La trampa del amor a largo plazo
Nos enamoramos antes de conocernos
Hay algo bastante extraño en el amor: solemos «enamorarnos» de alguien cuando todavía sabemos muy poco de esa persona. Sabemos cómo sonríe, cómo nos mira, cómo se viste, qué música escucha, qué lugares frecuenta. Nos gusta su manera de hablar, su perfume, sus gestos. Descubrimos algunas coincidencias y, con una generosidad conmovedora, completamos todo lo que desconocemos con nuestra imaginación.
En otras palabras: nos enamoramos de una persona que conocemos parcialmente y del resto nos encargamos nosotros.
La neurocientífica y antropóloga Helen Fisher ha estudiado precisamente esa poderosa maquinaria del enamoramiento y ha mostrado que el amor romántico no es simplemente una decisión racional: involucra sistemas cerebrales vinculados con motivación, recompensa y deseo. Así que quizá no sea tan extraño que durante los primeros meses pensemos que hemos encontrado a nuestro gran amor. El cerebro, mientras tanto, está haciendo horas extras.
La etapa color de rosa
Durante el enamoramiento todo parece encajar. Sus defectos son simpáticos, sus manías tienen encanto y hasta aquello que en otra persona nos resultaría insoportable adquiere una explicación romántica. «Es así porque tuvo una infancia difícil.»
Qué maravilloso es el amor: convierte una alarma en una anécdota. Pero hay una trampa: muchas veces no nos enamoramos solamente de quien el otro es, sino de quien creemos que es. Y también de quien imaginamos que llegará a ser. El problema aparece cuando llega la convivencia.
Cuando la fantasía conoce al compañero de departamento
La convivencia tiene una costumbre poco elegante: presenta a las personas sin maquillaje emocional. Ya no importa tanto cómo te mira cuando llega a verte. Importa cómo reacciona cuando tiene hambre, sueño o un mal día. Porque uno puede enamorarse de alguien que escribe poemas, pero tarde o temprano tendrá que descubrir si esa persona baja la tapa del inodoro. Y no es un detalle menor.
La vida en común es una investigación antropológica que nadie pidió, pero que todos terminamos haciendo. Aparecen los hábitos, los amigos, las familias, la cultura, la educación, las diferencias económicas, las ambiciones, las inseguridades y esa pequeña colección de miserias que todos llevamos escondida debajo de la ropa.
El psicólogo John Gottman dedicó décadas al estudio de las parejas y encontró patrones muy consistentes en la manera en que las personas se relacionan, discuten, reparan el daño y construyen confianza. Incluso observó que una gran parte de los conflictos de pareja son problemas persistentes que no llegan a resolverse por completo. La noticia, entonces, no es que las parejas discutan. La noticia es que van a discutir durante años sobre algunas de las mismas cosas. Bienvenidos al amor adulto.
El otro viene con equipaje
Nadie llega solo a una relación. Cada uno trae una familia, una historia, una educación sentimental, determinadas creencias, heridas, costumbres y un manual de instrucciones que, por supuesto, nadie nos entrega. Ella aprendió que hablar de los problemas ayuda. Él aprendió que hablar de los problemas los empeora. Ella quiere resolverlo ahora. Él necesita dormir. Y los dos creen que el otro está siendo irracional. No necesariamente lo está: simplemente están hablando desde dos historias diferentes, con dos manuales que nunca se leyeron entre sí.
Por eso conocer profundamente a alguien puede ser mucho más complejo que enamorarse de alguien.
Seguridad, deseo y la paradoja del amor
Esther Perel ha señalado una de las grandes contradicciones de las relaciones prolongadas: queremos que nuestra pareja sea simultáneamente nuestro lugar más seguro y, al mismo tiempo, alguien capaz de conservar el misterio, la sorpresa y el deseo. Queremos saberlo todo y, a la vez, necesitamos que quede algo por descubrir. Queremos rutina, pero después nos quejamos de la rutina y nos preguntamos dónde quedó la aventura.
Quizá esa sea una de las grandes paradojas del amor largo: cuanto más conocemos al otro, más difícil puede resultar seguir viéndolo como un misterio.
El amor empieza cuando termina la fantasía
Tal vez la verdadera trampa no sea amar durante muchos años. La verdadera trampa es creer que una relación larga debe conservar para siempre la sensación de los primeros meses. No. El enamoramiento es apenas el comienzo. Después viene algo bastante más difícil: conocer. Conocer cómo maneja el dinero. Cómo trata a sus padres. Cómo habla de sus amigos. Cómo enfrenta una crisis. Cómo reacciona cuando pierde. Cómo pide perdón. Cómo escucha. Cómo ama cuando está cansado. Cómo se comporta cuando ya no necesita impresionarnos. Y entonces aparece la pregunta importante.
No: «¿Me sigue pareciendo perfecto?» Sino: «Ahora que sé quién es realmente, ¿lo sigo eligiendo?»
Lo que dicen los números
Y aquí conviene mirar la realidad de frente, no solo con metáforas. Según el INE, en 2025 se formalizaron en España 80.785 divorcios por vía judicial o notarial —una tasa de 1,7 por cada 1.000 habitantes—, y los divorcios representaron el 96,5% del total de rupturas matrimoniales registradas. Son, claro, los divorcios que pasan por el registro civil o ante notario: los que dejan huella oficial.
Cuántas parejas viven un divorcio silencioso —sin papeles, sin juzgado, pero igual de real— es algo que ninguna estadística puede medir.
- Y ahí aparece la verdadera bifurcación. Porque frente a esa realidad que la convivencia destapa, no todos eligen lo mismo.
- Hay quienes deciden quedarse: aceptan la versión real del otro —con equipaje, con manías, con ese 80% de conflictos que Gottman decía que nunca se resuelven del todo— y, aun así, se quedan. A veces por amor renovado. Pero a veces, también, por resignación, por miedo, por costumbre, por hijos, por no saber cómo se empieza de nuevo a los cuarenta o cincuenta años.
- Se quedan y se amargan lentamente, conviviendo con una insatisfacción que nunca nombran en voz alta.
Y hay otros —miles cada año, los que engrosan esas cifras del INE— que hacen el camino inverso: deciden irse.
- No siempre porque el otro sea mal compañero, sino porque han aprendido, o creen haber aprendido, que la felicidad en pareja se construye distinto, en otro lugar, con otra persona, o incluso solos.
- No hay una decisión correcta entre quedarse y no quedarse: hay, simplemente, dos formas distintas de responder a la misma pregunta incómoda que deja la convivencia.
Porque enamorarse de una fantasía es hermoso
Pero elegir a una persona después de conocer su realidad es, probablemente, una forma mucho más adulta —y bastante más difícil— de amar. El amor verdadero quizá no empiece cuando descubrimos que el otro es exactamente como imaginábamos. Quizá empiece cuando descubrimos que no lo es y, aun así, queremos quedarnos. Y si algún día ya no queremos quedarnos, eso también —lo dicen los números— es parte de la historia del amor.
P.D.
El médico psiquiatra y psicoanalista argentino Dr. Carlos T. proponía algo interesante para intentar evitar la separación: dice que cada pareja debería encontrar entre 10 puntos que funcionen como las columnas de esa convivencia. Todo lo demás —sostiene— puede entrar en el terreno de la discusión, de la negociación, del ida y vuelta cotidiano. Pero esos pilares elegidos, no.
¿Y cuáles son esos pilares? Según su propuesta:
- Los valores morales
- La educación
- El respeto
- Unos padres sólidos ante sus hijos
- La generosidad en la familia
- La relación con el dinero
- La comunicación honesta, incluso cuando incomoda
- La fidelidad y la confianza mutua
- Un proyecto de vida compartido, hacia dónde van juntos
- La forma de resolver los conflictos, no evitarlos, sino atravesarlos sin destruirse
No se trata de estar de acuerdo en todo —eso, como vimos, es imposible y hasta un poco sospechoso—. Se trata de identificar esos pocos puntos innegociables y cuidarlos como se cuida una estructura: no porque sean perfectos, sino porque son los que sostienen todo lo demás cuando la fantasía ya se fue y queda, simplemente, la persona real.
