Tres escuelas y una memoria bastante selectiva

La primaria: cuando todo quedaba

Recuerdo la escuela primaria con una nitidez que a veces me resulta inexplicable. Aulas, bancos, recreos, caras que hace décadas no veo, y pequeñas historias que en su momento no merecían ni una línea en un diario íntimo y que hoy aparecen como acontecimientos históricos.

Eran otros tiempos. El colegio primario era cosa seria.

La maestra era la segunda mamá, y lo que se temía no era la mala nota en sí, sino tener que llevarla a casa. Visto desde hoy, todo aquello parece prehistoria educativa: reglas estrictas, poca vuelta y ninguna discusión con la autoridad. Pero tan mal no nos fue. Aprendimos lo básico y, además, algo que ningún programa enseña: que las cosas se hacían bien o se hacían de nuevo.

Quizá quedó todo tan grabado porque sucedía por primera vez: aprender a leer, hacer un amigo, pelearse por una pavada, esperar el recreo. Uno no sabía que estaba viviendo recuerdos.

Simplemente vivía. Y quizá por eso quedaron.

El secundario: de las 6 a las 23.30

En el secundario el día tenía dos mitades. Me levantaba a las 6 para ir al trabajo. A las 18 llegaba al colegio. A las 23.30 salía para casa, donde mi madre me esperaba sentada frente a un plato caliente.

Trabajar no era una señal de independencia.

Era necesario para la familia, y así eran las cosas. Hoy, cuando intento recordar aquellos años, no pienso en las materias ni en los horarios. Pienso en esa mesa, en ese plato y en esa espera. Un plato caliente a medianoche es una forma de decir «te estaba esperando», y no hacían falta más palabras. Dice más de esa época que cualquier boletín.

La universidad: el tráiler

Después vino la universidad, y tampoco dejé de trabajar.No fui buen alumno.

Tardé demasiado en cursar la carrera, entre otras cosas porque me costaba mezclar los estímulos del emprendedor con la vida universitaria. Por un lado, la facultad pedía paciencia, programas y exámenes. Por el otro, algo adentro me empujaba a hacer, a probar, a arriesgar.

Mirándolo ahora, me pregunto cómo hacíamos. Probablemente porque cuando uno es joven tiene una energía que considera normal y que después descubre que era un préstamo sin posibilidad de renovación.

Y, sin embargo, cuando intento recordar aquellos años, mi memoria se vuelve extrañamente económica. Tengo escenas. Algunas caras. Algún profesor. Algún examen. No tengo la película completa. Tengo, por decirlo de algún modo, el tráiler.

La curiosa injusticia de la memoria

De la primaria puedo reconstruir períodos enteros. Del secundario, bastante. De los años de universidad, que fueron quizás los más largos y decisivos, quedan grandes espacios en blanco.

Parece que la memoria conserva mejor lo que vivimos sin saber que algún día íbamos a extrañarlo. Y cuando uno está ocupado viviendo, rara vez se detiene a registrar que está viviendo. Tal vez la rutina se comprime en el recuerdo y solo sobreviven los quiebres: un examen, una charla, una cara.

Lo que queda

Entre esas escenas sueltas hay una voz que sí conservo entera. Julio Garbini, mi querido Julio, me decía: «Toto (ese era mi apodo), todo es cuestión de constancia. No aflojes.»

Hoy veo casi tres personas distintas: el niño que descubría el mundo, el joven que trabajaba porque hacía falta, el universitario que intentaba averiguar qué hacer con su vida. Los tres eran yo.

Quizá por eso la memoria es tan selectiva. No pretende guardar la vida entera. Se queda con un recreo y pierde una semana.

No parece muy eficiente, pero tal vez sea su manera de ser humana. Porque al final, cuando miro hacia atrás, no recuerdo solamente lo que hice. Recuerdo, sobre todo, quién era mientras lo hacía.

Cierre abierto:

Todo esto ocurrió hace muchos años. Mi historia transcurrió siempre en escuelas, colegios y universidades del Estado. No lo digo como una bandera ni como una conclusión sobre la educación de entonces. Lo digo porque fue mi experiencia, el lugar donde aprendí, trabajé, discutí, me equivoqué y empecé a formarme.

Y cuando repaso aquellos tres ciclos —la primaria, el secundario y la universidad— hay algo que todavía me llama la atención.

Sobre todo, en el colegio secundario, siento que teníamos un espacio para expresarnos, para discutir, para tener ideas en abstracto, incluso para equivocarnos con ellas. No todo era perfecto, naturalmente. Había rigidez, autoridad y formas de enseñar que hoy seguramente cuestionaríamos. Pero había también una educación que, en condiciones similares, hoy me cuesta encontrar.

Quizá sea simplemente el efecto de la memoria.

Ya sabemos que la memoria elige, acomoda y hasta embellece algunas cosas. Tal vez recuerdo mejor aquello que necesitaba recordar y olvido lo que no. Pero hay una pregunta que no puedo evitar. ¿Qué quedó de aquellos años en cada uno de nosotros?

Si quien está leyendo esto pasó por la primaria, el secundario y la universidad, o por al menos dos de esos tres ciclos, quizá pueda hacer su propio recorrido.  No hace falta recordar fechas, programas ni nombres de todas las materias.  Alcanza con detenerse un momento en alguna escena: un aula, un maestro, un profesor, un compañero, una discusión, un recreo, una biblioteca, un examen o simplemente el camino de regreso a casa.

¿Podía uno expresarse? ¿Podía hacerse preguntas? ¿Podía sostener una idea, aunque todavía no supiera defenderla demasiado bien? ¿Sentía que estaba aprendiendo solamente contenidos, o también una manera de pensar?

Lo mío pasó hace muchos años. Y seguramente mi memoria, como todas, hizo su propia selección. Pero quizá justamente por eso vale la pena preguntarnos qué recordamos de nuestra educación y, más todavía, qué educación recibimos sin darnos cuenta de que algún día íbamos a medirla contra la que vino después.

¿Y cómo fue lo tuyo?