Houston… aquí la tierra, tenemos un problema
Tenemos un problema serio, pero serio de verdad. No es el cambio climático, no es la inflación, no es que tu ex volvió con su ex. No. Es peor: los restaurantes con música tan fuerte que parece que, en vez de una paella, estuvieran sirviendo un recital de rock mal ecualizado.
La otra noche fuimos a cenar cuatro personas: un grupo pacífico, amable, sin intenciones de conspirar ni de hablar de temas estatales. Nada grave: queríamos charlar un poco, comer algo rico, debatir si la vida era mejor cuando no existían los grupos de WhatsApp familiares. Pero apenas entramos al restaurante sentimos que el local estaba poseído por un DJ endemoniado que, claramente, odiaba la comunicación humana.
Nos sentamos.
Abro la carta. Intento decir “¿y si pedimos unas empanadas?”, pero mi frase sale convertida en un gesto de mímica que podría significar “me picó una avispa”.
Mi amigo cree que le estoy ofreciendo la mitad de mi riñón. Otra amiga piensa que estoy tratando de pedir auxilio. El tercero directamente saca el celular para escribir lo que no podemos escuchar, pero tampoco podemos leer porque el teléfono vibra al ritmo del maldito bajo.
Así que voy al camarero.
A un metro, no me escucha. A 30 centímetros, tampoco. Termino hablándole como si estuviera comunicándome con la Estación Espacial Internacional.
— Por favor… ¿podrían bajar un poquito la música?
— Lo siento. Política de la casa.
Lo dice con una solemnidad que ni un canciller de la ONU en pleno conflicto bélico.
— Pero no hay nadie. Estamos nosotros cuatro y esa pareja en coma auditiva del fondo.
— Política de la casa, repite, imperturbable, como si estuviera explicando leyes milenarias que sostienen el orden universal.
Y ahí empieza el verdadero drama.
Porque una cosa es que te digan “no hay pan” o “nos quedamos sin papas fritas”. Uno lo sufre, pero lo entiende. Ahora, “no se baja el volumen porque así evitamos que usted escuche a otras mesas”, cuando no hay otras mesas, es como que te nieguen un paraguas porque está lloviendo demasiado.
Intentamos seguir la cena.
Gritamos. Gritamos todos. Gritamos tanto que la gente de la calle mira para adentro pensando que se está filmando una telenovela turca.
Me doy cuenta de que estoy tratando de preguntar algo simple como “¿vino o agua?” y me sale un aullido prehistórico. La camarera pasa, ve que estamos todos afónicos, sonríe con ternura y nos pregunta si está todo bien, como si fuéramos turistas aprendiendo a hablar.
La comida llega. Supongo.
Porque la veo, pero no escucho el plato caer en la mesa, lo cual es raro, porque cae con violencia. Intento saborear, pero siento que la vibración del parlante de arriba me mastica la carne antes que mis dientes.
Al final, pedimos la cuenta.
No porque hayamos terminado, sino porque la relación entre volumen y cordura nos estaba dejando sin alma. Salimos.
La calle en silencio. La brisa suave. El mundo, de golpe, perfecto. ¿Increíble…Houston?
