Ahora que eres grande

La vida también nos ofrece una segunda oportunidad: aprender a tratarnos con el amor, la paciencia y el cuidado que alguna vez esperamos de nuestros padres.

Hay una edad en la que uno descubre algo bastante injusto: los padres no eran tan grandes como parecían. De chicos los mirábamos desde abajo y parecían gigantes. Sabían dónde estaba la llave, cuándo había que ponerse un abrigo, cuánto faltaba para Navidad y qué hacer cuando se rompía algo.

También sabían cosas que nosotros no entendíamos: por qué había que apagar la luz, por qué no convenía confiar en cualquiera, por qué el domingo a la tarde tenía esa tristeza particular.

Después crecimos

Y un día, casi sin darnos cuenta, empezamos a ver las grietas. Descubrimos que mamá también tenía miedo. Que papá improvisaba. Que aquella seguridad que nos parecía una montaña era, muchas veces, una persona haciendo equilibrio con lo que tenía.

Hicieron lo que pudieron: a veces bien, a veces a medias, y a veces nos hicieron daño sin querer, o queriendo. Crecer consiste también en aceptar esa contradicción sin convertirla necesariamente en una sentencia.

Porque hay heridas que necesitan distancia, límites y hasta silencio. Perdonar no siempre significa volver. Entender tampoco significa justificar. Pero existe otra posibilidad, una de las más hermosas que nos concede la adultez: convertirnos, de alguna manera, en buenos padres de nosotros mismos.

No hace falta tener hijos

Hay un niño que todavía vive con nosotros. El que aprendió a callarse para no molestar, la que creyó que debía ser perfecta para que la quisieran, el que se acostumbró a no pedir nada, la que se hizo fuerte demasiado pronto. Ese niño no desapareció cuando cumplimos dieciocho, treinta o cincuenta años.

Se quedó ahí, y aparece cuando nos equivocamos, cuando alguien nos abandona, cuando tenemos miedo, cuando hacemos algo mal y escuchamos, adentro, aquella vieja voz que todavía sabe exactamente dónde golpear.

Entonces podemos hacer algo nuevo

Podemos contestarle. No con otro reproche. Con ternura. Podemos empezar por cosas pequeñas: dormir cuando estamos cansados, comer cuando tenemos hambre, decir que no sin redactar un informe para justificarlo, alejarnos de quien nos rompe, dejar de pedir disculpas por necesitar cariño.

Y también podemos darnos, de vez en cuando, ese gusto pequeño que durante años nos pareció un lujo injustificado: una buena comida, una prenda linda, un regalo que nadie nos pidió que nos hiciéramos. Porque esa voz que dice «no es para tanto», «no lo necesitás», «guardalo para después», es la misma que de chicos nos enseñó a conformarnos con poco.

Ser un buen padre, una buena madre de nosotros mismos no es solamente cuidar la herida. Es también, alguna vez, festejar que seguimos acá. Podemos aprender a no hablarnos como nunca le hablaríamos a alguien que queremos.

Quizá ser adulto sea también eso

Descubrir que ya no podemos regresar a la infancia para cambiar lo que ocurrió, pero sí podemos regresar a ella de otra manera. No para quedarnos allí. Para buscar a quien fuimos, sentarnos a su lado, decirle que no era su culpa, que no tenía que ser tan fuerte, que no tenía que ganarse el derecho a ser querido.

Y que ahora, por fin, alguien va a cuidarlo.

Ese alguien somos nosotros

Hay una segunda oportunidad escondida en la adultez, aunque nadie la anuncie. No consiste en tener una infancia nueva. Consiste en dejar de repetir con nosotros mismos aquello que tanto nos dolió.

Quizá por eso crecer sea algo bastante distinto de lo que imaginábamos: no se trata solamente de aprender a pagar las cuentas, conducir, trabajar, criar hijos o saber dónde guardamos los documentos importantes.

Tal vez crecer sea mirarnos con un poco menos de dureza. Perdonarnos algunas torpezas. Cuidar nuestras propias heridas, y también darnos, sin culpa, los gustos que alguna vez nos negaron. Comprender, lentamente, que también podemos ser el lugar seguro al que volvemos cuando afuera todo se vuelve demasiado.

Quizá esta sea una de las pocas cosas que llegan tarde, pero llegan: la posibilidad de tomar nuestra propia mano y empezar. No sabemos cuánto tiempo nos queda. Pero esta vez, al menos, sabemos quién puede acompañarnos.