La Patria portátil

Madrid no tiene olor a locro

En Madrid, el 25 de mayo es apenas un lunes con corbata. La gente sale del metro con cara de spreadsheet, apurada por llegar a alguna oficina donde la sobremesa dura exactamente el tiempo que tarda el café en enfriarse. Los camareros sirven cañas sin preguntarse jamás quién fue Belgrano, qué pasó en el Cabildo, o por qué alguien en su sano juicio necesitaría grasa de pella con urgencia clínica.

Ningún vecino cuelga nada en el balcón. Las fachadas siguen grises, ajenas, inmunes a cualquier épica revolucionaria. El cielo madrileño, hermoso y completamente indiferente, no tiene ni idea de lo que significa el celeste y blanco. Y la paradoja primera aparece sola: uno puede sentir más Argentina en un quinto piso de Lavapiés que en ciertos barrios de Buenos Aires donde ya ni hay queso para la pizza.

Uno podría caminar toda la Gran Vía

De punta a punta, esquivando turistas y mareas de gente que camina como si llegara tarde a su propio funeral, sin escuchar una sola discusión apasionada sobre si el asado se hace con quebracho o con paciencia budista, sobre si el vacío se corta fino o grueso, sobre si el chimichurri lleva o no lleva ají molido.

Y, sin embargo, para el argentino que está lejos, hay una tragedia mínima y silenciosa instalada justo en el centro del pecho, ahí donde se cruzan el esternón y la melancolía. El cuerpo tiene memoria y reclama derechos: el reloj dice que es un lunes laborable cualquiera, pero el estómago y la infancia exigen feriado, escarapela y un frío que te atraviese mientras esperás que se termine de cocinar el almuerzo.

El cuerpo es, básicamente, un nacionalista irreductible.

La patria, antes que bandera, es olor

La patria, antes que un himno cantado de memoria con la mano en el pecho y los ojos entrecerrados como si doliera, es olor. Es el sofrito que invade la casa desde temprano. La grasa derritiéndose despacio. El comino inundando la cocina como una notificación del pasado.

El locro no es comida: es una máquina del tiempo rústica que te regresa de un plumazo al comedor de tu abuela, donde todo era más simple y las deudas externas eran problema de otros. Las empanadas no son gastronomía: son una manera texturada de debatir política sin pronunciar la palabra «política», una herencia que se pasa de mano en mano y se defiende con el repulgue entre los dientes.

Y el asado es, seamos honestos, el único parlamento democrático que nos funciona. Ahí todavía se vota a mano alzada y sin intermediarios: quién trae el hielo, quién corta el pan, y quién es un traidor a la patria por pinchar el chorizo antes de tiempo y dejar escapar los jugos sagrados. Alrededor de esa parrilla improvisada, en un balcón madrileño que apenas la aguanta, las jerarquías desaparecen.

Todos somos iguales ante la brasa.

Desde afuera, observada a la distancia de un océano

Argentina se convierte en una cosa rarísima. Un mapa indescifrable, un país que duele exactamente el doble cuando uno no está en él. Se parece demasiado a esas parejas tóxicas que uno recuerda con ternura inexplicable apenas se muda: olvidamos los gritos, los portazos, el dólar blue, la inflación, el ministro de turno con cara de no saber lo que hace, y nos quedamos únicamente con el recuerdo de los domingos a la tarde y las promesas que nunca se cumplieron.

La distancia es una forma muy sofisticada de amnesia selectiva.

La patria es esa discusión interminable

Circula por ahí una idea peligrosa y bastante aburrida: que la patria es unanimidad. Que todos debemos emocionarnos por lo mismo, cantar con la misma afinación y pensar igual para ser considerados parte de lo mismo.

La Argentina, sin embargo, nunca fue eso ni en sus mejores momentos. Argentina es, justamente, la imposibilidad sistemática y casi artística de ponerse de acuerdo en cualquier cosa. No coincidimos en el club, no coincidimos en el partido, no coincidimos ni en la temperatura del agua para el mate. Somos un país que discute incluso si las empanadas llevan o no llevan pasas, y esa discusión puede durar décadas sin resolverse.

Y ahí, en medio de ese caos de opiniones

Aparece la paradoja más hermosa de nuestra identidad: cuanto más se pelean los argentinos, más argentinos son.

El país funciona exactamente como una mesa familiar de domingo donde alguien menciona política y el puré empieza a volar de una punta a la otra. Nadie se va enojado para siempre. Nadie aprende nada nuevo. Nadie cambia de opinión. Pero todos vuelven a sentarse el domingo siguiente como si nada, porque el conflicto no nos separa: el conflicto es el tejido del que estamos hechos.

Somos un país cosido a las peleas.

En tiempos políticos convulsos

Que en el caso de Argentina equivale a decir «en cualquier martes por la mañana», la palabra patria se convierte en arma arrojadiza y producto de temporada. Cada sector la envuelve en celofán brillante y la vende como si fuera de su exclusiva propiedad registrada. Aparecen entonces los custodios del sentimiento nacional, esos tipos solemnes de traje gris que hablan del país como gerentes regionales de San Martín, administrando acciones de una empresa que nadie les cedió.

Pero la patria no puede ser propiedad privada de los políticos

Ni de los empresarios que la asfixian con sus planillas, ni de los que la lotean como terreno baldío.

Por eso prender las hornallas en una cocina madrileña, a miles de kilómetros, no es nostalgia dominguera. Es legítima defensa. Es la única manera de rescatar la Argentina real —la de los amigos, las puteadas compartidas, los viejos que se quedaron— de las garras de esa Argentina institucional que nos terminó expulsando.

Porque si algo define al argentino, esté donde esté, es su capacidad inagotable para putear al país durante tres horas con argumentos impecables y, acto seguido, defenderlo con pasión ridícula frente a cualquier extranjero que ose opinar parecido. Nadie maltrata a la Argentina mejor que un argentino. Y nadie la extraña, la recrea y la salva con tanta bendita terquedad como el que hoy la llora desde lejos.