El viaje de estar vivos a preguntarnos… ¿para qué?

Hay días en que la vida parece una fiesta. Hay momentos en los que uno siente que, por fin, entendió todo. No sabemos qué entendimos, exactamente. Pero lo sentimos.  Una canción. Una mirada. Un cuerpo que nos atrae. Una conversación a las tres de la mañana. Un hijo que se ríe. Una copa con amigos. Un gol en el minuto noventa y cuatro. Una persona que vuelve cuando ya habíamos aprendido a decir que no nos importaba.

Y de pronto ocurre algo extraño: dejamos de mirarnos desde afuera.

No pensamos si estamos haciendo el ridículo. No calculamos el futuro. No revisamos mentalmente las facturas, los mensajes pendientes, la edad, las canas, la cuenta bancaria ni aquella frase estúpida que dijimos en 2008 y que nuestro cerebro, en un acto de crueldad innecesaria, decidió conservar en alta definición. Simplemente estamos ahí. Eso es el éxtasis. No necesariamente la felicidad. El éxtasis es algo más salvaje: es olvidarse durante un rato de que uno está intentando vivir, porque salió volando del cuerpo y con los ojos abiertos hacia plenitud de sentimientos casi inalcanzable.

Y después llega el lunes

El problema del éxtasis es que no tiene domicilio permanente. Uno vuelve. Vuelve a ser marido, mujer, padre, madre, empleado, jefe, vecino, deudor, ex, amante clandestino de sus propias fantasías. Vuelve el teléfono. Vuelve la pregunta: «¿Y ahora qué?» Quizá por eso algunas personas persiguen compulsivamente aquello que alguna vez las hizo sentirse vivas. Cambian de pareja, de ciudad, de trabajo, de cuerpo, de religión, de contraseña y hasta de personalidad.

No están buscando placer. Están buscando volver a sentir aquella versión de sí mismos que apareció durante cinco minutos. Y ahí empieza el problema: cuando el éxtasis se convierte en obligación, deja de ser éxtasis.

Queremos intensidad, pero pedimos seguridad

Esta es una de las grandes contradicciones de nuestra época. Queremos una relación que nos dé paz, pero también queremos que nos haga temblar. Nos atrae secretamente quien podría rompernos la vida, y sin embargo llenamos los primeros mensajes de preguntas sobre intenciones, sobre planes a futuro, sobre si «esto va en serio».

Queremos pasión con garantía extendida. Un amor que diga: «Te voy a volver loco, pero no demasiado. Y por favor, avísame antes de hacerme sufrir.» Es como pedirle a un incendio que caliente la casa sin quemar las cortinas. No funciona así. La intensidad tiene un precio: nos recuerda que estamos vivos y, por lo tanto, que podemos perder. Quizá por eso después del éxtasis aparece la desesperación. No porque el éxtasis haya sido falso, sino porque fue verdadero.

La desesperación es el precio de haber esperado algo

La desesperación no siempre nace de que todo vaya mal. A veces nace de haber conocido algo extraordinariamente bueno y descubrir que no podemos conservarlo. Ahí aparece una de las paradojas más crueles de la existencia: lo que nos salva también puede convertirse en aquello que más nos duele perder.

Una persona puede ser nuestro refugio y, cuando se marcha, convertirse en el lugar exacto donde más frío hace. Una canción puede levantarnos del suelo y, años después, dejarnos sentados en la cocina mirando por la ventana como idiotas. Una historia de amor puede demostrarnos que todavía somos capaces de sentir y, precisamente por eso, volver insoportable cualquier cosa que venga después.

Entonces comprendemos algo incómodo: no sufrimos únicamente por lo que perdimos. También sufrimos porque descubrimos de lo qué éramos capaces cuando lo teníamos.

El hombre y la mujer de todos los días

Hay algo profundamente democrático en todo esto.

Le pasa al empresario y al repartidor. A la mujer que llega agotada del trabajo y al hombre que dice que «está todo bien» porque no sabe explicar que hace meses que nada le provoca demasiado. Le pasa al que tiene tres hijos y al que duerme solo. Al que publica fotos sonriendo y al que ni siquiera publica. Todos conocemos alguna versión de ese recorrido: el instante luminoso, la caída, la pregunta. «¿Qué pasó conmigo?» Y quizá la respuesta no sea que nos rompimos. Quizá simplemente se terminó una forma de estar vivos.

Setenta años, una sola vez

Hace un tiempo, en una reunión, alguien le pidió a un hombre grande que definiera el éxtasis con una sola palabra, algo simple, sin vueltas. El hombre lo pensó un momento y después preguntó, con más curiosidad que nostalgia, cuántas veces creían ellos que él lo había vivido en su vida.

Nadie se animó a arriesgar un número. Él contestó con voz firme, la voz de quien ya no necesita convencer a nadie de nada: «Una sola vez. En setenta años. Pero no hay día de la semana en que no intente recordarla.»

Nadie dijo nada. No hacía falta.

Ese hombre no estaba describiendo una tragedia. Estaba describiendo una economía distinta de la felicidad, una en la que un solo instante puede alcanzar para alimentar setenta años de memoria. El éxtasis, para él, no había sido una racha ni una temporada. Había sido una visita, exactamente como decíamos antes. Pero una visita tan intensa que dejó las ventanas abiertas para siempre. Quizá ahí esté la clave que se nos escapa cuando perseguimos el éxtasis como si fuera un derecho adquirido: no se trata de cuántas veces vuelve. Se trata de cuánto dura recordándolo.

No estamos hechos para permanecer en el éxtasis

Tal vez esa sea la noticia que nadie quiere escuchar. El éxtasis no es una casa. Es una visita. Llega, desordena los muebles, abre las ventanas, tira abajo una pared y después se marcha sin pagar el alquiler. La desesperación, en cambio, tiene una habilidad mucho más doméstica: se queda. Se sienta en la cama. Come de nuestra heladera. Nos convence de que siempre estuvo ahí. Pero tampoco ella es eterna. Quizá la madurez consista menos en aprender a evitar las caídas que en comprender que ni el cielo ni el infierno son lugares donde podamos vivir para siempre. Vamos y volvemos. Nos enamoramos, perdemos, deseamos, nos decepcionamos, volvemos a desear.

Y un martes cualquiera, mientras compramos pan, alguien nos mira de una manera inesperada y durante tres segundos vuelve a ocurrir. El mundo se calla. Nos olvidamos de nosotros mismos. Y ahí, justo ahí, aparece nuevamente el éxtasis. La pregunta ya no es si volverá. Es si, cuando se vaya, tendremos algo tan verdadero como para pasarnos setenta años tratando de recordarlo.