Las tres preguntas que vuelven una y otra vez al diván

Un encuentro en Málaga, un amigo psicólogo de Buenos Aires, y una charla sobre esos temas que, aparecen una y otra vez en el consultorio.

Una charla entre amigos

Días pasados me encontré en Málaga con un viejo amigo, psicólogo, de Buenos Aires. De esos con los que uno se sienta a tomar un café y, cuando mira el reloj, la tarde ya se fue sin pedir permiso. Nos reímos. Recordamos viejos tiempos. Hablamos de gente que ya no vemos y de historias que, con los años, uno cuenta de otra manera.

Tiene ese modo de hablar que a mí siempre me sorprendió: como si cada frase viniera de un cuento, pero hablando de cosas bien de la vida real. Nunca da una respuesta simple cuando puede darte una imagen que se te queda pegada. Supongo que, por eso, además de atender pacientes, ha llenado teatros contando estas mismas historias, sin nombres ni apellidos, claro.

En algún momento le comenté algo que siempre me llamó la atención: cómo en Argentina el psicoanálisis no es cosa de unos pocos, sino que forma parte de la cultura cotidiana. Ir al diván allá es casi tan normal como ir al dentista, y hasta aparece en charlas de café, en películas, en el lenguaje de todos los días.

—Sí —me dijo—, acá casi no hace falta explicar qué es un analista. En otros países todavía tenés que aclararlo.

Y entonces le hice la pregunta que hacía tiempo quería hacerle:

—Decime una cosa. Y, por supuesto, sin romper ningún secreto profesional: ¿cuáles son los temas que más se repiten en la gente que llega a terapia?

Ahí me hizo una primera corrección, con la paciencia de quien ya la hizo mil veces:

—Antes de contestarte, una aclaración. Terapia y análisis no son lo mismo, aunque la gente los confunda. La terapia es cuando alguien llega mal, urgente, porque algo grave le está pasando y no lo deja vivir: una crisis, un dolor que no puede manejar solo. Ahí primero hay que estabilizar, sostener, que la persona pueda pararse de nuevo. El psicoanálisis es otra cosa. Es cuando esa persona ya está más firme, y entonces podemos ir despacio, buscando el origen de eso que le preocupa o le angustia.

Una cosa es apagar el incendio. Otra es entender por qué empezó el fuego.

No me dio nombres. Ni historias que pudieran reconocer a nadie. Y hago aquí una aclaración importante: lo que sigue no es una estadística ni una clasificación clínica. Es apenas una charla entre amigos, con la mirada de alguien que lleva muchos años escuchando gente. Cada persona es un mundo distinto.

Dicho esto, me habló de tres grandes temas que, con circunstancias diferentes, aparecen una y otra vez en el consultorio: el amor, las pérdidas y el deseo.

Primero: el amor

El primer tema es el amor. Parece obvio, pero no lo es. La gente va a terapia porque se separó, porque la dejaron, porque no puede dejar a alguien, porque descubrió una infidelidad, porque siente que ama demasiado o que no la aman lo suficiente. O porque lleva veinte años con alguien y ya no sabe si lo que los une es amor, costumbre o miedo a estar solo.

Hay quienes llegan preguntando:

—¿Por qué me hizo esto?

Pero, según mi amigo, tarde o temprano suele aparecer otra pregunta, bastante más incómoda:

—¿Y yo por qué sigo ahí?

Porque una cosa es entender al otro. Y otra, bien distinta, es entender qué lugar ocupamos nosotros en ese vínculo. Ahí, me dijo, suele empezar la parte más difícil y más honesta de la conversación.

Segundo: las pérdidas

El segundo gran tema es la pérdida. Y perder no es solamente enterrar a alguien. Se pierde una pareja. Un trabajo. Una casa. Un país. Una amistad. Una ilusión. También se pierde esa versión de uno mismo que alguna vez creyó que iba a ser.

Gente que a cierta edad descubre que la vida que imaginó a los veinte años simplemente no ocurrió. Madres que un día notan que sus hijos ya no las necesitan como antes. Parejas que, después de treinta años juntos, se encuentran solas frente a una taza de café, sin saber qué hacer con esa mañana vacía.

Y hay pérdidas que nadie ve. Esas, me dijo, son las más difíciles de explicar. Porque cuando alguien muere, los demás entienden que uno está triste. Pero cuando lo que muere es un sueño, ¿a quién se le pide permiso para llorarlo?

Tercero: el deseo

El tercer tema es el deseo. O, mejor dicho, la dificultad para saber qué es lo que realmente queremos.

Me contaba que llega gente con una vida aparentemente en orden: trabajo, familia, casa, vacaciones, cuentas pagadas. Y sin embargo sienten algo raro, algo que no saben nombrar.

—Tengo todo, pero no sé qué me pasa.

Y muchas veces lo que pasa es que llevan demasiado tiempo viviendo el deseo de otros. Lo que esperaba el padre. Lo que quería la madre. Lo que convenía. Lo que hacía todo el mundo. Lo que quedaba bien decir en una reunión familiar. Hasta que un día aparece una pregunta que puede dar miedo:

¿Y yo qué quiero?

No qué debería querer. No qué sería razonable. No qué esperan de mí. Qué quiero yo. Y esa pregunta, cuando aparece de verdad, puede abrir una puerta que estuvo cerrada durante años.

Una excepción que no quiso dejar pasar

Antes de que siguiéramos hablando de cualquier otra cosa, me dijo que había algo más, algo que no quería dejar pasar por alto.

—Hay personas —me dijo—, no son muchas, que al contrario de lo que la gente imagina sobre los tratamientos largos, se van rápido de mi consulta. Son hombres y mujeres que tuvieron infancias difíciles, pero con una capacidad para sobreponerse casi milagrosa. Estudian, trabajan, están en paz, porque sienten que la vida les dio más de lo que merecen —esa es la opinión de ellos, aclaró—. Tienen conflictos, como todo el mundo. Pero tienen empatía, solidaridad, compasión y mucho amor.

Se quedó un segundo callado, como si él mismo necesitara procesar lo que acababa de decir.

Al final, siempre hay una pregunta

Mientras lo escuchaba pensé que esos tres temas —amor, pérdida y deseo— están más conectados de lo que parece.

Amamos, y por eso tenemos miedo a perder. Perdemos, y entonces tenemos que aprender a seguir. Deseamos, y a veces ese deseo choca con lo que esperan de nosotros. Quizás por eso tanta gente termina sentada frente a un psicólogo o un analista. No necesariamente porque esté rota. A veces, simplemente, porque la vida le hizo una pregunta para la que todavía no tiene respuesta.

Terminó el café. Nos quedamos un rato en silencio

Después seguimos hablando de cualquier otra cosa, como hacen los amigos. Pero mientras caminaba por Málaga pensé que quizás todos llevamos dentro una consulta pendiente. Una pregunta que todavía no nos animamos a hacernos.

Tal vez sea sobre alguien que amamos. Tal vez sobre algo que perdimos. Tal vez sobre aquello que deseamos y todavía no nos permitimos querer. Y quién sabe. Quizás algún día, cuando estemos listos, nos sentemos frente a alguien y finalmente digamos: «Bueno… creo que ya sé por dónde empezar.»