40 años de soledad

Una mujer que se pasó la vida llegando a tiempo para los demás

Una lectora de Kambio Positivo me hizo una pregunta que no supe responder con autoridad propia, así que hice lo único honesto: fui a buscar qué dicen las que saben:  Marcela Lagarde y Anna Freixas, cada una a su manera, repiten una idea que atraviesa buena parte de lo escrito sobre las mujeres: cuidar, acompañar y estar para los demás no debería significar desaparecer de la propia vida.

Marcela y Anna, saben y reflexionan para ayudar:

Hay mujeres que un día descubren algo extraño

Tienen hijos, tienen nietos, tienen una madre que envejece y necesita cuidados. Tienen una casa, medicamentos, turnos, compras, cumpleaños, médicos, y una memoria prodigiosa para recordar lo que todos los demás olvidan. Y, sin embargo, cuando alguien les pregunta «¿y tú qué quieres?», se quedan pensando. No porque no quieran nada. Quizá porque llevan tantos años contestando primero qué necesitan los demás que se les olvidó dónde habían guardado su propia respuesta.

Esta mujer vive en Madrid, pero podría vivir en cualquier parte. Es separada, madre, abuela, y todavía hija que cuida a su madre. Está cansada. No de amar: cansada de que el amor le exija siempre dejarse para después.

Por eso quizá no necesite una gran revolución. Quizá necesite diez pequeñas.

  • Salir de casa sin ningún motivo. Un martes cualquiera, ponerse los zapatos y salir sin médico, sin supermercado, sin acompañar a nadie. Caminar, entrar a una cafetería, pedir un café, mirar pasar Madrid por la ventana. Para quien está acostumbrada a que cada salida tenga una finalidad, esto puede ser casi una declaración de independencia: hoy no salgo porque haga falta algo, salgo porque me apetece.
  • Comprarse algo completamente inútil. No para la casa, no para los nietos, no porque «hiciera falta». Un perfume, un libro, un vestido que probablemente no necesita. Lo que importa no es el objeto, sino poder decir «me gusta» y después «me lo compro», sin consultarlo con nadie.
  • Reservarse una tarde a la semana. Como si fuera una cita médica, solo que la paciente es ella. Leer, caminar, dormir, aburrirse incluso. El aburrimiento, a cierta edad, puede volverse un lujo, porque durante esas horas nadie la necesita, y eso también es una forma de descanso.
  • Hacer eso que lleva treinta años posponiendo. Pintar, bailar, estudiar italiano, hacer cerámica, escribir, volver a estudiar. No tiene que servir para nada, y precisamente por eso puede servir para mucho. Si alguien pregunta para qué, la respuesta «para nada» es una de las más libres que existen.
  • Conseguirse una amiga con la que esté prohibido hablar de problemas. Una hora sin enfermedades, sin hijos, sin médicos, sin exmaridos. Solo películas, hombres, viajes, tonterías. Porque una mujer no puede vivir siendo eternamente el servicio técnico de su familia; también necesita conversaciones que no produzcan ninguna solución.
  • Hacer un pequeño viaje sola. No hace falta empezar por París: un tren, una ciudad cercana, una mañana afuera. Descubrir que estar sola no es lo mismo que estar abandonada. La soledad impuesta duele; la elegida puede ser una habitación con la puerta cerrada, donde por un rato nadie entra a pedir nada.
  • Dejar de ser automáticamente la abuela disponible. Querer a los nietos no obliga a estar siempre disponible. «Hoy no puedo, tengo otros planes» —y esos planes pueden ser el cine, una siesta, o simplemente quedarse mirando por la ventana. No hace falta inventar excusas. Quizá lo que está aprendiendo, después de media vida cuidando, sea una palabra que nunca le enseñaron del todo: límite.
  • Volver a habitar su propio cuerpo. Caminar, nadar, bailar, arreglarse, ponerse ese vestido guardado en el armario. No para parecer más joven ni para gustarle a nadie: para recordar que ese cuerpo no existe solamente para cargar bolsas y levantarse de madrugada. Es suyo, y puede recuperar también su sensualidad si le apetece —el deseo no tiene fecha de jubilación—, o puede no interesarle en absoluto. La libertad también es poder decir «no quiero», siempre que la respuesta sea propia
  • Tener una conversación incómoda con sus hijos. Aquí es donde la familia empieza a sospechar que algo cambió. «Mamá, ¿puedes venir?» «Hoy no.» «¿Y mañana?» «Tampoco, tengo planes.» Puede que alguien se ofenda, puede aparecer esa palabra —egoísta— que tantas mujeres conocen de memoria. Pero hay una diferencia entre abandonar a los demás y dejar de abandonarse a una misma. Sigue siendo madre, abuela, hija; ya no tiene por qué estar disponible las veinticuatro horas, porque cuidar no debería exigir desaparecer
  • Y finalmente, animarse a vivir el presente. El más difícil, y quizá el más bonito. Después de tantos años de obligaciones aparece una pregunta con algo de vértigo: ¿y si ahora también me permito vivir? No mañana, no cuando todo esté resuelto: ahora. Puede empezar por algo tan simple como aceptar una invitación, vestirse para alguien, volver a sentir mariposas, coquetear, dejarse mirar. Y sí, animarse incluso a una relación de pareja, pero sin convertirla de inmediato en un proyecto de vida: sin mudanzas, sin cuentas conjuntas, sin promesas eternas, sin volver a cargar con la felicidad de otro. Una compañía con quien reír, viajar unos días, hablar de cosas que no tengan nada que ver con médicos ni nietos. Si funciona, disfrutarlo; si no, agradecer lo vivido y seguir. Quizá a esta altura no necesite que alguien venga a completarla. Quizá solo necesite alguien con quien caminar un rato.

Vivir el aquí y ahora

Tal vez ese sea el verdadero aprendizaje: no recuperar la juventud, no empezar de cero, sino dejar de aplazar la propia vida. El futuro tiene una mala costumbre: nunca firma contratos. Siempre parece que habrá tiempo —para viajar, para enamorarse, para decir que no, para decir que sí— hasta que un día descubrimos que el tiempo no estaba esperando. Estaba pasando.

Por eso quizá esta mujer no necesite preguntarse qué hará con el resto de su vida. Es una pregunta demasiado grande. Podría preguntarse algo más pequeño, más urgente: ¿qué quiero hacer mañana que sea solamente para mí? Y quizá la respuesta, después de tantos años, no sea extraordinaria. Quizá sea apenas un café, una película, un tren, un vestido, una amiga, un beso, o una puerta que todavía no se animaba a abrir.

Y entonces, quién sabe. Quizá al otro lado no haya una nueva vida. Quizá haya algo mucho más interesante: la vida que siempre estuvo ahí, esperando que ella volviera.