Vinos españoles sí, pero no cualquiera: lo que me explicó un experto
Tomo una copa o dos de vino, casi siempre sabiendo que no me va a sentar bien
Y aun así lo hago, porque el placer de una buena copa compensa —o eso me digo— el peaje del día siguiente. De mi vida en Argentina guardo un recuerdo muy concreto: el tinto de cepa Malbec, potente y aterciopelado, y el blanco de cepa Torrontés, tan aromático que parecía que olía a flores antes de probarlo. Me encantaban los dos, y curiosamente ninguno me dejaba tan mal como algunos vinos españoles. Sin ofender a nadie.
Cuando hablé de esto con mi amigo Federico
Sumiller especializado en vinos españoles, le pregunté también por esos dos vinos argentinos, y su explicación encaja bastante bien con todo lo que sigue. El Malbec de Mendoza es una uva de piel gruesa, así que en teoría debería dar vinos muy taninosos, pero el clima de altitud de la región —días de mucho sol y noches frías— suele darle un tanino más suave y redondeado del que tiene, por ejemplo, un cabernet Sauvignon. Eso, sumado a que buena parte del Malbec que se bebe habitualmente no pasa años en barrica, explica en parte por qué me sentaba mejor que otros tintos.
El Torrontés, por su parte, es una uva blanca que casi nunca ve madera, así que descarta ya buena parte del problema de los taninos y los congéneres. Tiene, eso sí, una acidez alta y marcada, lo cual tiene su propia lógica dentro de lo que me explicó Federico sobre el alcohol y el esófago, pero al menos el mecanismo de la histamina —el que más dolor de cabeza me daba con los tintos— prácticamente no entraba en juego.
Antes de entrar en materia
Una advertencia que conviene dejar clara desde el principio: nada de esto es una invitación a beber más. Es, más bien, una guía para beber mejor —y con más cabeza, nunca mejor dicho— cuando uno decide tomarse esa copa, siempre con moderación.
No soy ningún experto en vinos
No sabría distinguir una crianza de un reserva a ciegas, ni te sabría explicar qué es un terroir sin mirarlo en Google. Pero hay una cosa que sí sé, y la sé por experiencia propia: sé perfectamente qué vino me sienta bien y cuál me deja con dolor de cabeza y acidez al día siguiente.
Llevaba tiempo dándole vueltas —¿son los sulfitos? ¿es el tinto en general? ¿por qué algunos blancos también me sientan mal? — sin encontrar una explicación que me convenciera del todo. Así que decidí preguntarle a alguien que sí sabe: mi amigo Federico. Le planteé el problema tal cual lo vivo: tinto que me produce acidez y dolor de cabeza, y «muchos» blancos que también, aunque no todos. Le pregunté si eran los sulfitos, como siempre había asumido.
Esto es lo que me contó.
«Lo primero que tienes que olvidar es que existe el vino sin sulfitos»
Me lo dijo casi como advertencia, antes de entrar en nada más: «todo el mundo llega a mí convencido de que el problema son los sulfitos, y es la explicación equivocada casi siempre».
Federico me explicó que la fermentación alcohólica genera dióxido de azufre (SO₂) de forma espontánea, como subproducto de la levadura, aunque el enólogo no añada absolutamente nada. «Cuando ves en una etiqueta ‘sin sulfitos añadidos’, no significa que el vino no tenga sulfitos. Significa que el bodeguero no ha metido una dosis extra. Eso es todo. Legalmente, en España y en toda la Unión Europea, no existe siquiera una definición de ‘vino natural’. Es una etiqueta de marketing, no una categoría técnica.»
Y añadió algo que me hizo sentir un poco tonto: «la alergia real a los sulfitos existe, pero es rara, y afecta sobre todo a asmáticos, con síntomas respiratorios. Si a ti te da dolor de cabeza y acidez, casi seguro que estás mirando al sospechoso equivocado.»
«Lo que te pasa a ti tiene nombre, y son dos cosas distintas»
Cuando le describí el patrón exacto —peor con tinto, mal también con algunos blancos—, Federico no dudó: «eso son dos mecanismos diferentes, y es importante que no los mezcles.»
El dolor de cabeza me dijo, viene sobre todo de la histamina y otras aminas biógenas —tiramina, putrescina—, compuestos que se generan durante la fermentación y, especialmente, durante la maceración con la piel de la uva. «El tinto siempre va a tener más que el blanco, porque fermenta en contacto con el hollejo, que es de donde sale la mayoría de estos compuestos. El blanco se prensa y fermenta sin ese contacto, así que parte de la gente lo tolera mejor.» También me contó que hay personas con menor actividad de la enzima que metaboliza la histamina (la DAO), «y esas acumulan más con cada copa. Los síntomas se parecen mucho a una alergia leve: rojez, congestión, dolor de cabeza pulsátil. Aunque no sea alergia.»
La acidez, en cambio, «no tiene nada que ver con lo anterior. Es el alcohol en sí mismo. Relaja el esfínter esofágico, la válvula que separa el estómago del esófago, y eso facilita que suba el contenido ácido del estómago. Te da esa sensación de ardor. Y eso pasa con cualquier vino, tinto o blanco, y con cualquier bebida alcohólica en general.» Ahí entendí por qué también me pasaba con algunos blancos.
«Deja de mirar la etiqueta y mira la ficha técnica»
Le pregunté entonces qué debía buscar realmente a la hora de comprar, si no era el sello de «sin sulfitos» ni la palabra «natural». Su respuesta fue la más útil de toda la conversación:
«Hay cuatro cosas que de verdad predicen si un vino te va a sentar bien o mal, y ninguna aparece en el marketing de la botella:
- El tiempo de maceración con el hollejo. Cuanto más tiempo, más taninos y más aminas biógenas.
- El paso por barrica. La crianza en madera suma más taninos y más congéneres, que son compuestos derivados de la fermentación que se asocian con resacas más fuertes.
- El grado alcohólico. Cuanto más alto, más deshidratación y más efecto sobre el esófago.
- La variedad de uva. No todas acumulan taninos igual. La garnacha y la bobal, de piel fina, dan vinos mucho más suaves que un cabernet Sauvignon o un tempranillo con mucha crianza.»
Y remató con la frase que más se me quedó grabada: «un vino puede llevar sulfitos añadidos y sentarte perfectamente si es joven, sin barrica y de maceración corta. Y otro puede presumir de ‘sin sulfitos’ en la etiqueta y sentarte fatal si es un tinto con mucho cuerpo y meses de crianza. La moda mide lo que no importa para tu caso.»
«Esto es lo que yo compraría en tu lugar»
Le pedí que aterrizara todo en recomendaciones concretas, de supermercado, sin complicarse.
En blanco, tu opción más segura:
- Mar de Uvas, Godello D.O. Monterrei (Mercadona) — joven, sin barrica, 13%, unos 6,50 €
- Indómito, blanco (Mercadona) — muy joven y ligero, alrededor de 3 €
- Cualquier verdejo joven D.O. Rueda de marca blanca en Lidl o Carrefour, entre 4 y 5 €
En tinto, si no quieres renunciar a él:
- Syrah Mar de Uvas (Mercadona) — joven, sin crianza, por debajo de 3 €
- Davida, garnacha D.O. Navarra, sin sulfitos añadidos (Mercadona) — variedad de piel fina, poco tanino, unos 3,90 €
- Garnacha o bobal joven sin crianza de D.O. Utiel-Requena, Calatayud o Campo de Borja, entre 3 y 5 €
«Y lo que yo evitaría siempre en tu caso —me dijo— son los reservas y grandes reservas, cualquier cosa con la palabra ‘crianza’ en la etiqueta, y graduaciones por encima del 14%. Da igual lo que ponga sobre sulfitos.»
«Y hay cosas que puedes hacer tú, además de elegir bien la botella»
Antes de despedirnos, Federico insistió en que la botella es solo media solución:
- «Bebe agua en paralelo, un vaso por cada copa. Reduces la deshidratación, que es parte del dolor de cabeza.»
- «Nunca bebas con el estómago vacío. Comer antes ralentiza la absorción de alcohol y reduce el efecto sobre el esófago.»
- «Haz la prueba tú mismo: compara un blanco joven sin barrica con el tinto crianza que sueles tomar, en cantidad parecida. Si la diferencia es clara, ya tienes confirmado el patrón.»
- «Y si esto te pasa de forma intensa y constante, coméntaselo a un médico. La sensibilidad a histamina se puede orientar, y no es exclusiva del vino: si te pasa algo parecido con quesos curados o embutidos, el hilo conductor es el mismo.»
Cierre
Salí de esa conversación con una idea mucho más clara que con la que entré. Mi cuerpo no estaba reaccionando a ningún aditivo de laboratorio ni a la falta de él. Estaba reaccionando a compuestos que aparecen de forma natural cuanto más tiempo pasa la uva en contacto con su piel y cuanto más tiempo duerme el vino en madera.
No es una sensibilidad rara ni un capricho: es química, y tiene solución práctica. Y la solución, como me dejó claro Federico, no pasa por perseguir sellos de moda en el lineal del súper, sino por aprender a leer lo que de verdad importa: joven, sin barrica, variedad de piel fina, grado moderado.
Esa combinación, mucho más que cualquier «sin sulfitos» en letra grande, es la que decide si al día siguiente me acuerdo de la cena con cariño o con dolor de cabeza.
