El pequeño, revolucionario y casi subversivo arte de decir «no»

Vivimos tiempos extraños

Vivimos tiempos extraños. Tan extraños que uno prende la televisión y ya no sabe si está mirando un noticiero, una pelea de consorcio o un asado familiar al que invitaron micrófonos.

En algunos países, presidentes insultan a periodistas, adversarios y a cualquiera que cometa el pecado de pensar diferente. Y no utilizan precisamente un castellano de academia. Sueltan palabrotas que, si las escuchara mi abuela —que en paz descanse—, se moriría otra vez. De espanto, claro. Porque de política ya estaba curada.

Y ahí están, por radio, televisión, redes, streaming y vaya uno a saber cuántas pantallas más, diciendo cosas que antes uno decía bajito, detrás de una puerta, después de golpearse el dedo chico del pie contra la pata de la cama.

El insulto como entretenimiento

Los presidentes no están solos. Hoy cualquiera puede abrir un canal de streaming, agarrar un micrófono y dedicarse a descubrir quién encuentra la grosería más feroz de la semana. Y alrededor aparecen otros, muertos de risa, festejando. Uno los mira y piensa en una mesa de amigos, un domingo, un asado, tres botellas vacías y alguien diciendo:

—¿Querés que te cuente lo que me pasó con el plomero?

Y todos saben que la historia ya la escucharon diecisiete veces, pero se ríen igual. Quizá porque nos hemos acostumbrado a confundir libertad con impunidad, sinceridad con brutalidad y carácter con volumen. Y ojo, no es que uno pueda pedir que lo prohíban. Vivimos en plena era de «libertad de expresión», y bajo esa bandera se cometen a diario más crímenes y pecados verbales de los que ninguna abuela podría contar.

El problema no es si tienen o no derecho a hablar así. El problema es qué hacemos nosotros, del otro lado de la pantalla, todos los días, con el control remoto en la mano.

Entonces aparece una palabra

Porque ahí, exactamente ahí, es donde a nosotros nos queda una palabra. Diminuta. Dos letras. Y, sin embargo, la única defensa real que tenemos frente a semejante batallón de gritones: no.

  • No mirarlo. No es una gran hazaña, lo sé, pero es lo único verdaderamente nuestro en todo este circo: la decisión de no encender esa tele, no entrar a ese streaming, no darle play a ese clip que alguien nos manda por el grupo de WhatsApp «para que veas lo que dijo».
  • No compartirlo. Porque cada vez que reenviamos el video del insulto —aunque sea indignados, aunque sea para criticarlo— le estamos regalando el único combustible que ese tipo de discurso necesita: audiencia.
  • No reírnos, en el asado cuando alguien repite la frase «genial» del presidente o del streamer de turno. Ese silencio incómodo, esa cara de «no me causa gracia», también es una forma de decir no.
  • No votarlo la próxima vez. Y sí, en voz alta, delante de quien haga falta: «ese presidente cuando habla e insulta me da vergüenza, propia y ajena».

El sí que nos va resignando

  • El problema es que, casi sin darnos cuenta, decimos sí.
  • Sí porque «así es la política ahora».
  • Sí porque «todos son iguales».
  • Sí porque cambiar de canal parece poco, insuficiente, como no hacer nada.
  • Sí porque terminamos mirando la pelea igual, aunque sea para poder opinar después.

Y entonces cedemos un poquito de atención. Un poquito de indignación, que se nos gasta de tanto usarla en cosas que no eligen respetarla. Hasta que un día descubrimos que llevamos meses, o años, regalándole nuestro tiempo y nuestro humor a gente que ni se entera de que existimos.

Decir no es resignarse

Cambiar de canal no es mirar para otro lado. No es indiferencia ni resignación. Es, más bien, decidir dónde ponemos lo poco que tenemos: nuestra atención, que hoy vale más que cualquier voto de confianza que le demos gratis a un maleducado. Es decir: «hasta acá te sigo, de acá para allá hacé lo que quieras, pero sin mí». Y a los cortesanos que rodean a estos personajes —esos que ríen fuerte, que retuitean, que alimentan la fogata— tampoco hace falta insultarlos. Alcanza con no darles el aplauso que están buscando.

Una pequeña revolución

Quizá, en estos tiempos de gritos, insultos, pantallas y opinadores profesionales, haya una revolución mucho más silenciosa y mucho más al alcance de la mano. No necesita banderas. No necesita seguidores. No necesita un programa de televisión. A veces alcanza con agarrar el control remoto y decir:

—No. Esta vez, no.

Poner Netflix. Cerrar la pestaña. No compartir el clip. No reírse en el asado. Y sostener esa decisión, aunque parezca chiquita, aunque nadie la aplauda, aunque el tipo siga ahí, agazapado, gritando para el que quiera escucharlo. Porque al final, la pregunta no es cuántos insultos puede decir un presidente por minuto. La pregunta es cuánto de nuestra propia atención estamos dispuestos a seguir regalando.