El humor, ese extraño que ya no sabe dónde sentarse

Camina por las calles como un perro cansado. Lo miro todos los días y veo lo mismo: casi nadie se ríe. Muy pocos. Nos desplazamos rápido, los ojos clavados en pantallas que nos dicen cuántos pasos dar, cuántas calorías quemar, cuánto dormir. Sabemos todo sobre bienestar, pero ignoramos la risa. La risa de verdad. Esa que te despeja la cabeza y deja el pecho liviano.

No hablo de la risa instantánea que provocan los videos virales

Ni de los emojis que explotan en las conversaciones. Hablo de la risa que no pide permiso, la que afloja hombros y tensiones. Nos preocupamos por el colesterol, la postura o el estrés, pero olvidamos algo elemental: reír, simplemente. Quizá nuestra era no padece solo déficit físico o nutricional. El déficit real es emocional. Contamos pasos, medimos calorías, entrenamos músculos. ¿Y el músculo de la risa? Olvidado.

El humor siempre fue un oficio extraño

No cura, no construye, no promete resultados. Apenas provoca un gesto: una carcajada, un gesto involuntario, un soplo de aire. Y, sin embargo, fue durante siglos la manera más eficaz de decir verdades sin levantar la voz. Señaló contradicciones, alivió tensiones, permitió decir lo indecible cuando otros lenguajes fallaban. Incluso bajo censura, cuando el silencio era ley.

Hoy el humor anda perdido

No por falta de talento, sino por exceso de prudencia. Muchos humoristas se quedaron sin escenario, o con escenarios nuevos, extraños, invisibles. Reglas vagas, cambiantes, que flotan en el aire y se mueven sin avisar. Antes, un chiste funcionaba o no. Punto. Hoy hay que medir intención, contexto, receptor, riesgo de ofensa. El humor es un laberinto; muchos prefieren quedarse fuera.

¿Qué es el humor? Hacer reír, sí, pero no siempre

Molestar, a veces. Exagerar lo que somos, casi siempre. Hubo quienes no se lo preguntaron. En Argentina, un comediante entraba al escenario como quien entra en su casa: sin permiso, rompiendo algo, confiando en que el público entendía. En España, otro inventó un idioma absurdo, sin reglas ni diccionario, y funcionó. Porque el humor no siempre necesita lógica: necesita ritmo, sorpresa y complicidad.

Lo positivo es que hoy el humor aprende a mirar

Lo negativo es que, al hacerlo, pierde desparpajo. Cuando camina con cautela, vacila, duda, teme dar el siguiente paso. El humorista moderno no busca solo el remate: calcula contexto, tiempo, clima social. Y, aun así, no hay garantías. Porque el humor nunca fue exacto. Es un tanteo, un acto de fe.

Tal vez no sea peor ni mejor. Solo distinto

Más bajo en volumen, más irónico, más íntimo. Menos carcajada desbordada, más sonrisa compartida. Un humor que ya no entra rompiendo la puerta, sino que se sienta, escucha, espera y, en el momento preciso, desarma.

Algo ha cambiado: antes, reír implicaba señalar a alguien. Hoy se intenta otra cosa: reír juntos. Reír de nosotros mismos. No es censura. Es aprendizaje lento. Aceptar que todos somos ridículos, contradictorios, frágiles. Que nadie queda fuera del espejo, pero nadie queda excluido. El humor deja de ser dedo acusador y pasa a ser mesa larga.

Quizá ahí esté el humor que viene:

El que invita, que no busca culpables, que no se ríe de alguien sino con todos. Un humor que acompaña. Porque en estos tiempos, acompañar también es una forma de reír.