El miedo y las páginas que todavía no leímos
La vida quiso que terminara teniendo muchas más amigas que amigos. De hecho, alrededor del 95% de mis lectoras son mujeres. Así que esta nota no pretende faltarles el respeto —todo lo contrario—, sino abordar un tema serio con un poco de humor.
Tengo amigas —tengo muchas amigas y pocos amigos— que padecen una desgracia que la ciencia todavía no ha conseguido clasificar: portación de cara. No es que hayan hecho algo. Ese es justamente el problema. Las mirás y sentís que en cualquier momento aparece un patrullero, frenan dos agentes y preguntan:
—Señora, ¿puede explicarnos esa cara?
—¿Qué cara?
—Esa.
Y ya está. Sos sospechosa.
Hay rostros que parecen esconder un prontuario, aunque su dueña solamente haya salido a comprar pan. Una mirada seria y parece que sabe quién falsificó los documentos, dónde está enterrado el cadáver y por qué el contador dejó de contestar los mensajes. Es injusto, claro. Pero con el tiempo empecé a pensar que quizá algunas de esas caras no son de mujeres amargadas. Quizá son caras de mujeres que aprendieron a no esperar demasiado.
Porque una cosa es estar seria y otra muy distinta es haber descubierto que entusiasmarse tiene riesgos. Que confiar tiene riesgos. Que querer a alguien tiene riesgos. Que hacer planes tiene riesgos. Y entonces una aprende a caminar por la vida con cierta expresión de “a mí no me sorprende nada”. Como si llevara años entrenándose para que la vida no pudiera agarrarla desprevenida.
El problema es que, mientras una aprende a protegerse del dolor, también puede terminar protegiéndose de todo lo demás. De la sorpresa. Del entusiasmo. De las personas nuevas. De las oportunidades. Incluso de la felicidad, que tiene la pésima costumbre de presentarse sin avisar y sin garantizar cuánto tiempo piensa quedarse.
Hay cosas que duelen porque importaron
Hay una edad —o varias, porque la vida es generosa repitiéndonos las lecciones hasta que dejamos de hacernos las distraídas— en la que descubrimos que las personas no vienen con garantía de permanencia. Uno cree que algunas se quedan para siempre.
Qué palabra peligrosa: siempre. No hay escribano, contrato ni cláusula que diga: “Esta persona permanecerá a su lado durante los próximos treinta años, incluyendo crisis, mudanzas, divorcios, domingos aburridos y conversaciones que empiezan con ‘tenemos que hablar’”. Nada. Uno simplemente confía. Y confiar es aceptar un contrato cuyo texto completo no leímos.
A veces la gente se va. A veces nos vamos nosotros. A veces alguien en quien confiábamos con los ojos cerrados nos traiciona con los ojos bien abiertos. Y durante un tiempo queda un agujero. Miramos fotografías. Revisamos mensajes. Escuchamos canciones que deberían haber sido denunciadas por daño emocional. Y después ocurre algo que al principio parece una falta de respeto: la vida continúa. El supermercado abre. El colectivo pasa. Alguien se ríe en la mesa de al lado. El mundo tiene la pésima educación de no detenerse cuando a nosotros se nos rompe algo.
Y quizá eso sea terrible. O quizá sea precisamente lo que termina salvándonos.
Porque no todo el mundo vino a quedarse. Algunos llegaron para una temporada. Otros aparecieron justo cuando más los necesitábamos. Otros nos enseñaron algo que jamás habríamos querido aprender. Y algunos fueron refugio y tormenta en la misma persona, lo cual demuestra que la humanidad tiene una extraordinaria capacidad para complicar lo sencillo. Pero que una historia termine no significa que haya sido un error. Hay amistades que se rompen después de haber sido maravillosas. Hay amores que no sobrevivieron, pero que alguna vez nos salvaron de una versión más triste de nosotros mismos.
Y eso también cuenta. Una canción no fracasa porque termina. Una cena tampoco. Una película no es mala porque aparecen los créditos. Los capítulos terminan. Es, literalmente, su trabajo.
¿Qué es lo que tanto miedo nos da?
Nos da miedo la muerte. Bastante lógico, aunque estadísticamente inútil: hasta ahora nadie ha conseguido negociar una prórroga. Nos da miedo fracasar. Que nos rechacen. Que hablen de nosotros. Hacer el ridículo. Equivocarnos. Y aquí aparece una de las pequeñas tragedias cómicas de la condición humana: nos preocupamos muchísimo por personas que están demasiado ocupadas preocupándose por sí mismas.
Pensamos: “¿Habrá notado mi error?”. Probablemente sí. Durante ocho segundos. Después recordó el suyo. Nadie piensa tanto en nuestra metida de pata como nosotros. Tenemos una imaginación extraordinaria para fabricar espectadores. Creemos que existe un público permanente observando nuestra existencia, tomando nota de cada estupidez. No existe. La mayoría de la gente está intentando recordar dónde dejó las llaves. Y nosotros suponemos que lleva un archivo sobre nuestra humillación de hace tres años.
La vergüenza pasa. El fracaso pasa. Incluso esas heridas que juramos que serían eternas terminan, con el tiempo, convertidas en una historia que contamos en una sobremesa.
Y alguien pregunta:
—¿Vos hiciste eso?
Y nos reímos. Lo maravilloso es que podemos reírnos. No porque no haya dolido. Sino porque sobrevivimos. Otra vez.
La vida también hace trampa a nuestro favor
Mientras estamos ocupados evitando el dolor, también podemos estar evitando todo aquello que podría hacernos felices. Después de una pérdida puede aparecer una amistad nueva. Después de un fracaso, una puerta que ni siquiera sabíamos que existía. Después de una ruptura, una versión de nosotros que llevaba años esperando salir. El problema es que solemos quedarnos mirando la puerta cerrada. Durante meses. A veces años. Como si la puerta fuera a sentirse culpable y decidiera abrirse por remordimiento. No suele ocurrir. La vida tiene una costumbre desconcertante: romper nuestros planes para mostrarnos otros que todavía no conocíamos.
Y crecer quizá consista en dejar de exigirle a la vida que respete exactamente el guion que escribimos cuando todavía no sabíamos nada. Aquel guion fue escrito con miedo, ingenuidad y una cantidad preocupante de opiniones ajenas. Firmamos el contrato sin leer la letra chica. Como todos.
El miedo tiene pésima imaginación
Nos pasamos la vida preguntando: “¿Y si sale mal?”. “¿Y si me rechazan?”. “¿Y si no puedo?”. “¿Y si me abandonan?”. Pero rara vez preguntamos: “¿Y si sale bien?” Qué pregunta tan peligrosa. Somos capaces de inventar veinte tragedias antes del desayuno, pero nos da vergüenza imaginar felicidad. El miedo nos convence de que sufrir por adelantado es una forma de prevención. No lo es. Si la tragedia llega, no descuenta lo que sufrimos anticipadamente. Y si no llega, perdimos el tiempo.
El miedo no siempre nos protege de la vida. A veces simplemente nos impide vivirla. Y quizá eso sea lo que hay detrás de tantas caras serias. No necesariamente amargura. A veces cansancio. A veces decepción. A veces una mujer que lleva tanto tiempo preparándose para que algo salga mal que ya olvidó cómo se siente esperar que algo salga bien.
El libro sigue abierto
Tal vez hoy estés terminando un capítulo que jamás quisiste cerrar. Tal vez alguien se fue. Tal vez alguien te decepcionó. Tal vez fuiste vos quien tuvo que irse. Tal vez estás cansada de esperar una llamada, una explicación o una señal. Pero hay algo que todavía no sabemos. Y ese no saber, que tanto nos angustia, puede ser la mejor noticia que tenemos.
No sabemos a quién vamos a conocer mañana. No sabemos qué conversación puede cambiarnos el rumbo. No sabemos qué fracaso terminará empujándonos hacia un lugar mejor. No sabemos quién se quedará. Tampoco sabemos quiénes seremos nosotros dentro de unos años. Quizá más tranquilos. Más valientes. Más sabios. O simplemente mejores expertos en disimular que seguimos sin entender absolutamente nada. Y está bien. Morir lo sabe hacer todo el mundo. No hace falta practicar. No hay examen. Todos aprueban.
Vivir es bastante más difícil.
Porque vivir exige exponerse. Amar exige exponerse. Confiar exige exponerse. Empezar de nuevo exige exponerse. Y ahí aparece el miedo, sentado en primera fila, con cara de funcionario:
—No lo hagas.
—¿Por qué?
—Porque puede salir mal.
—¿Y si sale bien?
Ahí el miedo se queda sin argumentos. Por eso quizá no convenga tenerle tanto miedo a lo que termina. Hay que llorarlo, sí. Recordarlo. Agradecerlo. Y después cerrar la puerta. No porque no haya importado. Precisamente porque importó. Mientras nosotros seguimos mirando la página anterior, la vida ya está escribiendo otra. Y tiene una costumbre bastante insolente: no nos deja leerla antes de vivirla.
La página que sigue está en blanco. No sabemos qué dice. No sabemos quién aparece. No sabemos qué perderemos ni qué encontraremos. Pero sigue ahí. Esperándonos. Así que respiremos. Acomodemos la cara —especialmente las que padecen portación de cara— y sigamos. No hace falta sonreír todo el tiempo. Solo hace falta no vivir como si ya supiéramos cómo termina. Porque la vida todavía no terminó de escribirnos. Y quizá eso sea lo más inquietante. O lo más hermoso. Que todavía no sepamos qué viene.
