Especial Fútbol: Belgrano campeón, Madrid incómodo, Boca y el Atlético en penitencia
El fútbol hizo algo que suele hacer cuando se aburre: mezcló justicia poética con crueldad administrativa. Y en el camino, algunos técnicos volvieron a recordarnos que representar a un club es mucho más que sentir.
El fútbol también castiga a los que creen que ya ganaron
Hay equipos que juegan al fútbol. Y hay equipos que juegan contra la memoria.
Esta semana, el fútbol hizo algo que suele hacer cuando se aburre: mezcló justicia poética con crueldad administrativa. En Córdoba – provincia de la argentina – Belgrano de Córdoba le ganó una final histórica a River Plate y salió campeón argentino por primera vez. Lo hizo además con la delicadeza de un martillazo: remontando un 2-1 en los últimos minutos.
El fútbol argentino, que a veces parece escrito por un guionista con problemas afectivos, eligió que el verdugo de River en el descenso de 2011 también fuera el verdugo de una nueva frustración millonaria.
Hay clubes que se convierten en trauma. Belgrano ya es uno de ellos.
Y mientras el Pirata festejaba en Córdoba como si se hubiera liberado un país, en Europa algunos gigantes caminaban por la temporada con esa cara de gerente bancario al que le descubrieron una hipoteca escondida.
Porque el problema no es perder. El problema es perder mientras todos dicen que sos favorito.
Belgrano y la dignidad del club que todavía saluda al almacenero
Belgrano ganó con fútbol, claro.
Pero también ganó con una cosa antigua: convicción. Lucas Zelarayán manejó el partido con la serenidad del tipo que sabe dónde están las llaves de la casa. Nicolás «Uvita» Fernández entró desde el banco para transformarse en estatua instantánea. Leonardo Morales empató cuando el partido parecía escaparse.
Ricardo Zielinski armó un equipo que no pidió permiso para existir.
Del otro lado, River tuvo el síndrome contemporáneo del poderoso: jugar bien durante largos tramos y aun así dejar la sensación de que algo le falta. Talento tiene. Jugadores también. Colidio, Galván, el repertorio ofensivo, la posesión elegante.
Pero el fútbol no es LinkedIn. No alcanza con tener buenos antecedentes.
El técnico y el club: una relación mal entendida
Eduardo Coudet terminó expulsado y furioso.
Y ahí aparece una pregunta que no es solo sobre él, sino sobre un modelo de entrenador que el fútbol moderno celebra demasiado rápido: ¿hasta dónde la pasión es virtud y desde dónde se convierte en problema institucional?
Coudet tiene condiciones reales como entrenador. Su lectura táctica, su capacidad de transmitir intensidad, su historial en Celta de Vigo y en la misma River, hablan de un profesional serio. Pero hay un patrón que se repite: la expulsión, el gesto descontrolado, la declaración que enciende en vez de apagar. Y eso, en un club de la dimensión de River Plate, no es un detalle menor.
Porque un entrenador de un club grande no se representa a sí mismo.
Representa a una institución con historia, con socios, con una imagen que trasciende el resultado del domingo. Cuando Coudet discute con el árbitro hasta que lo expulsan, el que queda en el campo —y en las cámaras— no es él: es River.
El respeto por la pasión no implica eximir sus consecuencias. Y conviene una mirada más amplia.
Diego Simeone construyó una identidad heroica en el Atlético de Madrid con la pasión como sistema. Funcionó durante años; se vuelve trampa cuando el equipo necesita evolucionar y el técnico no puede salir del personaje.
José Mourinho llevó la gestión emocional al extremo del show: el ruido mediático que alguna vez fue escudo hoy le cierra puertas en clubes de primer nivel. Coudet, en este sentido, comparte el riesgo: un técnico capaz y comprometido cuya reiteración de expulsiones y gestos fuera de control genera un costo institucional que no siempre se contabiliza en la tabla.
El contrapunto lo da Carlo Ancelotti: apasionado sin estridencias, ganador de títulos sin protagonizar escenas. Demostró que la intensidad puede ser interna, no performativa. Un técnico no representa su pasión. Representa a su institución. Y una institución es siempre más grande que un gesto.
La crítica no es a la emoción. Es a la confusión entre emoción y protagonismo. El hincha de River quiere que su equipo gane, no que el técnico sea la nota del lunes. Coudet tiene el talento para corregir esto.
La pregunta es si tiene la disposición.
El penal revisado por VAR que cambió la final ya entró al museo nacional de las discusiones infinitas. Pero también conviene decir algo que el periodismo deportivo odia porque arruina el espectáculo: River dejó escapar el partido mucho antes del penal. Y Coudet, en vez de reencuadrar esa narrativa desde el banco, la alimentó desde la tribuna.
Los medios argentinos castigan distinto según el escudo.
Si un técnico de un club chico protesta contra el VAR, se habla de pasión. Si lo hace uno de River o Boca, se habla de presión indebida. El arbitraje argentino tiene una extraña virtud: nunca deja conforme a nadie, pero siempre deja sospechas suficientes para llenar programas de televisión hasta las dos de la mañana.
Real Madrid: cuando ganar deja de ser obligatorio y pasa a ser sospechoso
En Real Madrid ocurre algo fascinante. Si gana una Champions, parece normal. Si no la gana, parece crisis institucional.
La temporada que termina dejó un Madrid raro. Competitivo, sí. Temible por momentos. Pero vulnerable como no se lo veía hace tiempo. El club más acostumbrado a las remontadas empezó a vivir partidos donde la épica ya no aparecía automáticamente. Como si el fútbol hubiera decidido cobrar intereses.
Y entonces aparecieron los debates españoles: arbitrajes, calendario, desgaste, Vinicius, Mbappé, los jóvenes, los veteranos, la nostalgia de Kroos, aunque todavía esté sentado en el banco tomando agua mineral como un profesor universitario cansado de corregir exámenes.
Quizá el problema del Madrid no sea futbolístico. Quizá sea filosófico.
El club vive tan acostumbrado a la excepcionalidad que cualquier temporada humana parece decadencia. Algo parecido le pasa a la prensa española: cuando el Madrid gana por un penal polémico se habla de jerarquía; cuando pierde por uno parecido se habla de conspiración continental.
El periodismo deportivo europeo y el argentino tienen una similitud conmovedora: ambos creen que el VAR fue inventado exclusivamente para perjudicar a sus equipos favoritos.
Atlético y Boca: dos clubes que sospechan del destino
Después está Atlético de Madrid.
El Atlético vive en una paradoja permanente: construyó una identidad heroica tan fuerte que a veces parece condenado a sufrir incluso cuando no hace falta. El equipo de Simeone sigue compitiendo como si cada partido fuera una barricada. Pero ya no sorprende.
Y en el fútbol moderno, cuando dejás de sorprender, empezás a explicar.
Algo parecido sucede con Boca Juniors. Boca tiene plantel, estadio, historia y un ecosistema mediático que convierte un lateral mal sacado en un debate metafísico. Pero hace tiempo juega perseguido por sí mismo.
Boca no pierde solamente partidos: pierde relatos.
Y ahí sí aparecen las similitudes entre Atlético y Boca. Ambos construyeron una identidad emocional tan poderosa que cualquier derrota parece traición. Ambos sospechan del arbitraje antes de que empiece el partido. Ambos sienten que los medios los castigan más de lo que los ayudan. Y ambos, curiosamente, alimentan esa narrativa porque también les sirve.
El fútbol moderno necesita víctimas elegantes.
El Mundial que viene y la vieja discusión
De cara al próximo Mundial, el fútbol deja señales extrañas.
Argentina sigue produciendo futbolistas como si fueran vino mendocino: cada año aparece otro. España intenta reconstruirse entre talento joven y ansiedad histórica. Los clubes europeos compran promesas sudamericanas cada vez más rápido, como quien compra sandías golpeándolas apenas con los dedos.
Pero la gran discusión sigue intacta: ¿manda el dinero o manda el carácter?
Belgrano acaba de decir que todavía puede mandar el carácter. Y eso, en tiempos donde hasta los entrenadores hablan como consultores financieros —o actúan como protagonistas de un reality—, tiene algo de revolución romántica.
Cierre abierto
Tal vez el fútbol siga siendo hermoso por eso: porque nunca termina de obedecer.
Porque el gigante duda. Porque el chico se anima. Porque el VAR trae tecnología suiza para discutir jugadas que antes resolvía un señor con un silbato y un cigarrillo apagado detrás de la oreja.
Y porque, al final, un hincha de Córdoba, uno de Madrid y otro de Buenos Aires pueden sentir exactamente lo mismo un domingo a la noche: que el árbitro los perjudicó, que el periodismo no entiende nada y que el año próximo, ahora sí, será distinto.
