Los chicos de ayer

Todos los días me siento a escribir esta columna para Kambio Positivo. Hay jornadas en que la inspiración aparece con facilidad y otras en que cuesta encontrar qué contar. Pero he aprendido algo con el tiempo: que el lector y la lectora entiendan el mensaje no depende de su capacidad para interpretarlo, sino de la mía para contarlo bien. La historia que sigue, muchos ya la conocen. La he contado antes, de una forma o de otra. Pero no vuelvo a ella para repetirme, sino porque cada vez que la recuerdo encuentro algo nuevo para reflexionar. Y hoy quiero invitarlos a hacer ese ejercicio conmigo.

Una vida que hoy parece imposible

¿Cómo explicarles a los chicos de hoy que, hace apenas unas décadas, muchos niños vivíamos una realidad que para ellos podría parecer ciencia ficción? No había pantallas, internet, calefacción ni habitaciones llenas de juguetes. Había frío, necesidades y casas donde la lluvia entraba por el techo. Y, sin embargo, de aquellos chicos salieron hombres y mujeres que aprendieron a trabajar, a querer, a respetar y a salir adelante. No cuento esto para decir que antes se vivía mejor. Tampoco para romantizar la pobreza. La pobreza duele y deja marcas. Pero aquella realidad existió, y merece ser contada.

El frío y la lluvia

Entonces empezó la rutina de la escuela: las madrugadas heladas y el frío que se colaba por todas partes. Era un frío tan cruel que mi abuela, como gesto de amor y supervivencia, me envolvía los pies con ladrillos calientes, cuidadosamente envueltos en trapos, para que pudiera dormir. Rezábamos juntos, con los ojos cerrados y el alma en un hilo, para que el cielo no se desplomara en lluvia. Porque cuando llovía comenzaba la danza de las ollas y las palanganas: un baile nocturno bajo el techo perforado, recogiendo las gotas que caían como si fueran penas.

La casa se convertía en una laguna triste. Y al amanecer yo salía rumbo a la escuela con los zapatos empapados y el cuerpo frágil. Entonces aparecía mi abuela María, con sus manos temblorosas y su corazón firme. Me colocaba hojas del diario La Nación bajo la camiseta y dentro de las zapatillas. Así enfrentaba el mundo.

Una infancia diferente

Sabía que otros chicos vivían de otra manera. Veía casas con jardines, ventanas luminosas, habitaciones calientes. A veces me hubiera gustado vivir en uno de aquellos chalecitos, tener sol entrando por las ventanas y un techo que no necesitara ollas cuando llovía. Pero había algo que no quería cambiar: no quería ser otro. Yo era yo. Con mis pesares y mi orgullo. Poco a poco entendí que aquella realidad de mi casa, de mi calle, de mi barrio, era solamente mía. Era diferente a la de los otros chicos, pero era mi vida y aprendí a mirarla sin rencores.

Un lápiz para escapar

Dibujar fue mi salvación. Con un lápiz en la mano era un dios modesto. Creaba personajes, superhéroes y seres que me entendían; personajes que, a diferencia de mí, podían volar por encima del techo roto. Allí estaba Sandokán, mi héroe, mi Tigre de la Malasia, trazado con devoción sobre aquel papel amarillento. Mientras afuera estaba la pobreza, en mis dibujos había aventuras, mares, selvas, héroes y libertad. Quizás esa fue mi primera manera de entender que, aunque uno no pueda elegir el mundo en el que nace, puede intentar construir otro dentro de sí.

¿Ciencia ficción?

Cuando hoy cuento estas cosas, pienso en los chicos del siglo XXI. ¿Cómo explicarles que un niño podía ir a la escuela con los zapatos mojados y papel de diario dentro de las zapatillas para combatir el frío? ¿Cómo explicarles que unos ladrillos calientes podían convertirse en una estufa? ¿Cómo explicarles que una lluvia podía provocar miedo? Tal vez les parezca una película. Tal vez piensen que es ciencia ficción. Pero no. Fue nuestra vida. Y de aquella vida también salimos.

No todos tuvimos las mismas oportunidades ni todos llegamos al mismo lugar. Pero muchos aprendimos algo que no estaba escrito en ningún libro: que la dignidad no depende de cuánto se tiene, que las dificultades no necesariamente nos convierten en malas personas y que siempre es posible intentar dar un paso más.

Lo que quedó

Mi abuela María de la Natividad, la que nació en Asturias, no tenía grandes recursos. Tenía unos ladrillos calientes. Unas hojas de diario. Una casa que se caía a pedazos. Y un nieto al que quería proteger. Hoy tenemos mucho más, y está bien que así sea. Que los chicos tengan calefacción, comida, tecnología, mejores escuelas, oportunidades y un techo que no deje entrar la lluvia es progreso.

Pero quizás también deberíamos conservar algo de aquella época: la capacidad de valorar lo que tenemos, de no avergonzarnos de nuestro origen y de mantener la dignidad cuando la vida nos pone a prueba. Yo fui aquel niño del galpón viejo, de la vinchuca que no se iba, de los zapatos mojados, del papel de diario y de los dibujos de Sandokán. Y no cambiaría mi historia. Porque aquella vida, con todos sus dolores, también me enseñó quién era. Yo era yo. Y ese orgullo, sin reproches y sin rencores, todavía me acompaña.

Y ahora, una pregunta

Quizás la verdadera pregunta no sea cómo explicarles a los chicos de hoy que nosotros vivimos así. Quizás sea otra: ¿qué cosas de aquellos chicos deberíamos enseñarles a los de hoy, antes de que también se conviertan en parte de una historia que alguien, dentro de algunas décadas, tenga que explicar?

Porque esta historia no habla solo del pasado. Hoy, en distintos rincones, sigue habiendo niños que atraviesan lo mismo: el frío, la lluvia que entra por el techo, los zapatos mojados camino a la escuela. Y muchos de nosotros, los que hoy tenemos hijos y ya no pasamos frío, corremos el riesgo de olvidarlo. De no ver lo que tenemos porque siempre lo tuvimos. De no agradecerlo porque nunca nos faltó.

No escribo esto para comparar generaciones ni para pedir gratitud a la fuerza. Lo escribo porque a veces alcanza con recordar de dónde venimos —o de dónde vienen otros, ahora mismo, mientras leemos esto— para mirar distinto lo que tenemos delante. Un techo que no gotea. Un chico con los pies secos. Una comida caliente. Eso también es algo para agradecer.

Tal vez ahí empiece otra historia.