounidense. Cada dólar invertido en la guerra deja de invertirse en problemas que los votantes consideran mucho más urgentes. Los generales observan mapas militares. Los asesores políticos observan encuestas. Y rara vez llegan a las mismas conclusiones.
Hablar mientras se dispara
Ahora vuelven a aparecer los mismos mediadores de siempre. Omán. Qatar. Pakistán. Cuando las bombas empiezan a demostrar sus límites, la diplomacia reaparece como si nunca se hubiera ido. Todos intentan reconstruir un puente entre Washington y Teherán. Pero existe un problema. Trump necesita negociar sin parecer débil. Irán necesita negociar sin parecer derrotado. Entonces ambos intercambian mensajes. Y ambos niegan que estén negociando.
La diplomacia, muchas veces, consiste precisamente en eso: conversar mientras públicamente se afirma lo contrario.
La guerra que también llega a su bolsillo
Mientras los noticieros muestran explosiones nocturnas, existe otra batalla mucho menos espectacular. La de los mercados. Cada misil modifica el precio del petróleo. Cada rumor altera las bolsas. Cada amenaza cambia el costo de transportar mercaderías. Y todo eso, tarde o temprano, termina llegando al ciudadano común. No porque viva cerca de Irán. Sino porque vive en un mundo donde la energía mueve prácticamente toda la economía.
A veces una guerra parece muy lejana. Hasta que uno llena el tanque del auto o hace las compras del supermercado.
La pregunta que todavía no tiene respuesta
Estados Unidos posee la mayor capacidad militar del planeta. Irán posee una enorme capacidad para soportar el desgaste. Uno tiene el martillo. El otro aprendió a convertirse en un clavo imposible de sacar. Washington puede destruir radares, puertos, depósitos de misiles y bases militares. Pero todavía no consiguió destruir aquello que sostiene al régimen iraní: su decisión política de resistir.
Y allí aparece la gran lección que, una vez más, vuelve a ofrecer la historia. La superioridad militar sirve para comenzar una guerra. No garantiza saber cómo terminarla. Quizás dentro de unos días vuelvan las negociaciones. Quizás haya nuevos bombardeos. Quizás ocurran ambas cosas al mismo tiempo, porque así funcionan los conflictos modernos: primero disparan y después se sientan a conversar.
Mientras tanto, el estrecho de Ormuz sigue siendo mucho más que una ruta marítima. Por allí circula el petróleo del mundo. Pero también circulan el prestigio de Estados Unidos, la supervivencia estratégica de Irán y el delicado equilibrio de una economía global que observa este conflicto con la respiración contenida.
La pregunta sigue siendo la misma.
¿Cómo va la guerra?
La respuesta, por ahora, es tan incómoda como sencilla. Nadie está ganando. Y precisamente por eso, todavía no termina.
