La máscara de la Cenicienta o del Príncipe Valiente

Defendamos el matrimonio (aunque el matrimonio, últimamente, no se defienda solo)

Vivimos tiempos raros para el amor comprometido. Hay quien dice que el matrimonio es una institución en extinción, como el fax o el buzón de cartas. Y sin embargo —dato curioso— la gente se sigue casando. Se sigue jurando amor eterno con la misma solemnidad de siempre, aunque las estadísticas de divorcio le hagan morisquetas desde la vereda de enfrente.

¿Contradicción? No exactamente. Yo creo que el matrimonio no está roto. Lo que está roto, muchas veces, es el material con el que lo construimos. Porque una cosa es la institución —esa promesa hermosa y un poco temeraria de construir algo con otro ser humano imperfecto— y otra muy distinta es a quién elegimos para hacer esa promesa, y sobre todo, por qué lo elegimos.

Nadie se divorcia del matrimonio. La gente se divorcia de personas. Y ahí, entre esas dos frases, hay una diferencia que vale la pena mirar con lupa, con humor y, si hace falta, con un poco de mala leche cariñosa. Porque antes de firmar cualquier papel —el del civil o el de la iglesia— casi todos firmamos otro contrato invisible, uno que nadie nos hizo leer: el de nuestras propias fantasías. Y ahí, entre el amor real y el amor imaginado, se cuela un personaje que conviene conocer de cerca. Un clásico. Un peligro. Un maestro del disfraz.

Va por él esta nota.

 ¿Y si a eso que llamamos amor no siempre es amor?

Hay una frase que me dijo alguna vez mi terapeuta y que no se me borra más:

“A Frankenstein nosotros le ponemos la máscara de la Cenicienta.”

Y durante un tiempo —a veces meses, a veces años— caminamos tomados de la mano de un monstruo precioso, convencidos de que vamos al baile. Hasta que un día, sin querer, se nos corre la máscara. Y ahí empieza la verdadera película. Porque hay algo que no siempre se dice en voz alta: nosotros le pusimos esa máscara. Nadie nos obligó. El otro, en el mejor de los casos, ni siquiera mintió. Simplemente se quedó calladito, con esa costumbre tan humana de no desmentir lo que le conviene. Un silencio pícaro, cómplice, casi elegante. Nosotros vimos lo que quisimos ver, y él —o ella— tuvo la delicadeza de no arruinarnos la fantasía. ¿Para qué hablar, si el silencio también seduce?

Los primeros años: cuando el amor se llena de cosas

Después viene la convivencia. Y los primeros años suelen estar ocupados en otra cosa. Cada uno metido en su trabajo. En comprar un pisito. En comprar un autito. Muebles, regalos, vacaciones. Armar, de a poco, esa vida que desde afuera parece la prueba definitiva de que todo está funcionando. Y mientras tanto, casi nadie habla de lo humano. Lo superficial y lo económico tienen la palabra. Hay que comprar, pagar, progresar, decorar, viajar. La vida avanza. Pero no necesariamente la pareja. Porque llega un momento —a veces después de dos años, a veces después de cinco, a veces mucho más tarde— en que cualquiera de los dos puede estar sentado frente al otro, desayunando, mirándolo y pensar:

¿Quién es este?

O:

¿Quién es esta?

Y ahí aparece una pregunta bastante incómoda: ¿Lo estoy descubriendo ahora o nunca lo había mirado realmente? Y si llega el primer hijo, mejor tener algunas cosas claras. Porque después quedan dos pasos que nadie quiere imaginar cuando está enamorado: la terapia de pareja y, si no funciona, el abogado. No es una amenaza. Es una manera brutalmente práctica de recordar que tener una casa, un auto, cuentas, vacaciones y hasta hijos en común no garantiza que sepamos quién es la persona con la que estamos construyendo todo eso. A veces construimos una vida entera antes de preguntarnos si sabemos habitarla juntos. Y cuando la fantasía se encuentra con la vida cotidiana, la máscara empieza a transpirar.

La trampa más antigua: la proyección

Miramos a alguien y muchas veces no vemos a esa persona. Vemos una película que empezamos a filmar mucho antes de conocerla, con actores que ni siquiera están en la sala. Le ponemos ternura donde hay indiferencia. Compromiso donde hay comodidad. Le ponemos “todavía no está listo, pero yo lo voy a ayudar” donde en realidad dice, con toda claridad: “No quiero.” Y lo peor no es proyectar. Lo peor es lo que viene después. Cuando la fantasía se cae, no decimos: “Me equivoqué de casting.” Decimos: “Me clavó un puñal por la espalda.” El guion cambia, pero el protagonista sigue siendo el mismo: nosotros, ahora en el papel de víctima.

El curioso arte de elegir mal y después indignarnos

Fijate qué prolijo es el mecanismo. Elegimos con nuestra propia cabeza, con nuestro propio historial, con nuestras propias ganas de que algo funcione, aunque las señales digan lo contrario. Y después, cuando explota todo, la bronca no es con nosotros. “Me arruinó la vida.” “Me hizo perder el tiempo.” “Nunca más confío en nadie.” Como si el otro se hubiera disfrazado de Frankenstein para engañarnos. Cuando, en realidad, muchas veces fuimos nosotros los que, con nuestras propias manos, le cosimos un vestido de novia a un ser que nunca pidió casarse con nadie. No digo esto para hacer sentir culpable a nadie. Bastante culpa cargamos ya con la que no elegimos como para sumar la que sí. Lo digo porque hay algo liberador en mirarlo así: si yo puse la máscara, yo puedo aprender a sacármela antes. No después de la boda. No después del tercer aniversario. No después del primer hijo. Antes.

¿De dónde sacamos el molde?

Ahí volvemos a lo de mirar de chicos. El molde no lo inventamos de grandes, sentados una tarde pensando: “Che, voy a diseñar mi ideal de pareja.” No. Se fue armando solo. Viendo qué se premiaba en casa y qué se castigaba. Viendo a quién había que perseguir para que te diera bola y a quién le sobraba el cariño y, por eso mismo, daba un poco de fiaca. Viendo cómo se pedía amor, cómo se conseguía, cómo se perdía. Aprendimos, sin darnos cuenta, un idioma emocional completo mucho antes de saber leer. Y después, de grandes, vamos por la vida con ese idioma bajo el brazo, buscando gente que lo hable. No necesariamente gente que nos haga bien. Gente que nos resulte familiar. Y cuando alguien habla ese dialecto con fluidez —aunque nos esté hablando de ausencia, intermitencia, de “hoy sí, mañana ni idea”— sentimos que por fin encontramos a alguien que nos entiende.

Spoiler: no nos entiende. Nos reconoce. Que no es lo mismo.

La intensidad como coartada

Cuando alguien nos genera esa mezcla de ansiedad y deseo que tanto confundimos con amor, no decimos: “Qué intensidad rara siento acá.” Decimos: “Esto es distinto a todo lo que sentí antes.” Y puede ser cierto. Pero convendría preguntarse: ¿Distinto de qué? ¿Distinto de la calma? ¿Distinto de que me traten bien? ¿Distinto de no tener que adivinar qué siente el otro? Porque si “distinto” significa en realidad “por fin conocido, por fin familiar, por fin el idioma de casa”, quizás no descubrimos el amor de nuestra vida. Descubrimos, una vez más, nuestra propia historia disfrazada de novedad.

Sacarse la máscara

No se trata de volverse desconfiado de por vida. Ni de analizar cada mensaje de WhatsApp como si fuera un caso policial. Se trata de algo bastante más modesto: aprender a mirar. La próxima vez que sintamos esas ganas irrefrenables de coserle a alguien un vestido de gala, quizás podamos detenernos un segundo y preguntarnos qué tela estamos usando. Si es la tela de lo que el otro realmente mostró, bienvenida la fiesta. Pero si es tela de lo que imaginamos, de lo que necesitamos que fuera, de lo que un silencio pícaro nos dejó completar con la fantasía… Ahí conviene frenar el hilo. Porque el problema no es enamorarse. El problema es enamorarse de nuestro propio bordado y después pedirle cuentas al maniquí.

Y si un día la máscara se cae —porque tarde o temprano se cae— quizás valga más preguntarnos qué fue lo que tanto necesitábamos ver antes que salir corriendo a buscar el próximo disfraz. Qué historia estábamos repitiendo. Qué herida queríamos reparar. Qué idioma emocional estábamos buscando. Porque si no, el molde queda intacto. Y el molde, como todo lo viejo y conocido, tiene una capacidad asombrosa para disfrazarse de nuevo. Quizás crecer en el amor sea justamente eso: dejar de enamorarnos solamente de lo que creemos ver y empezar a mirar lo que realmente hay.

Sin máscara. Sin casting. Sin guion. Y, sobre todo, sin pedirle al otro que interprete el personaje que nosotros mismos inventamos. Porque quizás el amor verdadero no sea encontrar a la persona que mejor encaja en nuestra fantasía. Quizás sea encontrar a alguien a quien podamos mirar sin necesidad de inventarlo. Y que, al mirarnos, tampoco necesite hacerlo con nosotros.