Dos pobrezas
La idea equivocada
Una vez, llegué a España con la idea equivocada de que la pobreza aquí sería un concepto limpio, casi técnico, una cifra ordenada en informes de organismos internacionales. Pero antes de eso, hace ya algunos años, había recorrido el norte argentino. Había pisado el polvo áspero de pueblos donde la tierra se cuartea como una herida vieja y donde la palabra «futuro» suena a broma de mal gusto. Sé que desde entonces esos lugares empeoraron. No porque tenga datos frescos, sino porque ese tipo de lugares siempre empeoran. La inercia del abandono va para un solo lado.
Pensé que sabría reconocer la pobreza en cualquier parte. Me equivoqué.
Donde la pobreza no necesita explicación
En Añatuya, una localidad perdida en la provincia argentina de Santiago del Estero, la pobreza no necesita explicación. Se ve. Se huele. Se pega a la piel como el calor de enero. Es el agua que no llega, el plato que no alcanza, el silencio de las noches sin luz eléctrica. Es una pobreza que no admite metáforas porque la realidad ya es más directa que cualquier intento de literatura. Allí, la vida se sostiene con lo mínimo, como si cada día fuera una negociación frágil con el hambre. Quien se enferma grave, se muere. Así de sencillo y así de brutal.
Hoy, me dicen, es peor. Lo creo sin necesidad de comprobarlo.
La distancia dentro del mismo país
Mientras recorría el norte argentino, pensaba en Buenos Aires. En sus bares llenos hasta la medianoche, en sus librerías que permanecen abiertas hasta tarde, en la velocidad de Palermo o San Telmo donde la vida parece suceder a una temperatura diferente. Rosario con su costanera y su aire de ciudad que sabe lo que quiere. Córdoba con sus universidades y esa energía particular de quien se cree el centro del país.
Entre esas ciudades y Añatuya hay algo más que kilómetros: hay un sistema de dos velocidades que comparte nombre —Argentina— pero no mucho más. En Buenos Aires, la pobreza también existe, claro. Hay villas, hay exclusión, hay hambre. Pero el Estado tiene presencia. Hay hospitales, hay escuelas, hay transporte. Hay algo a lo que asirse. En el norte profundo, no. Allí el Estado es una abstracción lejana, cuando no directamente cómplice del abandono. La diferencia no es solo económica: es de ciudadanía. De a quiénes se consideran parte del proyecto colectivo y a quiénes se deja fuera del plano, como si fueran un detalle menor del mapa.
El territorio del abandono
En El Impenetrable, una región del norte argentino, en la provincia del Chaco, el nombre ya es una advertencia. No es solo una geografía: es una forma de abandono con nombre propio. Caminé horas bajo un sol sin misericordia, siguiendo huellas que no llevaban a ninguna parte. Las casas eran estructuras provisionales, como si quienes las habitaban no terminaran de creer que ese lugar fuera definitivo. Como si estuvieran de paso en su propia vida. La pobreza allí es estructural, pero también es íntima. No es solo la falta de recursos. Es la certeza de que nadie vendrá. Esa certeza, con el tiempo, no desaparece: se hereda.
El susurro europeo
Con ese equipaje de imágenes llegué a España. Y, sin embargo, aquí la pobreza no grita. Susurra. En las afueras de algunas ciudades, lejos de las postales turísticas, encontré barrios donde la precariedad se esconde detrás de fachadas desgastadas. No hay polvo infinito ni horizontes vacíos. Hay edificios, supermercados, transporte público. Hay luz, agua, hospitales. Y, aun así, algo falla. Algo que no aparece en las fotos pero que uno siente en la conversación, en la manera en que la gente habla del mes que viene.
El mismo país, otra vez
Antes de conocer las periferias de las ciudades españolas, alguien me habló de Soria. Después, de pueblos en Zamora, en Teruel, en Cuenca. La España vaciada: ese término que mezcla estadística y elegía, y que nombra lo que pasa cuando el campo se vacía para que las ciudades crezcan.
Madrid, Barcelona, Valencia concentran oportunidades, servicios, decisiones. Son ciudades que funcionan, con toda la tensión que eso implica, ritmo implacable, la sensación de que hay que correr para quedarse en el mismo lugar. Pero funcionan. Tienen masa crítica. A pocos cientos de kilómetros, hay municipios donde el médico viene dos veces por semana, donde el autobús pasa cuando pasa, donde los jóvenes se van y los mayores se quedan solos con la certeza de que nadie volverá a abrir la panadería que cerró. No es la pobreza extrema del norte argentino. Pero es otra forma de olvido: más silenciosa, con mejor infraestructura, pero igualmente estructural.
La diferencia entre Madrid y esos pueblos no es solo de renta. Es de futuro percibido. De a quién le hablan los políticos cuando dicen «España». De dónde se construyen las autopistas y dónde se cierran las líneas de tren. En el fondo, el patrón se repite a uno y otro lado del Atlántico: las grandes ciudades absorben recursos, talento y atención. Y los márgenes —geográficos, económicos, simbólicos— quedan como fondo de paisaje, visibles solo cuando hay elecciones o cuando la queja se vuelve suficientemente ruidosa.
La pobreza que no se ve
La pobreza en España no siempre es la ausencia de lo básico, sino la insuficiencia constante. Es una heladera que no está vacía pero tampoco llena. Es elegir entre pagar la calefacción o comprarles ropa nueva a los chicos. Es trabajar y seguir siendo pobre. Una contradicción que no encaja en los relatos simples. Hablé con una mujer en un barrio periférico. Tenía empleo, casa, hijos escolarizados. Y sin embargo vivía al borde de algo que no sabía nombrar. «No me falta nada esencial», me dijo, «pero tampoco me alcanza para vivir tranquila.» Su pobreza no era visible en una fotografía. No tenía el dramatismo que exigen las portadas. Pero estaba ahí, persistente, erosionando cada decisión cotidiana como el agua sobre la piedra.
Dos medidas, dos mundos
Lo que en Argentina sería un alivio —tener acceso a servicios básicos, a educación pública, a sanidad— aquí no basta para salir de la categoría de «pobre». Porque la medida es otra. La comparación es otra. La pobreza aquí es relativa, y esa relatividad la vuelve más compleja, más difícil de narrar sin caer en malentendidos. No se trata de decir que una pobreza es más real que otra. Sería un error y también una injusticia. Pero sí es evidente que no son la misma experiencia. En Añatuya, la urgencia es sobrevivir. En España, muchas veces, la urgencia es no quedarse atrás. En El Impenetrable, la pobreza es un límite físico. En Europa, puede ser una barrera invisible que separa a quienes participan plenamente de la sociedad de quienes apenas logran mantenerse dentro.
Lo que cada sociedad acepta
Hay algo que me inquietó en España: la pobreza aquí convive con la abundancia de manera muy visible. No está aislada en territorios remotos ni escondida en geografías olvidadas. Está cerca. A veces a una calle de distancia, a veces en el mismo edificio. Esa proximidad la hace incómoda. Difícil de ignorar, pero también fácil de relativizar. Porque siempre hay alguien que está peor en otro lugar del mundo. Y esa comparación, aunque cierta, puede convertirse en una forma de anestesia moral. Una manera elegante de no mirar.
Cierre abierto
Al final, lo que queda no es una conclusión sino una incomodidad que no termina de acomodarse. Quizás la verdadera pregunta no sea cuántos tipos de pobreza existen, ni dónde duele más, sino qué estamos dispuestos a mirar sin apartar la vista. Qué historias elegimos contar y cuáles dejamos fuera, no por falta de espacio, sino por incomodidad.
Porque en ambos mundos —el del polvo que se mete en los pulmones y el de las facturas que nunca cierran— hay algo en común: una frontera frágil, casi invisible, que separa la estabilidad de la caída. Y tal vez lo más inquietante no sea esa frontera en sí, sino lo fácil que resulta acostumbrarse a vivir demasiado cerca de ella, sin preguntarse cuánto falta para cruzarla.
