Ataraxia o como dejar de pelear con la lluvia
Hay amigos que uno deja de ver durante años y, cuando finalmente se reencuentran, descubren dos cosas. La primera es que el tiempo pasó para ambos. La segunda es que pasó con mucha más crueldad para uno.
Me encontré con Betina en Madrid después de una eternidad. Nos abrazamos con ese entusiasmo de quienes todavía se reconocen sin necesidad de actualizar la foto de perfil. Nos sentamos a tomar un café y empezamos el ritual de siempre: ¿qué fue de tu vida?, ¿dónde vivís?, ¿qué hacés?, ¿cómo están los chicos?, ¿y tus rodillas? Hasta ahí, todo normal. Pero mientras hablábamos empecé a notar algo profundamente sospechoso. Betina estaba demasiado bien. No «bien» de Instagram, que consiste en sonreír mientras el banco amenaza con embargarte el auto. Bien de verdad.
Tenía esa serenidad irritante que suele despertar desconfianza. Uno acepta que alguien sea rico, inteligente o lindo. Pero cuando alguien está en paz, enseguida piensa que pertenece a una secta, vende sahumerios o heredó un castillo en la Toscana.
La miré fijo.
—¿Qué te pasó?
Ella se rió, revolvió el café que ya ni necesitaba revolver, y contestó como quien confiesa un vicio secreto:
—Practico ataraxia.
Confieso que pensé que era una crema para las articulaciones.
La enfermedad que cura
Betina me explicó que llevaba años practicándola. No era yoga. No era meditación. Tampoco una religión nueva ni un retiro espiritual donde todos se visten de lino y hablan bajito. Era una filosofía. Una palabra griega que significa algo así como «imperturbabilidad». O, dicho en castellano de barrio, dejar de hacerse mala sangre por todo.
Ahí fue cuando entendí que nosotros hacemos exactamente lo contrario. Nos despertamos y, antes incluso de poner un pie en el piso, ya estamos preocupados por cinco cosas que todavía no ocurrieron y tres que jamás ocurrirán.
El celular ni siquiera nos da los buenos días. Nos informa que alguien ganó millones con una criptomoneda que nunca compramos, que un actor se divorció de una modelo que no conocíamos y que hay una nueva dieta basada exclusivamente en comer semillas que ni los gorriones aceptan. Después de eso pretendemos desayunar tranquilos.
Sufrir por adelantado, discutir con nadie
Somos especialistas en una disciplina absurda: sufrir preventivamente. Nos angustia la conversación que tendremos mañana. Nos ofende un comentario que todavía nadie hizo. Discutimos mentalmente con personas que ignoran por completo que estamos peleados con ellas. Es extraordinario. El cuerpo vive en el presente. La cabeza trabaja horas extras en un futuro imaginario.
Y detrás de esa angustia casi siempre hay lo mismo: la pretensión de que el mundo se sincronice con nuestro guion. Queremos tener razón. Queremos la última palabra. Queremos que nos contesten el mensaje ya. Queremos que el otro entienda exactamente lo que quisimos decir, aunque nosotros tampoco lo tengamos muy claro. Le reclamamos al universo una coordinación que nunca prometió, y después nos preguntamos por qué estamos cansados.
Betina me dijo algo que me quedó dando vueltas, mientras afuera empezaba a lloviznar y ella ni se inmutó:
—La mayoría de las cosas que te quitan la paz nunca llegan a pasar.
Qué negocio extraño el de la ansiedad. Pagamos intereses de deudas que jamás existirán.
No se trata de estar tranquilo, se trata de dejar de pelear con la lluvia
Yo creía que la tranquilidad consistía en lograr que todo saliera bien. Ella me explicó que era exactamente al revés. La tranquilidad aparece cuando uno deja de exigirle a la realidad que cumpla con el guion que escribió en su cabeza.
Porque la vida tiene una costumbre insoportable. Improvisa. Uno organiza un picnic y llueve. Planea un viaje y cancelan el vuelo. Compra una planta para relajarse y se le muere el cactus. La vida jamás leyó nuestros planes. Y, sin embargo, vivimos ofendidos porque no los respeta.
La ataraxia, me dijo, no consiste en convertirse en un monje tibetano ni en sonreír cuando te pisan un pie. Consiste en descubrir cuántas veces sufrimos simplemente porque creemos que el universo está pendiente de nosotros.
La revolución de no reaccionar
Betina practica la ataraxia desde hace años en un grupo donde estudian filosofía antigua y la llevan a la vida cotidiana. No entrenan para discutir mejor. Entrenan para discutir menos. No buscan ganar todas las batallas. Intentan descubrir cuáles merecen ser peleadas.
Porque hay una diferencia enorme entre tener razón y tener paz. Y casi nunca vienen juntas.
Lo único que se puede gobernar
Cuando nos despedimos caminé varias cuadras pensando en esa palabra griega que había sobrevivido más de dos mil años. Vivimos en la época de las notificaciones permanentes, de la indignación instantánea y de la obligación de opinar sobre cualquier cosa antes de entenderla.
Nunca hubo tantas herramientas para ahorrar tiempo. Y nunca pareció faltar tanto. Nunca estuvimos tan conectados. Y nunca costó tanto encontrarse con uno mismo.
Quizás por eso la ataraxia vuelve a tener sentido. No promete una vida sin problemas. Eso sería publicidad engañosa. Promete algo bastante más ambicioso: que los problemas dejen de alquilar un departamento dentro de tu cabeza.
No sé si voy a practicar ataraxia. Pero desde aquel café en Madrid descubrí una paradoja hermosa. Pasamos la vida intentando controlar el mundo. Y resulta que la única parte del mundo que realmente podríamos aprender a gobernar estaba esperando, silenciosa, del otro lado de la taza de café.
Para seguir pensando
Si esa palabra griega le despertó curiosidad, no hace falta viajar a Atenas. La ataraxia sigue estudiándose hoy en universidades y espacios de divulgación filosófica.
- En Buenos Aires, la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y el Centro Cultural Ricardo Rojas suelen ofrecer cursos y actividades sobre filosofía clásica.
- En Madrid, la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense organiza con frecuencia conferencias y seminarios abiertos al público.
A veces, una idea nacida hace veinticuatro siglos sigue teniendo más cosas para decirnos que la última notificación del celular.
