El viaje más largo

Por qué vuelvo a este texto

Hace unas semanas, una amiga me hizo una pregunta que no pude sacarme de encima. Me dijo que releyera mi libro, ahora que se cumple un nuevo aniversario. Que mirara con atención si el mundo de estos últimos cincuenta años había cambiado en algo. O si, por el contrario, seguía siendo el mismo. O peor. Le contesté lo que cualquiera contestaría hoy: que ahora hablamos de inteligencia artificial, de algoritmos que escriben, deciden y hasta aconsejan, y que aquel mundo de galpones húmedos y diarios bajo la camiseta parecía pertenecer a otra era.

Ella negó con la cabeza.

Me dijo que, en tiempos de máquinas que prometen resolverlo todo, volver sobre el tesón, la actitud y la pasión no es repetirse. Es, quizás, lo único que todavía puede agregarse. Y agregó algo que terminó de convencerme: que lo dijera sobre todo ahora, que estreno el título de abuelo. Tenía razón en las dos cosas. El mundo no mejoró tanto como quisiéramos. Y yo tengo, por primera vez, una razón nueva y muy concreta para escribir esto: una nieta que todavía no sabe leer, y que algún día abrirá estas páginas preguntándose quién fue su abuelo antes de serlo.

Así que acá va mi intento de resumir doscientas páginas en menos de mil palabras. Sé que es imposible. Pero también sé, después de tantos años vendiendo confianza en media docena de idiomas, que lo esencial casi siempre cabe en poco espacio. Lo demás es relleno. Y quiero decir algo antes de empezar: esto no es la historia de un empresario. Es la historia de cualquiera que alguna vez tuvo que empezar de cero sin que nadie se lo pidiera.

Si eso te suena conocido, esta historia también es tuya.

El verdadero punto de partida

Una fotografía muestra un instante. Nunca muestra lo que quedó fuera del cuadro.

Los países, como las personas, también tienen su fotografía conocida: la selección, el equipo, el gol que da la vuelta al mundo y que despierta pasiones y odios a partes iguales. Pero debajo de esa imagen hay millones de historias que no tienen esa espectacularidad, que nadie retransmite ni festeja en la calle. La mía es una de ellas. La tuya, probablemente, también.

En mi caso, la foto conocida es la de un laboratorio que exporta a los cinco continentes, un empresario que habla en congresos internacionales, alguien que alguna vez recibió un reconocimiento. Pero la película empezó mucho antes, en un galpón húmedo del conurbano bonaerense, con un chico que dormía con diarios debajo de la camiseta para engañar al frío.

¿Cuántas veces confundimos el resultado con el camino? Yo lo hice durante años. Hasta que entendí que mi historia no comenzó con una empresa. Comenzó con una abuela y con una madre. Ellas fueron mi primer capital, cuando todavía no existían para mí ni los balances ni las exportaciones ni palabras como liderazgo o emprendimiento.

El ADN que no figura en ningún análisis

Hay herencias que no aparecen en ningún registro civil. Mi abuela María, asturiana de Gijón, me enseñó que la pobreza nunca puede convertirse en excusa para perder la dignidad. Mi madre, con sus propias batallas y limitaciones, me enseñó algo igual de necesario: que siempre se puede seguir caminando, aunque el camino sea cuesta arriba.

Recuerdo una tarde de invierno —tendría ocho o nueve años— en que mi abuela cosió un forro de diario dentro de mi campera porque no había otra. No lo hizo con lástima. Lo hizo con la misma seriedad con la que hubiera firmado un contrato. «Esto te va a abrigar hasta que podamos comprarte una buena», me dijo. Y así fue.

Ninguna de las dos había estudiado administración de empresas. No sabían inglés. Jamás imaginaron Oriente Medio ni el sudeste asiático. Pero me dejaron algo mucho más útil: levantarse todos los días sin esperar que el mundo tuviera piedad. Si tuviera que elegir una sola frase para resumir cincuenta años de vida, sería esa.

Crecer en un país que nunca dejaba de caerse

Nací en una Argentina hermosa y contradictoria, que atravesó dictaduras y regresos democráticos, hiperinflaciones y devaluaciones, violencia política y confrontaciones ideológicas de todos los signos. Mientras algunos discutían quién tenía razón, millones de argentinos intentábamos, simplemente, trabajar. Aprendí temprano que ningún gobierno iba a resolver mi vida, y que tampoco debía esperar que lo hiciera.

No escribo esto para señalar culpables: la historia argentina ya tiene demasiados jueces y muy pocos constructores. Prefiero dejar otra enseñanza, más útil para mi nieta que cualquier análisis político: incluso cuando un país parece empeñado en complicarte la existencia, uno todavía puede elegir cómo responder. Eso no es una frase de autoayuda. Es lo único que tuve, durante años, en lugar de un plan.

El mundo tampoco ofrecía descanso

Mientras nosotros intentábamos sacar adelante una empresa, el planeta tampoco daba tregua. Guerra Fría, terrorismo internacional, atentados en Buenos Aires, conflictos interminables en Oriente Medio. Después llegaría otro fenómeno que marcaría a América Latina durante décadas: el narcotráfico y las organizaciones criminales ocupando territorios donde antes había otro tipo de conflicto.

Viajé por países atravesados por esas tensiones. Vi miedo, vi pobreza, vi sociedades partidas. Pero en todos esos lugares encontré también personas buenas, dispuestas a confiar en un desconocido con acento argentino. Y esa terminó siendo la lección más grande de todas: el miedo nunca es lo único que hay en un lugar. Siempre hay alguien dispuesto a decir que sí.

Vender era confiar en las personas

Mucha gente cree que yo vendía medicamentos. Nunca fue así. Lo que realmente vendía era confianza. Cuando uno llega desde Argentina a Malasia, Egipto, Jordania o Tailandia, nadie está esperando que aparezca un desconocido a enseñarle algo. Hay que construir credibilidad palabra por palabra, y eso solo se logra con honestidad. Ahí entró Arnaldo, mi socio y mi amigo durante casi toda esa historia, el único que se animó a subirse conmigo a aviones inciertos rumbo a mercados que nadie en nuestro entorno hubiera elegido. Los negocios pasan. La confianza permanece.

Nunca me interesó ganar solo

Con los años entendí que la palabra éxito suele estar mal explicada. Si éxito significa acumular dinero, conozco demasiados fracasados millonarios. Si significa dejar una huella positiva en las personas con las que uno trabajó durante cincuenta años, entonces tuve la fortuna de alcanzarlo. Siempre creí que una empresa debe servir para mejorar la vida de otros: primero la de sus empleados, después la de sus clientes, finalmente la de la sociedad donde nació.

Todo lo demás son balances.

Lo único que realmente permanece

Hoy no recuerdo las cifras exactas de la mayoría de las operaciones comerciales. Hace tiempo que me retire de la gestión.  En cambio, recuerdo perfectamente el abrazo de mi abuela. Las manos de mi madre. Las charlas interminables con Arnaldo en aeropuertos de madrugada. Los clientes que terminaron siendo amigos. Los errores que nos hicieron mejores. Eso permanece. Lo demás pasa.

Y si algo aprendí en cincuenta años cruzando fronteras, es esto: no importa en qué país naciste, ni cuánto frío pasaste, ni cuántas veces el mundo pareció estar en tu contra. Lo que se construye con honestidad, tarde o temprano, encuentra su lugar.

El legado

Si este libro sobrevive algunos años más, ojalá no sea porque cuenta cómo una empresa llegó al mundo. Ojalá sobreviva porque demuestra otra cosa: que ningún origen humilde condena a nadie, que la pobreza no impide soñar, que ni las crisis, ni las dictaduras, ni el terrorismo, ni el narcotráfico, ni las ideologías extremas consiguen vencer del todo a quien sigue creyendo en el trabajo honesto.

Y, sobre todo, que detrás de casi todos los hombres que alguna vez llegaron lejos hubo mujeres silenciosas que nunca aparecieron en las fotografías. La abuela de mi hermano Antonio fue una de ellas. Si alguna enseñanza quisiera dejar —y ahora, sobre todo, para mi nieta— sería esa. Yo no soy el protagonista de esta historia. El verdadero triunfo comenzó muchos años antes, cuando una inmigrante asturiana decidió que un chico no iba a pasar frío, aunque solo tuviera diarios para abrigarlo. Todo lo demás vino después. Incluso Malasia. Incluso, ahora, ella.

Y si esta historia te tocó algo, aunque sea un poco, entonces ya cumplió su propósito. Porque no la escribí solamente para mi nieta. La escribí para cualquiera que, en algún momento, haya tenido que abrigarse con lo único que tenía a mano.