La seducción

El arte de no decirlo todo

La seducción es más vieja que el amor. Y bastante más vieja que la honestidad, dicho sea de paso. La naturaleza, que nunca fue una romántica, se preocupó primero de que sobreviviéramos y nos reprodujéramos. Lo demás lo pusimos nosotros: la poesía, los perfumes, los celos, y esa cena de 120 euros que en realidad es una negociación con mantel. Darwin ya lo había notado: no gana el más fuerte, gana el que mejor se hace notar. El pavo real abre la cola. Nosotros abrimos el currículum, mostramos el auto, tiramos una ironía justo a tiempo, o subimos una foto «espontánea» que en realidad tardó cuarenta intentos en salir bien.

Cambiamos las plumas. La estrategia, no

Seducir, si lo pensás bien, es una forma elegante de intercambio. Un antropólogo francés, Marcel Mauss, explicó hace un siglo que los vínculos sociales se construyen a fuerza de regalos: yo te doy algo, vos me debés algo, y ahí queda armado el lazo. Otro, Lévi-Strauss, fue más lejos: dijo que las sociedades enteras se organizaron alrededor de a quién se le permite desear a quién. O sea: la civilización no vino a apagar el deseo. Vino a ponerle reglamento.

De la cueva al algoritmo

Malinowski, que se fue a vivir con tribus del Pacífico para entenderlas de cerca, vio que el sexo, la familia y el orden social venían todos en el mismo paquete, imposibles de separar. Margaret Mead remató la idea mostrando que buena parte de lo que llamamos «así son los hombres» o «así son las mujeres» tiene menos de naturaleza y más de costumbre local. Y esto debería hacernos desconfiar un poco de esas frases que decimos con tanta seguridad. La biología pone la materia prima; la cultura decide la decoración. Por eso una época encuentra irresistible la piel pálida y otra el bronceado. Una prefiere las curvas y otra la delgadez. Antes seducía un encaje asomando; ahora puede seducir una remera lisa que cuesta lo mismo que un sueldo. El deseo, como todo lo humano, también va a la escuela.

El deseo necesita un obstáculo

Acá viene la parte incómoda. Freud dedicó buena parte de su obra a mostrar que casi nunca deseamos con la claridad que creemos tener. Muchas veces nos inventamos una excusa presentable para tapar un deseo bastante menos presentable. Jung agregó las imágenes y los símbolos: proyectamos en el otro cosas que ni siquiera le pertenecen. A veces no nos enamoramos de una persona, sino de la película que le armamos encima. Y Lacan fue todavía más filoso: deseamos, dijo, precisamente lo que nos falta. Nunca lo que ya tenemos entero.

De ahí una verdad que incomoda un poco: estar demasiado disponible puede jugar en contra. La seducción necesita distancia porque la imaginación necesita lugar para trabajar. Cuando sabemos todo de alguien, dejamos de fantasear. Cuando falta información, inventamos. Y la imaginación, que quede claro, no tiene abogado que la frene.

Vivimos en una vidriera

Un sociólogo canadiense, Erving Goffman, comparó la vida social con una obra de teatro: todos actuamos una versión de nosotros mismos, según quién nos está mirando. La seducción calza perfecto en esa idea. No mostramos quiénes somos. Mostramos quiénes sabemos aparentar que somos. Bourdieu sumó otra vuelta de tuerca: hasta el gusto, los modales y la forma de vestir sirven para marcar diferencias, para decir «yo soy de este lado y no del otro».

Hoy esa vidriera se multiplicó por mil. Las redes convirtieron aquella vieja actuación de Goffman en una exhibición de tiempo completo. Baudrillard, que veía símbolos por todos lados, se hubiera divertido mucho con esto: vivimos rodeados de imágenes que ya no representan la realidad, directamente la reemplazan. La foto espontánea se planifica. Lo natural se edita. Lo íntimo se publica. Logramos algo notable: convertir la autenticidad en un producto con packaging.

Seducir también es tener poder

Foucault viene a arruinarnos un poco la fiesta con una idea incómoda pero necesaria: la sexualidad y el poder nunca estuvieron del todo separados. Seducir puede ser juego, deseo, admiración, placer compartido. Pero también puede ser una forma de controlar al otro. El que despierta el deseo, gana influencia. Y ahí aparece una línea fina: seducir no es manipular, pero manipular suele empezar disfrazado de seducción. Erich Fromm decía que amar de verdad implica cuidar, hacerse responsable, conocer al otro de verdad. La seducción, cuando se queda solo en conquista, busca lo contrario: tener sin conocer, ganar sin hacerse cargo de lo que viene después. El seductor irresponsable quiere el momento. El adulto, además del momento, se banca el después.

El gusto de que nos elijan

Hay otra pata psicológica, menos poética pero más honesta.  No es solo que queramos a alguien: queremos que alguien que consideramos valioso nos elija a nosotros. Ahí entra el narcisismo, no como enfermedad sino como necesidad bien humana de sentirse valioso. Que alguien nos desee dice algo de esa persona, pero —y acá está la trampa— sentimos que también dice algo de nosotros. Por eso a veces una persona recibe cien elogios y se queda pensando en la única que no la miró. Un «no» pesa más que cien «sí».

Bauman describió nuestra época como líquida: los vínculos son cada vez más fáciles de romper, más negociables, más de usar y tirar. En ese mundo la seducción se volvió, paradójicamente, más intensa y más corta. Tenemos más para elegir. Y cada vez menos paciencia para elegir bien.

El último misterio

Puede que la seducción siga siendo tan poderosa justamente porque conserva algo que esta época intenta borrar a toda costa: la incertidumbre. No sabemos qué piensa el otro. No sabemos si va a escribir de nuevo. No sabemos si esa mirada significó algo o fue simple casualidad. No sabemos si estamos frente al comienzo de una historia o frente a una historia que solo empezamos a imaginar nosotros solos. Y quizás ahí, justo ahí, viva el deseo.

  • La inteligencia calcula probabilidades.
  • La sociología estudia patrones.
  • La psicología explica mecanismos.
  • La antropología rastrea orígenes.

Pero ninguna ciencia logró todavía cancelar ese instante ridículo y hermoso en que dos personas se cruzan la mirada y, por un par de segundos, el mundo entero parece tener una posibilidad adentro. Inventamos códigos, aplicaciones, algoritmos y manuales enteros sobre cómo seducir. Y, sin embargo, seguimos cayendo redonditos por una simple mirada. Tal vez porque seducir, en el fondo, no es decir «mirame». Es lograr que el otro piense, sin querer: «¿por qué no puedo dejar de mirarte?». Y esa pregunta, más que cualquier respuesta, sigue siendo una de las formas más viejas y más finas que tiene el poder humano.