El “Registro Civil” de Villa Ballester

Antes de empezar

En esta nota van a aparecer palabras como laburo, guita, fiaca, chamuyar o papusa. Son lunfardo.

El lunfardo es el habla popular de Buenos Aires y sus alrededores. Nació a fines del siglo XIX en los conventillos, los barrios y el puerto, donde el castellano criollo se mezcló con el italiano, los dialectos de los inmigrantes y la jerga de los bajos fondos. Empezó como palabra prohibida, pero el tango lo subió a los escenarios y a las letras, y de ahí pasó a la calle, a la cocina y a la mesa familiar. 

Hoy mucha gente lo usa todos los días sin darse cuenta. Para escribir estas páginas recurrí a mi diccionario, el de José Gobello, uno de los grandes estudiosos del lunfardo. Lo abrí tantas veces que ya casi no hacía falta. Al final del texto encontrarán un pequeño glosario, por si alguna palabra los deja en orsai.

Los bailes del Club Deportivo San Andrés* en los años 50

Estamos en la década del 50. Villa Ballester todavía es barrio de los de antes. La gente se saluda por el nombre y para saber de quién sos hijo no hace falta preguntar, porque ya lo manyó hasta el del almacén. Y en medio del barrio, el Club Deportivo San Andrés. De día, una cosa. De noche, otra.

Cien metros de casa

Yo lo conocí de pibe. Vivía con mi abuela a menos de cien metros, y el Deportivo era como una pieza más de la casa, la más grande y la más ruidosa. Iba y junaba todo: básquet, tenis, bochas, gimnasio y una pileta olímpica. Estuve el día de la inauguración. Claro que entonces no lo sabía. Para un pebete, una pileta olímpica recién estrenada es un mar chiquito con azulejos. Uno nunca sabe cuándo está viviendo lo que después será recuerdo.

De día, el club era pelotas que picaban, raquetas, pibes corriendo y bochas rodando con seriedad de misa. Pero los sábados a la noche se vestía de fiesta: trajes, corbatas, vestidos, peinados con gomina y las grandes orquestas. Al Deportivo no se iba solo a transpirar. También se iba al bailongo.

Para salir, había que prepararse

Hoy alguien manda un mensaje:

—¿Salimos?

Y en cinco minutos, todo resuelto. En los cincuenta, ni soñarlo. Después de la semana de laburo, el muchacho se bañaba, se peinaba, se ponía camisa, traje y corbata, y lustraba los zapatos hasta verse la cara. Con la guita justa en el bolsillo y ni rastro de fiaca, porque sábado de baile era sábado de baile. Y desde la cocina llegaba la recomendación que resumía todas:

—Portate bien.

Ellas, empilchadas de lo mejor, tampoco iban solas. Alguna con aires de shusheta, alguna que era la más papusa del salón. Las acompañaba la vieja, o una hermana mayor, o una tía, que hacía de compañía, consejera y botón. Porque una cosa era ir a bailar y otra que alguien pensara vaya a saber qué. Y a la vuelta, temprano. No existía el “después te aviso”. La vieja no necesitaba celular para saber cuándo era tarde. Tenía reloj. Y tenía imaginación.

Un mundo entero

El club había nacido en 1927 y creció con Villa Ballester hasta ser una institución de la vida deportiva y social de la zona. Las historias locales recuerdan sus deportes y sus bailes, con grandes Carnavales de orquesta y concurrencia numerosa. Un club no era solo un lugar para hacer deporte. Ahí pasaba la vida. El mismo salón que de día olía a zapatillas, de noche era pista iluminada con decenas de parejas girando. Dos vidas, y las dos del barrio.

Cuando mandaba el tango

En los cincuenta, el tango era el rey. Y no solo música, era una manera de comportarse. Había que llevar bien a la pareja, respetar la ronda, no atropellar, no hacer de la pista un lucimiento personal. Nada de firulete fuera de lugar. Nunca faltaba el bacán que quería farolear con un paso nuevo, y ahí aparecía la autoridad: los inspectores de pista. No es exageración de las abuelas. Los testimonios sobre las antiguas milongas porteñas los recuerdan cuidando la circulación de las parejas y llamando la atención al que cortaba la ronda.

Imaginen la escena. La orquesta sonando, las parejas girando, el pibe tratando de no pisar a su pebeta. Y de pronto:

—Señor, circule.
—Pero si estoy bailando.
—Precisamente.

Hasta para bailar había tránsito.

Y también había un código moral

Los bailes eran de los pocos lugares donde los jóvenes podían encontrarse bajo la mirada de la comunidad. Había una manera de invitar, una forma de comportarse, una distancia que no convenía cruzar. La vieja en un rincón, la hermana con ojo clínico, y al otro día el barrio entero chusmeando quién había bailado con quién. Privacidad, minga.

Pero había paciencia. Para conocer a alguien había que volver el sábado, pedir otro baile, chamuyar un ratito, volver a verse. No había mensajes instantáneos ni aplicaciones para cambiar de candidata con un dedo. Si ella decía que sí, a aprovechar. Y si decía que no, a tener dignidad, y sentarse.

“¿Bailamos?”

Pedir un baile costaba más coraje que muchas decisiones importantes. Elegir a la mina, encarar, preguntar y esperar. Un no era un no. No había otra a cinco segundos ni teléfono donde esconderse. Había que volver a la mesa haciéndose el canchero, con la mufa por dentro y las orejas coloradas. Y a ellas, si nadie las sacaba, les tocaba planchar toda la noche, con la vieja al lado tomando nota.

Cuatro pasos hasta la mina
que parecían cuatro cuadras;
el corazón a las patadas
y la lengua hecha una piedra.

Pero si decía que sí, empezaba otra historia. Había que saber bailar, porque bailar mal podía arruinar la ocasión. Un buen tango traía una segunda pieza, la segunda pieza una charla, la charla el sábado siguiente. Después, el noviazgo. Y después… bueno, después aparecía el famoso Registro Civil.

¿Por qué el “Registro Civil”?

El apodo se usaba en distintos clubes y salones argentinos donde se armaban tantas parejas que el nombre era inevitable. Y forma parte de la tradición oral del Deportivo San Andrés.

En mi familia tiene prueba concreta. Mi tía Sara conoció ahí a Andrés, y se casaron. No sabemos qué tango sonaba. No sabemos quién se animó primero, ni si Andrés estuvo media hora juntando coraje. Pero sabemos el resultado: dos jóvenes fueron a bailar, se conocieron y formaron una familia. Para Sara y Andrés, el Registro Civil funcionó de maravillas.

No todo era tango

Aunque el tango mandaba, la música estaba cambiando. Los jóvenes miraban hacia ritmos nuevos, y la llamada música moderna ganaba terreno, anunciando las grandes transformaciones que vendrían. En el salón convivían dos épocas: la de las grandes orquestas, los trajes y los códigos de siempre, y la de los pibes que empezaban a pedir algo distinto. Como siempre. Cada generación tiene su pequeña revolución. Empieza por la música, sigue por la ropa, después cambian los bailes y al final cambia la manera de vivir.

Yo estaba ahí

Mientras todo eso pasaba, yo estaba a menos de cien metros. Miraba las canchas, miraba la gente. Vi inaugurar la pileta. Y seguramente vi pasar a muchos de aquellos jóvenes de punta en blanco, sin imaginar qué historias estaban por empezar. Yo tampoco.

No sabía que estaba viendo una época que un día se iría. No sabía que los grandes bailes quedarían en el recuerdo ni que la manera de conocerse cambiaría para siempre. Y menos sabía que, muchos años después, pensaría en la tía Sara y en Andrés y entendería que el club había sido para ellos algo más que un lugar donde pasar una noche.

Había sido el comienzo de una historia.

Los clubes también guardan historias

Hay una historia oficial, de fechas, campeonatos, obras, presidentes y fotografías. Pero hay otra, la que no figura en las actas. La del pibe que hizo amigos, la del que ganó un partido, la de la familia que iba todos los domingos, la del vestido que una mujer todavía recuerda, la del muchacho que juntó coraje y preguntó:

—¿Bailamos?

Esa historia no queda escrita. Queda en las familias. Y quizás sea la más importante.

¿Cuántos Sara y Andrés habrá habido?

Imposible saberlo. Quizás cientos. Tal vez todavía haya parejas de Villa Ballester que puedan decir:

—Nosotros también nos conocimos en el Deportivo.

Quizás alguien guarde una fotografía, una entrada, un programa, una vieja libreta con un nombre que parecía olvidado. Porque la memoria es así. Olvida las fechas, pero conserva las canciones, olvida las conversaciones, pero recuerda una mirada, olvida cómo empezó todo, pero recuerda que empezó.

Cuando vuelvo a aquellos años veo el club a cien metros de la casa de mi abuela: las canchas, la pileta recién estrenada, la gente. Y cuando cae la noche, casi puedo verlo de nuevo. Los hombres de traje, las mujeres elegantes, las viejas vigilando, las orquestas afinando y los muchachos esperando que alguien dijera que sí.

Vendrían otros tiempos, otras músicas, otras formas de conocerse. Pero tal vez el verdadero Registro Civil del Club Deportivo San Andrés nunca estuvo en una oficina. Estaba en la pista.

Y quién sabe cuántas historias empezaron allí con una pregunta tan sencilla como peligrosa:

—¿Bailamos?

*San Andrés, partido de San Martin, provincia de Buenos Aires, argentina

Glosario

  • Bacán: hombre elegante o de buena posición; también el que se las da de tal.
  • Bailongo: baile, fiesta bailable.
  • Botón: vigilante; el que controla y anda con el cuento.
  • Canchero: seguro de sí, con desenvoltura.
  • Chamuyar: hablar con labia, sobre todo para conquistar.
  • Chusmear: curiosear y comentar la vida ajena.
  • De punta en blanco: impecable, vestido con toda elegancia.
  • Empilchado/a: bien vestido/a. Pilcha es la ropa.
  • Encarar: acercarse a alguien con intención de conquista.
  • Farolear: presumir, alardear.
  • Fiaca: pereza, desgano.
  • Firulete: adorno o floreo; en el baile, el paso de más.
  • Guita: dinero.
  • Junar: mirar, observar con atención.
  • Laburo: trabajo.
  • Manyar: darse cuenta, entender.
  • Mina: mujer, muchacha.
  • Minga: nada, de ningún modo.
  • Mufa: mal humor, mala racha.
  • Papusa: mujer muy linda.
  • Pebete / pebeta: chico / chica.
  • Pibe / piba: chico / chica.
  • Planchar: quedarse sentada sin que la saquen a bailar.
  • Shusheta: elegante, con algo de exceso o presunción.
  • Vieja: madre.