El ruido de afuera, el silencio de adentro
Reflexiónes sobre cómo cuidarse del bombardeo de malas noticias
Hace unos días, Eva y Juana me invitaron a almorzar. La comida, espectacular; la compañía y la tertulia, fantásticas. En algún momento, Eva insistió en que opinara sobre el momento político, particular y general. Le dije que el tema era muy complejo, y que por eso trato, cada día, de leer solo lo necesario para no contaminar el espíritu. Sentí, sin embargo, que le debía una ampliación a esa respuesta tan breve. Hoy se la envío. No son respuestas. Son reflexiones.
Cualquiera que prenda el teléfono por la mañana se encuentra con lo mismo:
Guerras en distintos puntos del planeta, un atentado, una nueva denuncia de corrupción, un dirigente que promete lo que sabe que no va a cumplir. Y si apaga el teléfono y mira alrededor, tampoco encuentra demasiado alivio: en su país, en su provincia, en su barrio, las mismas historias se repiten con otros nombres.
Política que decepciona, inseguridad que asusta, «salvadores» que aparecen cada tanto ofreciendo certezas fáciles para problemas que no las tienen. Hay días en que parece no haber adónde mirar para descansar los ojos. Y entonces surge una pregunta que mucha gente se hace, aunque no siempre en voz alta: ¿hay alguna forma de no dejarse arrastrar por todo esto? ¿Se puede seguir informado sin que la angustia se instale como inquilina permanente?
Cuando todo entra y nada se filtra
Una parte del problema es que se deja entrar todo sin filtro.
Cada noticia mala se suma a la anterior, hasta que el mundo entero parece una sola catástrofe continua. No se distingue entre lo que a cada uno le toca de cerca y lo que escapa completamente de sus manos. Todo pesa igual. Y ahí empieza el agotamiento, no porque el mundo haya empeorado de un día para el otro, sino porque se dejó de poner límites a lo que se deja entrar.
Frente a esto, la salida no parece ser dejar de informarse —eso también sería un engaño—, sino informarse de otra manera. Elegir cuándo, elegir cuánto, y, sobre todo, elegir qué se hace después con lo que se leyó. Distintas voces, desde distintos lugares, vienen insistiendo hace tiempo en variaciones de esta misma idea.
Escuchar menos afuera, más adentro: Pablo D’Ors
El escritor y sacerdote español Pablo D’Ors, vivo y activo hoy en su tarea de difundir la meditación, sostiene una idea que resulta incómoda al principio: hay que escuchar menos lo que viene de afuera y prestar más atención a lo que pasa adentro. No se trata de negar la realidad, sino de no dejar que lo externo ocupe todo el espacio que debería tener la vida interior: los pensamientos propios, los vínculos, lo que cada uno puede construir con sus manos y su tiempo.
Si el día se llena por completo con el desastre ajeno, no queda lugar para preguntarse cómo está uno mismo, ni para cuidar a quienes tiene cerca.
La disciplina de la calma: Ramiro Calle
En una línea parecida, aunque desde la práctica más que desde la idea, aparece el pensador y yogui español Ramiro Calle, también vivo, con décadas de trayectoria enseñando meditación en España.
Calle insiste en que la mente necesita entrenamiento diario, como un músculo, para no quedar a merced de cualquier estímulo que llegue de afuera. Su consejo es concreto: dedicar unos minutos cada día al silencio, a la respiración consciente, a observar los propios pensamientos sin quedar atrapado en ellos. Sostiene que una mente dispersa es una mente vulnerable, mientras que una mente entrenada puede recibir la misma información sin quebrarse, porque tiene un centro al que volver.
La calma, para Calle, no es algo que simplemente sucede: es algo que se cultiva con disciplina, casi como un oficio.
La compasión como respuesta: la mirada budista
Desde una tradición más antigua, el budismo zen ofrece una perspectiva complementaria, presente también en España a través de maestros como Dokushô Villalba, fundador del primer monasterio budista zen del país.
La propuesta zen no es evadir el sufrimiento del mundo, sino observarlo sin identificarse completamente con él: ver la noticia, sentir lo que provoca, y dejarla pasar sin aferrarse. Esa distancia breve, ese instante de observación antes de reaccionar, es lo que en la práctica zen se entrena a través de la meditación sentada. No es indiferencia; es, más bien, la posibilidad de responder desde un lugar más sereno en lugar de reaccionar automáticamente desde el miedo.
La esperanza como acto de fe: el papa Francisco
Desde otro lugar, el catolicismo aportó durante años una voz que insistía en algo similar. El papa Francisco, fallecido en 2025, repitió en distintas ocasiones la idea de que había que «hacer lío», pero también organizar y construir; una invitación a no quedarse paralizado por el pesimismo, sino a transformar la inquietud en acción concreta y esperanzada.
Su mensaje, sostenido durante todo su papado, apuntaba a que la fe en un futuro mejor no era ingenuidad, sino una forma de sostener el compromiso con el prójimo, especialmente con los más vulnerables. Aunque ya no esté, esa idea sigue circulando como un consejo válido: la esperanza no reemplaza la acción, la impulsa.
El humor como refugio: Alejandro Dolina
Y hay, finalmente, una voz que aborda el tema desde un lugar menos esperado: el humor. El escritor, filósofo y periodista argentino Alejandro Dolina suele sugerir, entre relatos y digresiones, que la desmesura del mundo se soporta mejor cuando se la mira con un poco de ironía. No se trata de reírse de la tragedia ajena, sino de no perder, en medio del desastre informativo, la capacidad de asombro y hasta de gracia frente a lo absurdo. Dolina ha construido buena parte de su obra alrededor de la idea de que la belleza, el relato y el humor son formas legítimas de resistencia frente a un mundo que insiste en mostrarse hostil.
Reírse, en este sentido, no es escapar: es una manera de seguir de pie.
Cuando la mente entiende lo que le pasa: la mirada del psicólogo
Desde la psicología, Gabriel Rolón viene señalando desde hace años algo que conecta todas estas voces: no se trata de negar el miedo frente a una amenaza real —eso sería negar lo evidente—, sino de desarrollar un equilibrio saludable entre la ansiedad necesaria y la capacidad de imaginar días mejores. Rolón sostiene que este equilibrio no es solo deseable, sino necesario: quienes logran sostener la idea de un futuro posible toleran mejor las incomodidades del presente, se cuidan con más constancia y, sobre todo, se involucran más con el cuidado de los demás.
Quienes solo esperan lo peor, en cambio, tienden a resignarse antes y a abandonar tanto el cuidado propio como el ajeno.
Un mismo consejo, dicho de distintas maneras
Lo notable es que estas seis voces, tan distintas entre sí, terminan diciendo variaciones de lo mismo: el mundo va a seguir mostrando su costado más oscuro, y no hay forma de evitarlo del todo. Pero la manera en que cada persona se posiciona frente a esa realidad —cuánto la deja entrar, cuánto espacio le da a la vida interior, cuánta disciplina le dedica a la calma, cuánta esperanza sostiene, cuánto humor conserva— sí está, en buena medida, en sus manos.
Ninguna de estas prácticas cambia el mundo de un día para el otro. Las guerras van a seguir, la corrupción también, y seguramente van a aparecer nuevos profetas prometiendo salvación fácil. Pero quizás el mundo no dependa únicamente de mirar para otro lado o de saturarse de malas noticias. Quizás dependa, también, de cuánto espacio interior le queda a cada uno para seguir siendo una persona que piensa, que elige y que, a pesar de todo, puede tender una mano.
La pregunta que queda, entonces, no es cómo dejar de sentir lo que pasa afuera, sino qué lugar se le da, cada día, a lo que pasa adentro.
