Raulito, entre nosotros
A un año de su partida, hay músicas que no aceptan convertirse en pasado
No se trata de recordar, sino de volver a escucharlo
Hay aniversarios que llegan con la solemnidad de una fecha marcada en el calendario. Y hay otros que se parecen más a una canción que alguien vuelve a poner, casi sin darse cuenta, y de pronto transforma la habitación. Este aniversario de la partida de Raúl Barboza pertenece a esa segunda clase. Porque hablar hoy de Raulito no debería ser volver a contar su historia. Esa historia la conocemos: el niño que descubrió el acordeón, el músico que llevó el chamamé por el mundo, el artista que compartió escenarios imposibles de reunir en una misma biografía.
Todo eso está ahí, en los discos, en las fotografías, en los recuerdos.
Hoy quisiera detenerme en otra cosa: en lo que queda de un hombre cuando ya no podemos llamarlo por teléfono. Queda su manera de mirar. Quedan las conversaciones. Queda una frase dicha al pasar que, con el tiempo, adquiere otro peso. Queda esa forma tan suya de estar con los demás sin necesidad de ocupar el centro de la escena. Y queda, por encima de todo, una música que no parece haber entendido todavía que su dueño ya no está.
El hombre detrás del fuelle
A Raulito se lo puede admirar por muchas razones. Su talento era extraordinario, su trayectoria inmensa, su relación con el chamamé profunda hasta confundirse con la propia historia del género. Pero quienes tuvimos la suerte de conocerlo sabemos que había algo anterior a todo eso.
Era un gran tipo. Y decirlo así, sencillamente, quizá sea la manera más justa de recordarlo. Porque la fama suele agrandar a las personas hacia afuera y, algunas veces, las empequeñece hacia adentro. En Raulito ocurría lo contrario. Cuanto más grande se volvía su nombre, más intacta permanecía aquella humanidad cercana, despojada de vanidad, capaz de hacer sentir importante al que tenía enfrente.
Olguita estuvo allí, inseparable, acompañando ese largo viaje. Y en esa vida compartida hubo algo que tampoco debería perderse entre los homenajes: la dimensión cotidiana de Raulito. El amigo, el compañero de charla, el hombre que podía hablar de música sin convertir la conversación en una lección.
Quizás por eso su ausencia tenga una textura tan particular. No extrañamos solamente al músico. Extrañamos al hombre que estaba detrás de la música.
Lo que una ausencia nos devuelve
Un año después, descubro que recordar a Raulito no significa mirar hacia atrás. Significa prestar más atención al presente. A veces aparece en un acordeón. O en una melodía que alguien toca lejos de Corrientes. En una conversación sobre música. En una grabación que vuelve a sonar después de mucho tiempo. En ese instante en que el chamamé deja de ser un género musical y vuelve a convertirse en paisaje, en pertenencia, en memoria.
Entonces comprendemos algo sencillo: hay artistas cuya obra termina siendo más grande que su propia biografía. Raúl Barboza hizo eso. Pero hay algo más. También consiguió que muchos de nosotros fuéramos un poco mejores después de haberlo conocido. No mediante discursos, sino con el ejemplo. Con su sencillez. Con su pasión sin arrogancia. Con esa fidelidad obstinada a una música que llevó hasta los confines del mundo sin dejar que el mundo le quitara su raíz.
Por eso hoy no quiero despedirlo otra vez. Ya lo despedimos
Hoy prefiero agradecerle. Agradecerle el privilegio de haber coincidido en esta vida. Agradecerle las canciones y las conversaciones, las risas, los escenarios, los silencios. Agradecerle haber demostrado que se puede conquistar el mundo sin perder la casa. Y cuando vuelva a sonar su acordeón, no pensaré solamente en que Raulito se fue. Pensaré que hay personas que, de tanto haber dado, consiguen una forma distinta de quedarse. Dos años después, sigue ahí. No como estatua. No como recuerdo congelado.
Sino vivo, contradictorio, luminoso, respirando cada vez que alguien abre un fuelle y deja que el aire haga su trabajo. Y quizá ésa sea la mejor manera de decirlo: Raulito no está en el pasado. Está en la música.
