La “mala educación” no tiene pasaporte
Tengo la fortuna de vivir en un rincón de la Costa del Sol donde el silencio todavía conserva cierto prestigio. Una urbanización tranquila, de esas donde el mayor acontecimiento suele ser un vecino que poda el jardín un sábado por la mañana o un perro que decide discutir con la luna. El resto del año, el lugar parece haber firmado un pacto con la calma.
Hasta que llegan julio y agosto.
Entonces desembarca otro paisaje. No el de las sombrillas ni el de las cámaras de fotos. Llega una parte del turismo extranjero —ingleses, alemanes, belgas y de tantas otras nacionalidades— con una idea muy peculiar de las vacaciones: beber hasta la inconsciencia, convertir la madrugada en un escenario de gritos, poner música donde ya existe el sonido del mar y romper, una tras otra, las reglas más elementales de convivencia.
Y conviene decirlo cuanto antes: la mala educación no se queda encerrada en una urbanización. Viaja. Se instala en la toalla de al lado en la playa, empuja el carrito en el supermercado como si fuera un coche de choque y se planta, impasible, en mitad de un semáforo en rojo mientras el resto del mundo espera.
Un recorrido por los escenarios del verano
- En la playa, la mala educación tiene un repertorio propio.
- El altavoz que nadie pidió compartir, colocado a un volumen que convierte la orilla en discoteca sin pista de baile.
- La toalla que invade el metro cuadrado ajeno como si las fronteras solo existieran en los mapas.
- La colilla enterrada en la arena, el envase abandonado junto a la sombrilla, la pelota que golpea a quien simplemente intentaba leer en paz.
- El mar es de todos, sí, pero eso no significa que el silencio de quien lo mira deje de serlo también.
En el supermercado, la escena cambia de decorado, pero no de protagonista.
- El carrito aparcado en mitad del pasillo, como si el resto de la humanidad pudiera atravesar paredes.
- La cola ignorada por quien decide que su prisa vale más que el tiempo ajeno.
- La fruta manoseada y devuelta al montón sin el menor pudor.
Pequeños gestos, sí, pero que revelan la misma pregunta de fondo: ¿acaso las vacaciones incluyen una exención especial de mirar a los demás?
Y en los semáforos, ese teatro diminuto donde se mide el respeto por reglas que no benefician a nadie en particular, sino a todos en conjunto, aparece de nuevo la misma actitud: el peatón que cruza igual, el coche que pita como si el motor fuera una prolongación del carácter, el grupo que ocupa la acera entera obligando al resto a bajar a la calzada. Nada de esto es un delito. Todo esto es, sin embargo, una forma de decir en voz alta: yo primero.
Conviene hacer una aclaración
Porque las generalizaciones son el atajo favorito de los prejuicios. No son todos. Ni siquiera sería justo decir que son la mayoría de los turistas. Miles de visitantes disfrutan del lugar con respeto, saludan, conversan, consumen en los comercios locales y entienden que descansar también es un derecho ajeno. Pero existe un grupo suficientemente numeroso como para transformar durante semanas la vida cotidiana de quienes vivimos aquí, ya sea en una urbanización, en la orilla del mar, en la fila de la caja registradora o en la esquina de cualquier calle.
Y es inevitable hacerse una pregunta: ¿qué nos hace realmente educados?
La educación que no cabe en un manual
Hay personas que dicen «gracias» con una sonrisa y otras que lo dicen como quien paga un peaje. Hay quienes sostienen una puerta para que pase el siguiente y quienes la sueltan con una sincronía tan perfecta que el golpe parece un accidente cuidadosamente planificado.
Sin embargo, el verdadero examen no ocurre en los pequeños gestos, sino cuando nadie nos conoce. Porque resulta curioso que personas capaces de respetar estrictamente las normas en sus países crucen una frontera y actúen como si también hubieran dejado atrás la educación. Como si las vacaciones incluyeran una licencia para olvidarse de que al otro día alguien madruga, trabaja o simplemente quiere dormir. Como si la playa, el supermercado o el semáforo dejaran de tener testigos solo porque uno está de paso.
Es una paradoja fascinante: recorren miles de kilómetros para admirar un lugar y terminan comportándose como si ese lugar no tuviera habitantes.
El extraño permiso de portarse mal
Existe una teoría silenciosa que muchos parecen compartir. Como estoy de vacaciones, todo me está permitido. Si pago un hotel, un apartamento o una copa, compro también el derecho a elevar el volumen de mi voz, de mi música y de mi ego. Y si pago la compra, quizás también crea que ha comprado el derecho a bloquear un pasillo entero con el carrito. La lógica resulta curiosa. Nadie imagina entrar a un museo y comenzar a correr por los pasillos porque ha pagado la entrada. Sin embargo, algunos consideran perfectamente razonable convertir una urbanización, una playa o un supermercado en territorio propio simplemente porque han venido a «divertirse». Qué palabra tan peligrosa cuando olvida que la diversión propia termina exactamente dónde empieza el descanso —o simplemente la paciencia— ajena.
El prestigio de pensar en los demás
Nos enseñaron a no hablar con la boca llena, pero nadie insistió demasiado en no vivir con el ego lleno. Nos enseñaron a pedir permiso para entrar en una habitación, aunque a veces invadimos la tranquilidad de los demás sin pedir ninguna clase de autorización, ya sea en un balcón, en una toalla de playa o en una fila de tres personas esperando pagar.
La verdadera educación quizá no tenga tanto que ver con saber usar los cubiertos correctos como con comprender que no estamos solos en el mundo. Escuchar también es educación. Bajar el volumen también es educación. Recoger lo que ensuciamos —en la arena, en la calle, en cualquier parte— también es educación. Esperar el turno también es educación. Entender que una calle, una playa o un pasillo de supermercado no dejan de ser de todos porque estemos de vacaciones también es educación.
Las pequeñas cosas que nadie aplaude
Ser educado nunca fue un espectáculo. Nadie organiza homenajes para quien baja la voz a medianoche. Nadie entrega medallas al turista que disfruta de una copa sin convertir el balcón en un estadio de fútbol. Nadie viraliza al bañista que recoge su propia basura antes de irse, ni al que espera pacientemente su turno en la caja, ni al que cruza cuando el semáforo se lo permite, aunque no venga ningún coche. Y, sin embargo, son esas personas las que sostienen la convivencia sin que casi nadie lo note.
La buena educación tiene un defecto enorme para estos tiempos: apenas hace ruido.
La elegancia invisible
Existe una elegancia mucho más difícil de conseguir que vestir bien o hablar varios idiomas. Es la elegancia de quien comprende que el mundo no gira alrededor de sus vacaciones. De quien sabe disfrutar sin molestar. De quien entiende que compartir un espacio —una calle, una orilla, un pasillo, un cruce— implica aceptar límites. Porque la educación no consiste en aparentar refinamiento.
Consiste en evitar que nuestra libertad se convierta en el problema de otro.
Lo que queda cuando el verano se va
Cada septiembre, cuando la calma vuelve lentamente a instalarse y las noches recuperan su silencio, queda una sensación curiosa. No pienso en las nacionalidades. Pienso en las conductas. Porque los maleducados tienen pasaporte, sí, pero la mala educación no. Puede hablar inglés, alemán, español o cualquier otro idioma. No entiende de fronteras ni de banderas. Aparece igual en una urbanización que en una playa, en un supermercado que en un semáforo. Y entonces uno se queda pensando si lo que de verdad se pone a prueba en vacaciones no es el destino, sino nosotros mismos.
Si la próxima vez que crucemos una frontera —la que sea, la de un país o la de un simple paso de peatones— seremos capaces de llevar con nosotros algo más que el equipaje.
