¿Por qué alguien decide pasar toda su vida con una sola persona?

Antes de empezar, una pequeña confesión:

Hay temas que, cuando pasan de ser una simple reflexión a convertirse en una nota, tienen vida propia. Y algunos, además, despiertan especialmente a las lectoras. Entonces empiezan las preguntas, los comentarios, las historias compartidas y, por supuesto, las nuevas propuestas: “¿Y por qué no escribes sobre…?”. O “¿Y qué pasa cuando…?”. Y así, casi sin darnos cuenta, una nota termina abriendo cinco puertas más.

El tema del amor, el matrimonio, los divorcios y todo ese vasto territorio en el que los seres humanos intentamos entendernos —con resultados bastante desparejos— ha movilizado mucho. Me han escrito, me han preguntado, me han sugerido nuevos temas y, debo decirlo, también me han dejado pensando.

De modo que, ante semejante responsabilidad —o ante semejante atrevimiento de mi parte—, hice lo que cualquiera haría: recurrí a quienes llevan siglos pensando estas cosas. Fui a los libros, a los ensayos, a las historias y a esa inevitable “gente sabia” que parece haber observado la vida con mucha más atención que nosotros.

No prometo que ellos tengan todas las respuestas. Después de todo, si las tuvieran, probablemente no estaríamos todavía discutiendo sobre el amor, el matrimonio o el divorcio. Pero vale la pena escucharlos. Y, entre lo que ellos dijeron y lo que nos pasa a nosotros, quizá podamos hacernos algunas preguntas interesantes.

Hay preguntas que parecen románticas hasta que uno las mira durante más de cinco minutos:  

“¿Por qué alguien decide pasar toda su vida con una sola persona?” Qué hermosa pregunta. También podría formularse así: ¿Qué lleva a un animal bastante inquieto, contradictorio y mortal a prometerle a otro animal bastante inquieto, contradictorio y mortal que lo elegirá durante los próximos cincuenta años? Y encima firmarlo. A veces incluso hay testigos.

El amor, ese contrato que nadie leyó

Zygmunt Bauman llamó “amor líquido” a una época en la que los vínculos parecen más frágiles, reversibles y atravesados por el miedo al compromiso. No decía que hubiéramos dejado de amar. Quizá decía algo bastante más incómodo: que también queremos conservar abierta la posibilidad de dejar de hacerlo.

Nos enseñaron que encontrar pareja es encontrar “a alguien”. Pero nadie explica demasiado bien qué significa ese “alguien”. ¿Alguien que nos quiera? ¿Que nos desee? ¿Que nos acompañe? ¿Que nos soporte? ¿Que pague el alquiler a medias? ¿Que quiera tener hijos? ¿Que nos cuide cuando estemos viejos? Porque cuando hablamos de amor solemos mezclar unas cuantas cosas bastante diferentes y ponerles el mismo nombre.

Amor. Una palabra comodísima. Sirve para describir una pasión, una amistad, una dependencia, una alianza económica, una obsesión, un proyecto familiar y, ocasionalmente, algo maravilloso que no sabemos explicar. Y después pretendemos que todo eso dure para siempre.

¿Quién decidió que “para siempre” era una buena idea?

Stephanie Coontz, historiadora de la familia, se dedicó precisamente a desmontar la idea de que el matrimonio tradicional siempre fue ese encuentro entre dos almas que se amaban profundamente y decidían construir una vida juntos. Durante buena parte de la historia, el matrimonio estuvo ligado a familia, patrimonio, trabajo, alianzas y supervivencia. El matrimonio por amor, tal como hoy lo imaginamos, tiene una historia bastante más corta de lo que nuestro romanticismo quisiera admitir.

Entonces aparece una pregunta incómoda: Si la forma de organizar pareja, matrimonio, sexo y familia ha cambiado tanto a lo largo de la historia, ¿por qué seguimos hablando de “amor natural” como si alguien hubiera encontrado el manual de instrucciones de la especie? Quizá la naturaleza no escribió el contrato. Quizá lo escribieron nuestros antepasados. Y nosotros simplemente heredamos la letra pequeña.

El problema de que las personas cambian

Aquí aparece otro pequeño inconveniente. A los 25 años puedes prometerle algo a alguien que tendrá 45, 65 y, si hay suerte, 85. Pero esa persona todavía no existe. Tampoco existes tú. Al menos no exactamente. Tus deseos cambiarán. Tus ideas. Tu cuerpo. Tus prioridades. Tu manera de entender la felicidad. Probablemente también cambiará tu pareja. Entonces: ¿Quién está haciendo realmente la promesa? ¿El yo de hoy está comprometiendo a todos los yos futuros?

Es curioso. Uno firma un contrato de hipoteca a treinta años después de leer varias veces las condiciones. Para el amor eterno basta con estar enamorado.

¿Y si el problema no fuera encontrar a la persona correcta?

Esther Perel ha señalado una contradicción bastante poco conveniente: en una relación de largo plazo queremos seguridad y, al mismo tiempo, sorpresa; queremos conocer profundamente al otro y seguir deseándolo como si todavía fuera un misterio. El problema es que la intimidad fabrica conocimiento. Y el deseo, muchas veces, se alimenta de distancia, incertidumbre y novedad.

Queremos que nuestra pareja sea nuestro hogar. Pero también queremos que nos produzca mariposas. Queremos saber dónde dejó las llaves. Y queremos seguir preguntándonos qué estará pensando. Queremos rutina y aventura. Fidelidad y libertad. Raíces y alas. Y después nos sorprendemos cuando el pobre matrimonio parece tener problemas de logística.

Entonces, ¿por qué tanta gente quiere cambiar de pareja?

Aquí Helen Fisher introduce una idea particularmente incómoda: deseo sexual, enamoramiento y apego no serían exactamente el mismo sistema. Pueden relacionarse, pero también pueden funcionar con cierta independencia. Traducido al idioma de una cena incómoda: puedes amar profundamente a alguien, sentir deseo por otra persona y seguir necesitando a la primera.

No necesariamente porque seas un monstruo. Ni porque seas un santo incomprendido. Sino porque el ser humano quizá sea bastante menos ordenado de lo que exige el contrato romántico. Entonces, cuando alguien cambia de pareja, ¿qué está cambiando exactamente? ¿De persona? ¿De deseo? ¿De vida? ¿De identidad? ¿O simplemente está intentando recuperar una versión de sí mismo que había desaparecido? Porque quizá algunas veces no queremos a otra persona. Queremos volver a sentirnos otros.

La pareja como solución para demasiadas cosas

Erich Fromm pensaba el amor maduro no como simple necesidad del otro, sino como una capacidad que implica cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento. Una idea bastante exigente. Porque nosotros hemos convertido a la pareja en una especie de departamento de servicios humanos: Amante. Mejor amigo. Confidente. Psicólogo. Compañero de viajes. Socio económico. Padre o madre de nuestros hijos. Fuente de deseo. Red de seguridad. Persona que nos diga dónde están las llaves. Todo eso, idealmente, durante cincuenta años. Y si falla una de las áreas, sospechamos que “la relación no funciona”. Tal vez la relación no tenga la culpa. Tal vez le hemos pedido demasiado a una sola persona.

¿Amamos o tenemos miedo?

Fromm también permite formular una pregunta todavía menos simpática: ¿amamos al otro o lo necesitamos para no sentir nuestra propia soledad? No es lo mismo. Pero pueden parecerse muchísimo. ¿Queremos compartir la vida o evitar atravesarla solos? ¿Elegimos compañía o escapamos de la soledad? ¿Amamos a esa persona o necesitamos que alguien ocupe el lugar de “alguien”? Y cuidado: que exista miedo no significa que no exista amor. Las cosas humanas rara vez vienen puras.  Podemos amar y depender. Desear y temer. Querer libertad y necesitar pertenencia. Ser profundamente fieles y, aun así, fantasear con otra vida. La contradicción no siempre es una falla del sistema. A veces es el sistema.

Quizá la pregunta equivocada sea “¿con quién?”

Michel Foucault nos enseñó a desconfiar de las categorías que creemos naturales y a preguntar cómo las sociedades construyen discursos sobre sexualidad, normalidad y deseo. Para él, incluso aquello que creemos íntimamente nuestro está atravesado por normas, instituciones y relaciones de poder. Entonces quizá no deberíamos preguntar solamente:

“¿Con quién quiero pasar mi vida?”

Sino:

“¿Quién me enseñó cómo debe ser una vida bien vivida?” ¿Por qué pareja? ¿Por qué exclusividad? ¿Por qué matrimonio? ¿Por qué hijos? ¿Por qué para siempre? ¿Por qué cambiar de pareja se considera fracaso, pero cambiar de profesión, ciudad o ideología puede llamarse crecimiento?

Quizá algunas de nuestras decisiones más íntimas tengan una cantidad sorprendente de instrucciones externas.

Y entonces aparece Schopenhauer

Si todo esto empieza a ponerse demasiado romántico, siempre podemos invitar a Arthur Schopenhauer. No vino precisamente a levantar el ánimo. Para él, buena parte de lo que llamamos amor romántico estaba relacionado con fuerzas mucho menos poéticas: deseo, reproducción y perpetuación de la especie. El individuo cree perseguir su propia felicidad; la naturaleza, según su lectura, estaría haciendo sus propios negocios por detrás.

Una interpretación bastante cruel. Pero útil para una pregunta: ¿Y si parte de lo que llamamos “amor verdadero” fuera una explicación elegante que inventamos después para justificar algo que nuestro cuerpo ya quería hacer? No significa que el amor sea mentira. Quizá significa algo peor: que puede ser verdadero y, al mismo tiempo, estar construido sobre fuerzas que no elegimos.

Entonces, ¿por qué una sola persona?

No lo sé. Puede ser amor. Puede ser deseo de pertenencia. Puede ser miedo. Puede ser cultura. Puede ser biología. Puede ser costumbre. Puede ser una decisión extraordinariamente libre. Puede ser una decisión tomada por alguien que nunca se preguntó si quería tomarla. Puede ser todo eso al mismo tiempo. Quizá pasar cincuenta años con una persona sea una de las decisiones más bellas que puede tomar un ser humano. O una de las convenciones más sofisticadas que inventamos para hacer habitable el caos. O ambas. Porque quizá la pregunta realmente incómoda no sea:

“¿Por qué quieres pasar toda tu vida con una sola persona?”

Sino:

“Si mañana descubrieras que podrías amar profundamente a otra persona, ¿seguirías creyendo que tu promesa de ayer debe decidir por quién serás mañana?” Y si la respuesta es sí, queda otra pregunta. Y si es no, también. Porque quizá el verdadero problema nunca fue decidir con quién pasar toda la vida. Quizá fue creer que, una vez decidido, ya sabíamos quién seríamos nosotros.