Entre penicilinas y cafés con leche

Hay olores que nunca envejecen

Dicen que la memoria entra por los ojos. Yo creo que entra por la nariz. Cada vez que alguien acerca un café con leche a una mesa, vuelvo a tener ocho años. No regreso a una casa ni a una calle. Regreso a una mano. La de mi madre. Todavía siento sus dedos apretando los míos mientras caminábamos hasta el consultorio del doctor Matos. Ella avanzaba con decisión, como si supiera exactamente adónde iba. Yo caminaba dos pasos detrás de sus certezas, convencido de que las madres podían arreglar cualquier cosa.

Hasta que descubrí que también ellas tenían miedo. Solo que aprendían a esconderlo mejor que nosotros.

Una palabra demasiado grande

Todo había empezado con un dolor en la espalda. No era un golpe ni una caída. Era un dolor silencioso que parecía instalarse para quedarse. El doctor me revisó despacio. Habló poco. Después llegaron estudios, esperas, caras largas y esa palabra enorme que apenas entraba en mi cabeza de chico. Tuberculosis. Yo no sabía qué significaba.

Pero entendí perfectamente que nadie sonreía. Los adultos tienen esa costumbre curiosa: cuando una noticia es demasiado pesada, hablan más bajito. Como si el volumen pudiera cambiar el destino.

El largo oficio de esperar

Entonces apareció el profesor doctor Orsi. No lo recuerdo por su guardapolvo ni por sus títulos. Lo recuerdo porque nunca prometía milagros. Prometía trabajo. Y cumplía. Las penicilinas, las punciones en la espalda, los medicamentos amargos y las interminables horas de espera se volvieron parte de mi calendario. Mientras otros chicos contaban recreos, yo contaba inyecciones.

Lo raro es que el tiempo tiene muy mala memoria. Las agujas casi se borraron. Las personas, no.

Fueron doce meses. Un año entero de rutina invariable: siempre mi madre, siempre las inyecciones, siempre el 166 de vuelta a casa. Y siempre, al final, el café con leche con sus dos medialunas. El premio.

El premio

Después de cada consulta subíamos al viejo 166. Yo viajaba apoyado sobre el hombro de mi madre. A veces cerraba los ojos para descansar. O fingía dormir. Ella aprovechaba para acariciarme el pelo creyendo que yo no me daba cuenta. Nunca le dije que sí. Hay verdades que es mejor dejarles creer a las madres. Al bajar del colectivo siempre hacía la misma pregunta.

—¿Vamos por el premio?

Y el premio era un café con leche. Para ella. Otro más claro para mí. Y dos medialunas de manteca que desaparecían con una velocidad capaz de desafiar cualquier ley de la física. Muchos años después entendí que aquello nunca fue un premio. Era una manera de decirme que la vida seguía teniendo cosas ricas, incluso cuando dolía.

Los héroes que no salen en los libros

En casa nadie hablaba demasiado de la enfermedad. Mi abuela tejía y lloraba a escondidas. Pero yo sabía que lloraba. A esa asturiana de amor y trabajo duro, y en esa época, que su nieto tuviese «esa enfermedad» era un estigma. Ella pensaba que no comía bien, que iba mucho a nadar al Deportivo San Andrés.

Mis tías aparecían con algún postre. Mis tíos inventaban chistes tan malos que uno terminaba riéndose por lástima, y mi tío Lalo me regaló un cachorro abandonado. Le puse Capitán.

Todos hacían algo. Nadie hacía ruido.

Con el tiempo comprendí que el amor verdadero se parece bastante a eso. No necesita discursos. Necesita presencia. Hoy sé que mientras yo peleaba contra una enfermedad, ellos peleaban contra el miedo. Y creo que la batalla de ellos era bastante más difícil.

Lo que nunca terminó

Pasaron los años. Llegaron otros médicos, otros trabajos, otras preocupaciones. La tuberculosis quedó archivada en una carpeta amarillenta junto con estudios que ya nadie mira. Pero hay cosas que nunca recibieron el alta.

Todavía, cuando el café con leche humea delante de mí, busco sin darme cuenta la silla donde se sentaba mi madre. A veces casi puedo escucharla preguntando si el azúcar estaba bien. Entonces sonrío. Porque entiendo que hay personas que nunca se van del todo. Simplemente aprenden a quedarse de otra manera. Y cada vez que mojo una medialuna en el café, por una fracción de segundo vuelvo a ser aquel chico que creía que el premio venía después de las inyecciones. Ahora sospecho que era al revés.

Quizá las inyecciones solo eran el precio que había que pagar para descubrir cuánto amor puede caber alrededor de una mesa. Y cada vez que un mozo deja una taza frente a mí, todavía levanto la vista… Por si alguna mano vuelve a extenderse sobre la mesa para decirme, sin decir una palabra, que ya podemos volver a casa.