Aunque hagas todo bien
La vida no siempre te dará lo que mereces
Nos enseñaron a esperar. Que las cosas mejorarían. Que el trabajo daría sus frutos. Que algún día llegaría el amor de verdad. Que después de tantos años haciendo las cosas «como corresponde», la vida nos guiñaría un ojo y diría: «Bueno, ahora te toca a ti».
Pero no siempre lo dice.
Puedes hacerlo todo bien y quedarte sin el ascenso, sin la pareja, sin la disculpa, sin la salud. Es injusto, y conviene admitirlo pronto, porque casi todo lo demás depende de lo que hagamos con esa injusticia. Uno lo descubre una mañana cualquiera, en la cola de la carnicería. El hombre de delante se queja de la pensión, la mujer de atrás habla de su hijo, que no encuentra trabajo, y el carnicero sigue cortando filetes como si la existencia pudiera resolverse con medio kilo de carne picada.
Todos esperamos algo.
Llevamos una libreta invisible donde apuntamos lo que creemos que nos deben: un reconocimiento, una oportunidad, un gracias. Y cuando no llega, protestamos: «Después de todo lo que hice…». Como si en alguna oficina hubiera un empleado encargado de repartir recompensas que hubiera perdido nuestro expediente.
Puede que merezcamos lo que reclamamos. Pero mientras esperamos el pago, la vida pasa de largo. Cerrar la libreta no quita el dolor, solo hace que deje de ocupar toda la casa. Y eso ya es bastante.
El día que todos se parecen
Hay otra cosa que nos va comiendo: la rutina. No la necesaria, sino la que consigue que un lunes se parezca demasiado a un jueves y un año al anterior. A las siete y diez pasa el autobús. A las siete y doce subimos. A las nueve cenamos. A las diez discutimos porque alguien dejó la luz del baño encendida.
La rutina no entra rompiendo la puerta. Es más educada: entra, se sienta en nuestra cocina y pregunta dónde está el café. Primero se lleva la curiosidad. Después las ganas. Hasta que un día sabemos el precio del tomate y cuánto falta para jubilarnos, pero no recordamos cuándo fue la última vez que hicimos algo porque simplemente nos apetecía.
No siempre estamos cansados de la vida. A veces estamos cansados de vivir siempre el mismo día.
Volver a mirar
No hablo de pintar cuadros ni de escribir novelas, sino de algo más sencillo.
El sábado, por ejemplo, podemos tomar otro camino para ir a por el pan. Quizá descubramos una plaza que no conocíamos, un árbol enorme detrás de una iglesia o a dos ancianos jugando al dominó con la concentración de una final mundial. Y entonces nos damos cuenta de que llevábamos años pasando por delante de nuestra propia vida sin verla.
Crear también es eso: llamar a un amigo, cocinar la receta de nuestra madre, sentarse en un banco sin mirar el teléfono. Decirle a la rutina: «Hoy no». A veces consiste solo en devolverle significado a lo que creíamos gastado. El café puede ser solo café, o el café que tomábamos con nuestro padre antes de que enfermara. La calle puede ser solo una calle, o aquella por la que caminábamos cuando creíamos que teníamos todo el tiempo del mundo.
Lo que buscamos afuera
Un conocido esperó veinte años para comprarse la casa con jardín.
A los tres meses lo encontré sentado en la cocina, con la misma cara de siempre. «Es preciosa», me dijo, mirando por la ventana un jardín que ya no miraba. No hay nada malo en querer progresar. El problema es confundir progresar con llenar un agujero. Se puede cambiar de coche y seguir llegando a casa vacío. Se puede tener mil contactos y nadie a quien llamar cuando las cosas se ponen feas. Se puede lograr que todos nos feliciten y, aun así, no gustarnos frente al espejo.
Mientras tanto, la vida, con una falta de educación considerable, sigue haciendo lo que le da la gana.
Después llega el golpe
Y un día llega algo que no estaba en el calendario.
Una separación, un despido, una enfermedad, una muerte. Puede ocurrir mientras compramos tomates o preparamos la cena. Suena el teléfono y cinco minutos después somos otra persona. Nos caemos, y durante un tiempo pensamos que caerse es fracasar. El dolor duele, y no hace falta disfrazarlo de aprendizaje: hay desgracias que no tienen moraleja. Pero cuando pasa lo peor queda una pregunta:
«¿Y ahora qué?».
Precisamente porque no tiene una respuesta preparada, esa pregunta puede ser el comienzo.
Volver a empezar no es volver atrás
Volver no significa recuperar lo que perdimos, sino aprender a caminar desde donde hemos quedado.
Uno vuelve distinto: con alguna cicatriz, menos certezas y, con suerte, menos tonterías. Hay días en que no hace falta conquistar el mundo. Alcanza con ducharse, vestirse y bajar a por pan. El pan no resolverá nuestra vida, pero habrá que cenar, y mientras caminamos hasta la panadería, el aire fresco nos recuerda que todavía estamos aquí.
A veces empezar de nuevo tiene exactamente ese aspecto. Nada épico. Nada cinematográfico. Una bolsa de pan en la mano.
Todavía
La esperanza quizá no sea creer que todo saldrá bien, sino algo más humilde: volver a cocinar después de perder el apetito, volver a querer después de que nos rompieran el corazón, volver a reír sin sentir que traicionamos a quien perdimos. Sentarse un domingo en la terraza, con el café en la mano, y oír al vecino discutir con su perro.
«¡Te he dicho que no te subas ahí!».
El perro no hace caso. El vecino tampoco aprende. Y sonreímos, no porque los problemas hayan desaparecido, sino porque durante unos segundos la vida vuelve a parecernos soportable.
Eso es la esperanza: una brasa debajo de las cenizas. Quizá merecíamos más. Puede ser. Pero la vida no nos debe nada, y esperar a que pague esa deuda nos ha costado demasiados años. Lo que sí podemos hacer es no abandonar la posibilidad de vivirla de otra manera.
