La vida, esa broma cósmica
Que aceptamos sin leer el contrato de letra pequeña, se parece mucho a intentar armar un mueble sueco un domingo por la tarde, con resaca y sin las instrucciones en un idioma que comprendamos. Nos pasamos la existencia corriendo una carrera cuya meta, curiosamente, es el único lugar al que no queremos llegar.
Es la paradoja suprema
Nos desvivimos por darle un propósito a esta respiración constante, escalando montañas de metas y propósitos, para terminar, dándonos de bruces con la parca. Buscamos el sentido último de la vida y lo que hallamos, al final del pasillo, es la muerte esperándonos con los brazos abiertos y una taza de té, como quien espera a un invitado que llega tarde a su propia fiesta. ¿No es genial? Nos esforzamos tanto en entender el «por qué» que nos olvidamos de disfrutar el «cómo».
Y así, con la mirada clavada en el horizonte
Siempre buscando la felicidad en aquel resort de lujo que sale en la publicidad o en el éxito que parece vivir tres ciudades más allá, tropezamos sistemáticamente con la alfombra. Ignoramos al vecino, al café que nos humea en la mano, a la persona que tenemos al lado y que, a menudo, es lo mejor que nos ha pasado. Tenemos un don prodigioso para minusvalorar lo que está al alcance de la mano; parece que lo que no exige un pasaje de avión no tiene valor.
En esta misma línea, vivimos con la mirada puesta en un mañana
Que es, en realidad, un espejismo constante. «Cuando tenga tiempo», «cuando logre esto», «cuando sea el momento». Vivimos en el futuro como si fuéramos turistas en nuestra propia existencia, desperdiciando el presente —que es el único sitio donde realmente ocurre la magia— por esperar un futuro que, cuando llega, se disfraza inmediatamente de nuevo pasado. Es el arte de vivir en el ensayo general, olvidando que la función ya ha empezado.
En nuestro afán de perfeccionistas
Perseguimos lo mejor, lo sublime, la versión premium de todo. Y en ese camino, dejamos escapar lo bueno, lo sencillo, lo decente. Preferimos el filete de lujo que nunca llega al plato antes que comernos, con gusto y una buena copa de vino, un bocadillo de tortilla que nos salvaría el día. Nos volvemos coleccionistas de sueños inalcanzables, mientras se nos pudren en la despensa los placeres que ya tenemos.
Y luego está el asunto del placer
¡Qué trampa maravillosa! Buscamos el éxtasis, la gratificación instantánea, el «más difícil todavía», y terminamos, inevitablemente, abrazados al dolor. El exceso es, casi siempre, el preludio de una resaca ya sea física o moral. Queremos el placer sin su sombra, y la vida, que es muy pícara, nos recuerda que no hay subida sin bajada.
¿Y la libertad? Esa vieja obsesión
Nos pasamos la vida huyendo de normas, compromisos y responsabilidades, creyendo que la libertad es no tener nada que nos ate. Y ahí es donde la ironía nos da una bofetada: al buscar esa libertad absoluta, nos volvemos esclavos de nuestros propios deseos, de la mirada ajena, de las aplicaciones del teléfono o de la insatisfacción crónica. Somos esclavos de nuestra propia búsqueda de ser libres. La libertad verdadera, esa sí que es una paradoja, suele encontrarse precisamente en los vínculos que decidimos cuidar.
Finalmente, esa manía de buscar lo perdido
Queremos recuperar el tiempo, el amor de hace diez años, la figura de los veinte. Nos obcecamos en encontrar lo que se fue y, en el proceso, perdemos el tiempo que ya habíamos ganado. Es como intentar beber de un vaso que ya está vacío mientras derramamos la botella llena que tenemos en la mano.
Así que, después de este recorrido por el absurdo, solo queda una conclusión posible:
¡Disfruta inmensamente cada minuto de la vida hoy!
No porque sea lo correcto, ni porque lo diga un gurú, sino porque es lo único que tienes. La vida es un ratito, un suspiro entre dos nadas, un chiste que, si no te ríes tú, no se ríe nadie.
Deja de buscar el sentido y empieza a jugar con las piezas que tienes sobre la mesa. El juego es ridículo, sí, pero es el único que hay y, a estas alturas, sería un pecado no aprovecharlo para bailar un poco, aunque sea sin música.
