Dos desconocidos con la mala costumbre de quererse

Un cuento para el sábado

Roberto y Graciela llevaban meses conviviendo. Eran todavía dos desconocidos con la suficiente confianza como para compartir cama, gastos y disgustos, pero no la suficiente experiencia como para saber dónde terminaba uno y empezaba el otro.

Al principio habían confundido las diferencias con virtudes. A Roberto le gustaba que Graciela hablara de todo. A Graciela le gustaba que Roberto hablara poco. Con el tiempo descubrieron el inconveniente de las virtudes: él hablaba poco precisamente cuando ella necesitaba hablar; ella hablaba mucho precisamente cuando él necesitaba silencio.

Y entonces apareció el trabajo. No como una visita. Como un okupa. Pero conviene decirlo ya, para no engañar a nadie: el trabajo era la excusa perfecta. Ninguna empresa del mundo puede fabricar un silencio de veinte años. Eso ya venía de antes, de otras casas, de otras mesas, de gente que tampoco supo cómo se hace.

El desayuno

La primera invasión ocurrió por las mañanas. Roberto desayunaba mirando el teléfono.

—¿Puedes dejarlo cinco minutos? —preguntaba Graciela.

—Es del trabajo.

Ella asentía, pero ya había empezado a desayunar sola. Un martes, mientras untaba una tostada, Roberto dijo:

—Creo que van a reducir personal.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

—¿Y tú?

—No sé.

Graciela dejó el cuchillo sobre la mesa.

—¿Quieres hablar?

—Ahora no.

Ella volvió a su café. A las ocho de la mañana, Roberto necesitaba que el mundo no le hiciera más preguntas. A las ocho y cinco, Graciela necesitaba saber que el mundo no se estaba cayendo. Ninguno de los dos pidió lo que de verdad quería. Pidieron lo de siempre: café, silencio, un poco de paz. Lo otro —el miedo de él, el miedo de ella— se quedó donde siempre se queda ese tipo de miedo: debajo de la mesa.

El supermercado

El sábado fueron al supermercado.

—No podemos gastar tanto —dijo Roberto frente a la estantería.

—Son quince euros.

—Quince euros aquí, diez allí…

—Roberto, estamos comprando comida.

—Ya lo sé.

—Pues parece que estuviéramos comprando acciones.

Él dejó el paquete en el carro. No discutieron. Peor: se quedaron callados. A veces la economía entra en una pareja sin levantar la voz. Basta con que uno empiece a mirar los precios de otra manera. Y entonces pasó algo que no estaba previsto: Graciela agarró un paquete de galletas carísimas, de esas que ninguno de los dos compraba nunca, y lo tiró al carro con gesto de duelista.

—Esto no lo discutimos —dijo—. Esto lo comemos.

Roberto la miró. Se rió, sin ganas al principio y después con ganas. Fue la primera risa del día. No arregló nada. Pero durante un minuto, en el pasillo de galletas, dejaron de ser dos economistas asustados y volvieron a ser, apenas, dos personas.

La cena

Por la noche, Graciela había preparado pasta. Roberto llegó cuarenta minutos tarde.

—¿Dónde estabas?

—Una reunión.

—Pero hoy es sábado.

—Ya.

—¿Y era necesaria?

Roberto dejó las llaves.

—No sé, Graciela. Si quiero conservar el trabajo, supongo que sí.

—Podrías avisar.

—Te he avisado.

—A las nueve menos diez.

—Porque hasta las nueve menos diez no sabía que iba a salir tarde.

—Siempre hay una excusa.

Roberto la miró.

—Y siempre hay un juicio.

La pasta se enfrió. Ninguno la mencionó. Los dos sabían, sin decirlo, que aquella pasta fría era el tercer invitado de la mesa, el que nunca comía y siempre miraba.

La cama

Incluso la cama dejó de ser completamente suya. Una noche, Graciela se despertó a las tres de la mañana. Roberto estaba mirando el techo.

—¿No duermes?

—Estoy pensando.

—¿En qué?

—En el trabajo.

Ella se incorporó.

—Mañana trabajas.

—Ya lo sé.

—Entonces duerme.

—No puedo.

Graciela suspiró.

—Yo tampoco puedo dormir cuando estás así.

El trabajo ya no estaba solamente en la oficina. Estaba entre las sábanas, ocupando el lado de la cama que nadie había invitado. Pero si hubiera desaparecido esa misma noche, si a Roberto lo hubieran ascendido y le hubieran subido el sueldo al doble, es probable que un mes después estuvieran otra vez despiertos a las tres de la mañana, por otra razón cualquiera, mirando el mismo techo. El trabajo no era la enfermedad. Era, apenas, el síntoma que mejor sabían nombrar.

El domingo

El domingo intentaron recuperar la normalidad. Fueron a caminar. Durante veinte minutos hablaron de cualquier cosa. Después sonó el teléfono. Roberto miró la pantalla.

—No lo cojas —dijo Graciela.

—Puede ser importante.

—Hoy no trabajas.

—Precisamente por eso puede ser importante.

Respondió. Fueron tres minutos. Cuando terminó, Graciela caminaba diez metros por delante.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Sí pasa.

—No pasa nada.

Roberto llevaba meses diciendo «no pasa nada» cuando quería decir «tengo miedo». Graciela llevaba meses diciendo «tenemos que hablar» cuando quería decir «tengo miedo». Hablaban idiomas distintos para decir exactamente lo mismo, y esa, quizás, era la única lengua materna que de verdad compartían.

Nadie puede dar lo que no tiene

Esa noche discutieron. No por el teléfono. No por la pasta. No por el supermercado. Por todo, que es la manera en que discuten las parejas cuando ya no discuten por nada en particular.

—Necesito que seas más cariñoso —dijo Graciela.

—Necesito que confíes en mí.

—Necesito sentir que puedo apoyarme en ti.

—Y yo necesito que cuando llegue a casa no tenga otro problema que resolver.

Se hizo silencio. Entonces Roberto recordó aquella frase:

—“Nadie puede dar a otro lo que no tiene”.

Graciela lo miró.

—¿Y qué se supone que hacemos con eso?

Buena pregunta, y ninguno de los dos tenía la respuesta. Roberto no tenía la seguridad que ella reclamaba. Graciela no tenía la tranquilidad que él necesitaba. Habían llegado a casa esperando encontrar en el otro aquello que el mundo, en general, les venía negando desde mucho antes de conocerse. Se miraron. Por primera vez entendieron que el problema no era descubrir quién tenía la culpa. Era decidir qué podían construir con lo poco que sí tenían. Roberto apagó el teléfono. Lo dejó boca abajo sobre la mesa.

Graciela no sonrió. Tampoco hacía falta.

Todavía

No hay finales de película para esto.

Nadie se cura una noche de sábado. Las parejas no se arreglan con un gesto ni con una frase bien dicha; se arreglan, cuando se arreglan, despacio y sin testigos, con la misma paciencia con que se estropearon. Lo que sí puede pasar —y a veces alcanza— es más modesto que un final feliz: alguien se queda, aunque tenga ganas de irse. Alguien pregunta, aunque sepa que la respuesta va a doler. El amor, cuando es real, no resuelve el miedo del otro; simplemente decide quedarse cerca mientras el miedo hace su recorrido. Roberto y Graciela no sabían nada de esto en términos tan claros. Solo sabían que estaban cansados, que se querían mal, pero se querían, y que esa noche, por primera vez, ninguno de los dos había salido corriendo.

El teléfono vibró otra vez sobre la mesa, boca abajo. Ninguno lo tocó.

Todavía.