No es el color. Es la cartera
El prejuicio que sobrevive incluso cuando cambia de piel
Hace poco alguien contó algo que parece una anécdota menor y en realidad es una radiografía. Un hombre negro, con poder y con una vida resuelta, se burlaba de otro hombre negro, pobre, extranjero, que trabajaba bajo 40 grados de calor. Lo llamó «negro vago». Ahí adentro hay una contradicción que merece pararse a mirar. Si el racismo fuera solamente una cuestión de piel, esa escena no debería existir. Y sin embargo existe, y no es rara. Lo cual sugiere algo incómodo: puede que el color no sea siempre el verdadero sospechoso. Puede que el verdadero sospechoso, muchas veces, sea la pobreza.
El crimen que nadie confiesa
Pregunte en una mesa familiar, en una oficina o entre amigos:
—¿Hay algún racista por acá?
Nadie va a levantar la mano. Ahora cambie la pregunta.
—¿A quién le alquilaría su casa? ¿A quién contrataría para cuidar a sus hijos? ¿Qué apellido le inspira confianza? ¿Qué acento le despierta una desconfianza que ni usted mismo sabe explicar?
De pronto el silencio empieza a decir más que las palabras.
Durante siglos el racismo fue brutal y no se escondía. Estaba escrito en las leyes, bendecido por gobiernos, explicado por científicos convencidos de que la humanidad podía dividirse entre superiores e inferiores. Hoy ese discurso sería inaceptable en buena parte del mundo, y eso es una conquista real, no un detalle. Pero los prejuicios tienen una virtud inquietante: aprenden a sobrevivir adaptándose. Cuando una puerta se cierra, entran por la ventana. Ya no usan uniforme. Usan buenos modales.
El sociólogo Eduardo Bonilla-Silva lo llamó racismo sin racistas: una sociedad donde casi todos rechazan la etiqueta, mientras ciertas prácticas siguen produciendo desigualdades que parecen tener dueño.
Cuando el prejuicio no mira el color, mira el bolsillo
Aquí es donde la anécdota del hombre que insultó a otro hombre negro se vuelve reveladora. Porque desarma la explicación fácil. No alcanza con decir «es racismo» cuando quien discrimina pertenece al mismo grupo que discrimina. Algo más está operando.
La filósofa Adela Cortina le puso nombre a ese «algo más»: aporofobia, el rechazo específico al pobre. No al extranjero por extranjero, no al distinto por distinto, sino al que llega sin recursos. El millonario que aterriza en un avión privado rara vez despierta las mismas alarmas que quien cruza una frontera con una mochila, aunque tengan el mismo pasaporte, el mismo idioma o incluso el mismo color de piel.
Esto no diluye el racismo. Lo vuelve más complejo. Porque el racismo y la aporofobia no son la misma cosa, pero tampoco viajan siempre separados: en muchas sociedades se refuerzan mutuamente hasta volverse casi indistinguibles. El hombre que llamó «vago» a otro hombre negro probablemente no se reconocería a sí mismo como racista —y en un sentido estricto, tal vez no lo sea en ese instante—. Pero reprodujo exactamente el mismo mecanismo: convirtió a una persona en representante de un grupo, y al grupo, en una explicación cómoda para no mirar el calor, el sueldo y la falta de alternativas bajo los que esa persona trabajaba.
El lenguaje que resuelve todo sin decir nada
Casi nadie dice hoy «no contrato extranjeros» o «no quiero gente pobre cerca». Sería socialmente inaceptable. Se dice algo más elegante:
—Buscamos otro perfil. —No terminó de convencernos. —No parece encajar con el equipo.
Y asunto resuelto. «Encajar» se convirtió en uno de los eufemismos más sofisticados de nuestro tiempo. Tan sofisticado que a veces ni quien lo pronuncia sabe con precisión qué quiso decir. El psicólogo Gordon Allport ya advertía hace más de medio siglo que el prejuicio casi nunca empieza con violencia. Empieza con una broma, una etiqueta, una sospecha, una pequeña exclusión que aislada no explica nada. Repetida miles de veces, explica demasiado.
La paradoja de aceptar el esfuerzo y negociar la igualdad
Muchas economías no funcionarían sin inmigrantes, y sin embargo pareciera que a algunos los aceptamos solo mientras permanezcan donde creemos que deben estar: cosechando, levantando edificios, limpiando oficinas, cuidando ancianos, pedaleando bajo la lluvia para que la cena llegue caliente.
Ahora, y esto vale la pena decirlo con cuidado: parte de esa brecha tiene explicaciones objetivas. El idioma, la falta de documentación, títulos que nadie reconoce, redes de contacto inexistentes. Ignorar eso sería tan deshonesto como ignorar el sesgo. La pregunta razonable no es «¿existen razones distintas al prejuicio?» —claro que existen— sino «¿alcanzan esas razones para explicar todo lo que vemos, o queda un resto que solo se explica por la sospecha automática hacia el pobre, el extranjero, el distinto?». Esa es la pregunta incómoda, y probablemente no tiene una sola respuesta válida para todos los casos.
El problema aparece, en todo caso, cuando esa misma persona bienvenida como mano de obra quiere dirigir una empresa, enseñar en una universidad, competir por un cargo o simplemente ser vecino con los mismos derechos. Ahí es donde se nota si lo que se aceptó fue a la persona, o solo su utilidad.
Un mecanismo, muchos disfraces
El sociólogo Michel Wieviorka sostiene que el racismo contemporáneo dejó de hablar de razas para hablar de culturas, identidades o formas de vida. Las palabras evolucionaron. Las sospechas, bastante menos.
Y por eso el racismo existe en sociedades de todos los continentes, aunque cambien sus protagonistas. En algunos lugares recae sobre inmigrantes; en otros, sobre minorías étnicas, pueblos indígenas, comunidades religiosas o vecinos de otra región. A veces, como en la anécdota del comienzo, recae incluso sobre alguien del propio grupo racial, cuando lo que de verdad se está castigando es la pobreza, el origen, el acento.
Cambian los nombres. El reflejo se parece demasiado.
Cierre
Tal vez el error más común sea buscar al racista como si fuera una categoría fija de persona, en lugar de un mecanismo que cualquiera puede activar, incluida la víctima de otro prejuicio en otro momento. El hombre que se burló del trabajador bajo el sol no encaja en ningún estereotipo de «racista de manual». Y, sin embargo, ahí estaba, repitiendo el gesto.
Quizás la pregunta que vale la pena dejar abierta no es quién es racista y quién no. Es esta: ¿cuántas veces confundimos el rechazo a la pobreza con una verdad sobre el carácter de alguien? ¿Y qué tendría que pasar para que, la próxima vez, en lugar de una etiqueta, hagamos una pregunta?
