La violencia nuestra de cada día

De las guerras que no vemos a los carritos que chocamos. Un recorrido sin anestesia por el mundo que construimos.

El mono que no terminó de bajarse del árbol

Hay una escena que los primatólogos conocen bien. Dos chimpancés se disputan un trozo de fruta. El más débil retrocede, el más fuerte come. Fin del conflicto. Diez minutos después, se están acicalando mutuamente.

Los humanos aprendimos a hacer lo mismo, durante milenios, en grupos pequeños donde todos se conocían, donde la reputación era moneda de cambio y la exclusión del grupo significaba muerte. El problema es que el cerebro que desarrollamos en esas sabanas africanas es el mismo que hoy conduce un Volkswagen en un atasco de Buenos Aires, o que escribe un tuit a las dos de la mañana desde Madrid, o que vota por alguien que promete destruir al enemigo que le señalan con el dedo.

El neurocientífico Antonio Damasio lo explica con una brutalidad elegante: «El cerebro humano es un órgano antiguo operando en un entorno que cambió demasiado rápido para él». Tenemos el hardware del cazador y el software del algoritmo. Y esa incompatibilidad, acumulada durante décadas, está reventando en formas que ya no podemos ignorar.

La violencia no nació con las guerras. Nació antes. Nació cuando el primer homínido decidió que el otro —el diferente, el extraño, el de la cueva de al lado— era una amenaza antes de ser un semejante. Desde entonces, no hemos parado. Solo cambiamos de escenario.

Lo que ha cambiado —y esto es lo que nadie quiere decir en voz alta— es la velocidad a la que la violencia viaja. Y la pantalla a través de la cual llega.

Las guerras que miramos como series

El 24 de febrero de 2022, Rusia invadió Ucrania. El mundo occidental se despertó con una guerra en Europa y, durante las primeras semanas, algo inusual ocurrió: la gente lloró. Banderas ucranianas en las redes. Hashtags de solidaridad. Fotos de civiles huyendo bajo la nieve que generaban millones de likes en Instagram.

Años después, la guerra sigue. Miles de muertos de ambos lados que ya no generan trending topic. Las imágenes de Mariupol destruida conviven en el mismo scroll con un video de un gato asustándose con un pepino y con la publicidad de unas zapatillas. El algoritmo no distingue. Nosotros, tampoco.

Según datos del Uppsala Conflict Data Program (UCDP), entre 2022 y 2024 el conflicto ucraniano acumuló más de 70.000 bajas militares confirmadas solo del lado ruso, con cifras civiles que organizaciones como la ONU estiman en más de 10.000 muertos verificados, aunque advierten que la cifra real es significativamente mayor. Son números que el cerebro no puede procesar. Somos incapaces de llorar por 10.000 personas. Podemos llorar por una. La psicóloga Paul Slovic lo llamó «el colapso de la compasión»: cuanto más grande es el número, menos sentimos.

Entonces miramos. Y al mirar sin sentir, algo ocurre en nosotros que no sabemos nombrar bien. Se llama insensibilización moral. Y tiene consecuencias.

Mientras tanto, en el Medio Oriente, la guerra entre Israel y Hamas —que estalló con la masacre del 7 de octubre de 2023, en la que murieron aproximadamente 1.200 israelíes— generó una respuesta militar israelí sobre Gaza que, según datos del Ministerio de Salud gazatí y verificaciones parciales de organismos internacionales, acumuló más de 45.000 muertos palestinos en el primer año. Líbano, Siria, Irán y sus proxies. Un incendio regional que nadie apaga porque todos tienen razones para que siga ardiendo.

Irán, bajo presión de sanciones y con un régimen que ejecuta a su propia población por protestar —el movimiento Mujer, Vida, Libertad dejó más de 500 muertos solo en 2022 según Amnistía Internacional—, mientras financia milicias en tres países simultáneamente. Un Estado que hacia adentro aplasta y hacia afuera exporta violencia organizada.

Y todo esto, mientras lo miramos. Mientras almorzamos. Mientras deslizamos el pulgar.

El filósofo Guy Debord escribió en 1967 que vivimos en una «sociedad del espectáculo» donde la vida real es reemplazada por su representación. No podía imaginar TikTok. No podía imaginar que los videos de drones destruyendo trincheras serían comentados con memes, que los discursos de líderes que llaman a matar serían remixados con música electrónica, que la guerra se consumiría como contenido.

La guerra ya no interrumpe nuestra vida cotidiana. Es parte de ella. Y esa normalización tiene un costo que todavía no terminamos de pagar.

Los líderes y el arte de prender fuego

Existe una diferencia crucial, que la mayoría de los analistas evita nombrar con claridad, entre un líder que tiene ideas radicales y un líder que usa el lenguaje como mecha.

Vladímir Putin habla de «desnazificación» para justificar el bombardeo de maternidades. Benjamin Netanyahu habló de «animales humanos» refiriéndose a los habitantes de Gaza. Donald Trump llamó a los inmigrantes latinos «violadores y criminales» con la misma naturalidad con que pedía una hamburguesa. Javier Milei llama «zurdos» a cualquiera que no comparta su visión, con un tono que oscila entre la amenaza y el insulto. Nicolás Maduro llama «fascistas» y «lacayos del imperio» a opositores que terminan en cárceles donde se practican torturas documentadas por la ONU.

No importa el signo ideológico. La mecánica es la misma.

El lingüista George Lakoff lleva décadas estudiando cómo el lenguaje político moldea la realidad cognitiva de las personas. Su conclusión más perturbadora es simple: cuando un líder repite suficientes veces que el otro es un enemigo, el cerebro de sus seguidores termina procesando al otro exactamente así, como un enemigo. No como alguien con quien se puede disentir. Como una amenaza existencial que debe ser eliminada.

Esto no es metáfora. Es neurociencia.

El psicólogo social Jonathan Haidt, en su libro The Righteous Mind (2012), demostró que los seres humanos no forman sus opiniones políticas a través de la razón y luego buscan justificaciones emocionales. Es al revés: la emoción llega primero, la razón viene después a construir el argumento. Los líderes que entienden esto —y los más hábiles siempre lo entienden— no hablan a la mente racional de sus seguidores. Hablan a sus miedos, a su tribu, a su identidad amenazada.

El resultado es que hoy, en buena parte del mundo occidental, no existen adversarios políticos. Existen enemigos. Y a los enemigos no se los debate. Se los destruye.

La polarización política no es solo una abstracción académica. Tiene efectos medibles y concretos. Según el Edelman Trust Barometer de 2024, el 57% de los encuestados en 28 países considera que su sociedad está más dividida que hace cinco años. El 46% dice que el mayor peligro para su país viene de sus propios conciudadanos con ideas diferentes, no de amenazas externas. Casi la mitad de la gente tiene más miedo de su vecino que de un ejército extranjero.

Eso es lo que los líderes extremos construyeron. No con bombas. Con palabras.

El periodismo que olvidó por qué existe

Hay algo que la tía Sara, de cualquiera de nosotros habría llamado, sin eufemismos, «falta de educación». Lo que antes se decía sin jabón en la boca era la excepción, el signo de alguien que había perdido el control o que venía de un lugar donde las formas no existían. Hoy es un formato.

El streaming político y el periodismo de denuncia en redes sociales —que en su versión original tenía algo noble, la promesa de romper el cerco de los medios tradicionales, de hablar sin filtros corporativos— derivó en muchos casos en algo muy diferente: el insulto elevado a método, la humillación convertida en entretenimiento, el odio rentabilizado por el algoritmo.

Un periodista que grita «imbécil» a un funcionario frente a cámara no está siendo más valiente que uno que no lo hace. Está siendo más eficaz para el algoritmo, que premia la reacción emocional intensa sobre cualquier otra forma de contenido. YouTube, Twitch, y las plataformas de podcast han creado un sistema de incentivos perverso: cuanto más enojado estés, más te ven. Cuanto más insultes, más te comparten.

El filósofo Byung-Chul Han lo describe en En el enjambre (2013) con una precisión que asusta: «El medio digital favorece la comunicación afectiva y emocional. Los afectos y emociones son más contagiosos que los argumentos». No hay argumentos que viralicen como un insulto. No hay análisis que circule como una burla. No hay investigación que genere tanta interacción como un ataque personal.

Y entonces el periodista que insulta sin jabón no es una anomalía. Es un síntoma. Es la expresión más visible de un ecosistema informativo que recompensa exactamente eso: la violencia verbal, el espectáculo del desprecio, la certeza absoluta que no admite matices.

El problema grave no es que ese periodista insulte. El problema es que millones de personas lo ven, asienten, y aprenden que esa es la forma correcta de tratar a quien piensa diferente. Que la descalificación es un argumento válido. Que el otro no merece respeto sino destrucción.

Los medios tradicionales, por su parte, no están exentos. La lógica del clic infectó también a los diarios, a las radios, a los noticieros. El titular que genera miedo vende más que el titular que informa. La polémica fabricada genera más tráfico que la investigación profunda. El experto enojado tiene más rating que el experto sereno.

Hace décadas, el periodista y sociólogo Neil Postman advertía en Amusing Ourselves to Death (1985) que el mayor peligro para la democracia no era la censura sino el entretenimiento: una sociedad que ríe de todo y reflexiona sobre nada. No imaginaba que el entretenimiento y el odio podrían fusionarse en algo todavía más eficaz.

La violencia que los estados normalizaron

Mientras los ciudadanos discuten en redes, los estados cometen violencias más silenciosas, más sistemáticas y, en muchos casos, completamente legales.

Los políticos que roban no son una excepción ni un accidente. Son el producto de sistemas diseñados —a veces conscientemente, a veces por omisión— para que el robo sea posible, continuo e impune. La corrupción estructural no es solo un delito económico. Es una forma de violencia contra toda la sociedad, especialmente contra los que menos tienen, que dependen del Estado para acceder a salud, educación, vivienda e infraestructura.

Transparencia Internacional estima que la corrupción le cuesta a la economía mundial entre dos y cinco por ciento del Producto Bruto Interno global anualmente. En países en desarrollo, ese porcentaje puede representar la diferencia entre un sistema de salud que funciona y uno que mata. Entre escuelas que enseñan y edificios que se caen.

Cuando un político desvía fondos de la educación pública, no está cometiendo un delito abstracto. Está decidiendo que los niños de ese barrio aprenderán menos, que tendrán menos herramientas para salir de la pobreza, que el ciclo se perpetúa. Es una forma de violencia intergeneracional que no deja sangre visible, pero deja marcas igual de profundas.

La justicia que falta opera de manera similar. En la mayoría de los países latinoamericanos, el sistema judicial tiene dos velocidades: una para los que tienen dinero y conexiones, otra para los que no. Las prisiones preventivas que duran años sin condena. Los ricos que pagan fianza y siguen libres mientras los pobres esperan juicio hacinados en cárceles que violan cualquier estándar internacional. La impunidad que enseña, generación tras generación, que las reglas son para algunos.

El criminólogo Robert Sampson, en su investigación sobre comunidades urbanas en Chicago, demostró algo que parece obvio pero que pocos quieren aceptar: los barrios con altos índices de violencia no son violentos porque están habitados por personas violentas. Son violentos porque el Estado los abandonó. Sin servicios, sin oportunidades, sin justicia, la violencia es una respuesta adaptativa a un entorno hostil. No una patología individual sino una respuesta colectiva a una violencia estructural previa.

La salud y la educación son, en este sentido, los indicadores más honestos de cuánto vale la vida de una persona para el Estado que la gobierna. Y en demasiados lugares, la respuesta que dan esos indicadores es desoladora.

El ciudadano de a pie y el carrito del supermercado

Todo lo anterior llega, de alguna manera que nadie termina de explicar bien, a la caja del supermercado.

A ese momento en que alguien empuja el carrito sin mirar y lo choca con el tuyo. Y algo sucede en el pecho que no tiene nombre preciso, pero que es desproporcionado para lo que acaba de pasar. Una irritación que viene de más lejos, de más atrás, de algo que se fue acumulando durante el día, durante la semana, durante años de ver las noticias, de pagar impuestos a políticos que roban, de ir a un hospital público y esperar cuatro horas para ver a un médico que tiene diez minutos para atenderte, de llevar a un hijo a una escuela donde faltan libros, de manejar por calles que no se arreglan, de ver en la pantalla que en otro país hay una guerra que nadie detiene y que en este país hay una inflación que nadie controla y que en todos lados hay alguien que grita y que insulta y que tiene razón absoluta sobre todo.

El carrito no es el problema. El carrito es el último eslabón.

El semáforo tampoco. Ese conductor que bocina dos décimas de segundo después de que se pone verde no está enojado con el auto de adelante. Está enojado con algo que no puede nombrar, algo difuso y real al mismo tiempo, y el auto de adelante es lo único que tiene a mano para ser el destinatario de ese enojo.

La psicología social tiene un nombre para esto: desplazamiento de la agresión. Cuando la fuente real del malestar es inaccesible —el sistema que nos falla, los líderes que nos mienten, las guerras que no podemos detener, la injusticia que nos aplasta— la agresión se desplaza hacia blancos accesibles. El vecino. El colega. El extranjero. El conductor del carril de al lado. El que piensa diferente en las redes.

El sociólogo Zygmunt Bauman llamó a esto «la privatización de los problemas públicos»: cuando el sistema no funciona, las personas no cuestionan el sistema. Se culpan entre sí. O se culpan a sí mismas. Y así, la violencia macro —geopolítica, estructural, mediática— se convierte en violencia micro. En la mirada de odio en el subte. En el comentario cortante en la reunión de trabajo. En el grito que no debería haber sido grito. En la relación que se rompe por acumulación de pequeñas agresiones que ninguna de las dos personas entiende del todo de dónde vienen.

Las películas que fueron avisos

En 1993, Michael Douglas interpretó a un hombre ordinario en Falling Down (Un día de furia) —ingeniero aeronáutico, divorciado, de clase media, frustrado— que un día decide no aguantar más y emprende una ruta de violencia a través de Los Ángeles. La película fue criticada en su momento por algunos como una glorificación de la ira del hombre blanco de clase media. Pero hay otra lectura posible: la de una disección quirúrgica del momento en que la frustración sistémica se convierte en violencia individual. La de alguien que absorbió demasiado durante demasiado tiempo y no encontró salida.

En 2014, el argentino Damián Szifrón dirigió Relatos Salvajes, una serie de episodios que funcionan como radiografía de una sociedad al límite. Un pasajero que descubre que el piloto del avión en el que viaja es alguien a quien arruinó la vida. Un hombre que explota contra la empresa que le remolcó el auto. Un cocinero que decide envenenar al cliente que destruyó a su familia. Un conductor en una ruta desierta cuya pelea de tránsito escala hasta la muerte.

La película fue nominada al Oscar. Fue un éxito en todo el mundo. Y el mundo rió reconociéndose. Eso es lo que debería habernos preocupado más: la risa de reconocimiento. No la risa de «qué locura», sino la risa de «yo también lo hubiera hecho». La risa que dice: yo también estoy al límite. Yo también acumulé demasiado. Yo también busco a quién descargarlo.

Las películas no crean esas tensiones. Las reflejan. Son espejos que una sociedad se pone frente a la cara y en los que, si tiene honestidad suficiente, puede verse. El problema es que preferimos reír ante el espejo que preguntarnos qué estamos mirando. Ni Szifrón ni nadie inventó la violencia cotidiana argentina —o global— de los años siguientes. La diagnosticaron. Y nosotros aplaudimos, salimos del cine, y volvimos a la fila del supermercado.

La cadena que nadie quiere ver completa

El general clausewitziano que estudió la guerra como política dijo que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Pero también funciona al revés: la política es, muchas veces, la guerra por otros medios. Y la cotidianeidad es, muchas veces, la política por otros medios.

La cadena existe. Es real. No es una metáfora.

Un presidente que deshumaniza al inmigrante da permiso social para que el ciudadano de a pie mire con hostilidad al vecino extranjero. Un conductor de streaming que insulta sin filtros da permiso para que el adolescente insulte a su compañero en el grupo de WhatsApp. Una guerra que se consume como contenido insensibiliza ante el dolor ajeno hasta que ese dolor ajeno puede estar en la persona de al lado y seguimos mirando la pantalla.

La filósofa Hannah Arendt, sobreviviente del siglo más violento de la historia humana, escribió sobre «la banalidad del mal»: la idea de que las grandes atrocidades no son cometidas por monstruos, sino por personas ordinarias que dejaron de pensar, que normalizaron lo que no debería normalizarse, que siguieron instrucciones o corrientes sin detenerse a preguntarse hacia dónde iban.

No estamos, en su mayoría, ante atrocidades. Estamos ante algo que quizás es peor en su cotidianeidad: una degradación lenta, sistemática, casi imperceptible de la forma en que nos tratamos unos a otros. Un descenso gradual del umbral de lo que consideramos aceptable. Un acostumbramiento a la violencia verbal, a la indiferencia ante el dolor, al cinismo como postura intelectual, al odio como entretenimiento.

Nadie tomó la decisión de construir este mundo. Se fue construyendo solo. Ladrillo a ladrillo. Tweet a tweet. Guerra a guerra. Carrito a carrito.

Cierre (o apertura)

Mi tía Sara, la que mencionaba el jabón, tenía una sabiduría que no venía de los libros sino de haber visto suficiente mundo como para saber que ciertas cosas, una vez normalizadas, son muy difíciles de desnormalizar.

Ella no leía a Damasio ni a Haidt ni a Arendt. Pero sabía, con la certeza de quien aprendió mirando, que el lenguaje forma hábitos, y los hábitos forman carácter, y el carácter colectivo forma sociedades. Y que una sociedad que aprende a tratar mal a sus miembros en lo pequeño tiene muchas menos defensas ante el mal grande cuando aparece.

Las guerras que miramos en las pantallas no son ajenas. Son el extremo visible de algo que también ocurre aquí, en escala menor, con consecuencias que no tienen la espectacularidad de un misil pero que van dejando su rastro.

El ciudadano de a pie, empujando su carrito en el supermercado, mirando con furia al conductor de al lado, aplaudiendo al político que insulta al otro, riéndose del streamero que destruye a su invitado, no es la víctima inocente de todo lo que describimos arriba. También es parte de la cadena.

También somos parte de la cadena.

La pregunta que Relatos Salvajes dejó sin responder —la que dejamos sin responder nosotros al salir del cine y volver a la fila— es si queremos seguir siéndolo. Y esa pregunta, a diferencia de las guerras y los líderes y los algoritmos, sí depende de nosotros.

O al menos, eso queremos creer.