Una invitación personal a reflexionar
El algoritmo que te ama demasiado
Hay una ley no escrita en el universo digital, más confiable que la de gravedad: si a las tres de la mañana le diste «me gusta» a un video sobre reptilianos que controlan el Banco Central, antes del mediodía vas a tener en tu feed cuatro fuentes distintas, dos podcasts, un influencer con cara de haber dormido mal y tu tía confirmando que «algo raro hay».
La ciencia tiene un nombre elegante para esto: efecto de verdad ilusoria. El resto de nosotros lo llamamos simplemente «el algoritmo haciendo lo suyo».
Una máquina que no miente, pero tampoco dice la verdad
Conviene aclarar algo, por respeto a la honestidad y a la ingeniería: el algoritmo no es malvado. No tiene opiniones sobre política, ni sobre vacunas, ni sobre si la Tierra gira o simplemente finge que gira para no aburrirse. El algoritmo tiene un solo objetivo, monástico y puro: que te quedes mirando la pantalla un segundo más. Eso es todo. No busca la verdad, busca tu pulgar quieto sobre el vidrio. El problema es que, a la máquina, para lograr ese segundo extra, le resulta más eficiente confirmarte que sorprenderte. Y ahí aparece la primera paradoja, deliciosa y un poco incómoda: cuanto más «personalizada» es tu experiencia, menos personas ven el mundo como vos.
Todos creemos tener un mirador privilegiado sobre la realidad, cuando en verdad tenemos un espejo con wifi.
La repetición como sinónimo de verdad (spoiler: no lo es)
Acá entra la ciencia, que además de explicar por qué el cielo es azul, también explica por qué tu cuñado está convencido de que el 5G cocina neuronas. Numerosos estudios de psicología cognitiva muestran que el cerebro humano confunde dos cosas que deberían ser hermanas lejanas: lo repetido con lo verdadero. Cuantas más veces escuchamos una afirmación, más fluida se vuelve procesarla mentalmente, y esa fluidez la interpretamos, erróneamente, como evidencia.
El algoritmo, sin saber nada de neurociencia, descubrió esto por pura estadística: si a un usuario le gustó una fake news, no hace falta convencerlo con argumentos, alcanza con repetírsela con distinto maquillaje. Primero te la manda un portal con nombre serio. Después un tuit con mayúsculas nerviosas. Más tarde un audio de WhatsApp reenviado por alguien que «lo escuchó de un médico». Ninguna de esas fuentes se puso de acuerdo con las otras. No hizo falta: todas fueron convocadas por el mismo curador invisible, que sabe exactamente qué botón tuyo apretar.
La paradoja del buen gusto
Y aquí la ironía se pone filosa: nadie piensa que tiene mal gusto informativo. Todos creemos que lo que compartimos, lo que «nos cierra», lo que decimos que «hay que ver esto» es, precisamente, lo verdadero, lo importante, lo que otros no quieren ver.
Nadie dice «me encanta creer cosas falsas». Decimos «abrí los ojos». El algoritmo, generosamente, nos regala exactamente eso: más de lo que ya creíamos, disfrazado de descubrimiento. Es un poco como pedirle a un amigo que te dé una segunda opinión, y que ese amigo resulte ser vos mismo, con peluca, hablando en tercera persona. La segunda opinión coincide sospechosamente con la primera. Y la tercera. Y la que viene envuelta en un video con música dramática.
Entonces, ¿qué hacemos con esto?
- No hay una receta única, aunque la tentación de dar diez consejos numerados es fuerte (el propio formato de «diez consejos» es, dicho sea de paso, otro producto exitoso del mismo algoritmo).
- Sí vale la pena, al menos, sostener una sospecha sana: si algo te confirma exactamente lo que ya pensabas, sin fricción, sin matices, sin ese pequeño malestar de la duda, probablemente no te lo esté mostrando la verdad. Te está mostrando tu propio reflejo, con buena iluminación.
- Puede que no haya salida completa de esto. Puede que vivamos, todos, dentro de habitaciones tapizadas con espejos que llamamos «información» y que de tanto en tanto confundamos el eco con una voz ajena.
- Tal vez lo único razonable sea aceptar la incomodidad de preguntarse, cada tanto, en medio del scroll: ¿esto me convence porque es cierto, o simplemente porque ya lo había escuchado antes, en otra voz, con otra cara, disfrazado de casualidad?
La respuesta, como casi todo lo importante, no viene en un solo video. Y si viene, conviene desconfiar un poco más.
