Me gusta el cine. El bueno, el bien interpretado
Amo las películas viejas y admiro profundamente una buena actuación, porque hay algo en un gran actor que siempre me ha fascinado: esa lucha, a veces invisible, entre desaparecer dentro de un personaje y seguir siendo, inevitablemente, quien es. Pienso en Brando, Pacino, De Niro, Darín, Bardem, Héctor Alterio. Y en ellas: Norma Aleandro, Meryl Streep, Gena Rowlands, Anna Magnani, Bette Davis, Isabelle Huppert, Katharine Hepburn. Actores y actrices capaces de hacernos olvidar por un momento que estamos viendo a alguien actuar.
Pero incluso en ellos hay algo que se resiste a desaparecer. Un movimiento del cuerpo. Una manera de mirar. La forma de cerrar los labios, de inclinar la cabeza, de caminar, de quedarse en silencio. Algo permanece. Y entonces, aunque estén interpretando a otra persona, en algún momento aparece el actor detrás del personaje. Es como si nunca pudieran abandonar del todo su propia piel.
De vez en cuando, ocurre el milagro
Aparece alguien, por ejemplo, como Benicio del Toro y durante un instante parece que no estamos viendo a un actor. No vemos la técnica, ni el esfuerzo, ni siquiera al hombre que conocemos. Vemos al personaje. Algo sucede y la persona desaparece detrás de aquello que está interpretando. Ahí aparece la magia. Quizás por eso me interesa tanto la actuación. Porque, en el fondo, actuar no consiste solamente en convertirse en otro. También consiste en decidir qué parte de uno mismo mostrar y qué parte esconder. Y ahí el cine empieza a parecerse demasiado a la vida.
Porque nosotros también actuamos
Todos, en mayor o menor medida, aprendemos a mostrar una versión de nosotros mismos que creemos que los demás pueden querer, aceptar o necesitar. No necesariamente mentimos. Muchas veces ni siquiera nos damos cuenta. Aprendemos a sonreír cuando estamos mal. A decir «no pasa nada» cuando sí pasa. A ser fuertes cuando tenemos miedo. A decir que sí cuando queremos decir que no. Construimos, sin darnos demasiada cuenta, nuestro propio personaje. Y quizá la pregunta más interesante no sea cuánto de nosotros hay en ese personaje, sino cuánto de ese personaje terminó convirtiéndose en nosotros.
La vidriera
Todos tenemos una especie de vidriera. Ahí ponemos lo que queremos que los demás vean: lo responsables que somos, lo seguros, lo divertidos, lo buenos padres, buenas madres, buenos amigos que somos. Y detrás de esa vidriera queda todo lo demás. El miedo que no queremos mostrar. La necesidad de que nos quieran. Los celos que nos da vergüenza reconocer. La bronca. La tristeza. Las ganas de mandar todo al demonio un martes a las tres de la tarde.
Eso también somos nosotros. El problema no empieza cuando tenemos una máscara: todos necesitamos cierta forma de adaptarnos al mundo. El problema empieza cuando olvidamos que la máscara es una máscara. Cuando ya no sabemos si estamos siendo nosotros o si estamos siendo la persona que creemos que los demás necesitan. Ahí nos transformamos en un personaje.
El personaje
Quizás eso explique algunas cosas que nos pasan. ¿Por qué alguien que parece tenerlo todo resuelto puede sentirse completamente perdido? ¿Por qué alguien que siempre está disponible para los demás no puede pedir ayuda?
Porque muchas veces construimos un personaje para conseguir algo muy sencillo: que no nos abandonen. Primero lo hacemos sin pensarlo. Un chico aprende que cuando se porta de determinada manera recibe cariño, aprobación o tranquilidad. Entonces repite esa conducta.
Con los años cambia el escenario, pero la estrategia puede quedar: «si soy así, me van a querer»; «si no molesto, se van a quedar»; «si hago todo bien, no podrán dejarme». Y así, casi sin darnos cuenta, dejamos de vivir para empezar a cumplir un papel.
La paradoja
Lo curioso es que solemos buscar en los demás exactamente aquello que nosotros mismos escondemos. Decimos que queremos alguien auténtico. Alguien que pueda decir «tengo miedo», «me equivoqué», «esto me duele». Eso nos conmueve, porque cuando alguien deja de actuar por un instante, sentimos que estamos frente a una persona de verdad.
Pero cuando somos nosotros los que tenemos que quitarnos la máscara, la cosa cambia. Ahí aparece el miedo: «¿Y si cuando me conozcan de verdad no me quieren?». Y entonces volvemos a ponérnosla.
Hasta que algo se rompe
A veces podemos sostener ese personaje durante muchos años. Hasta que algo ocurre. Una separación. Una pérdida. Un fracaso. Una enfermedad. Un día cualquiera en el que, por alguna razón, ya no podemos seguir fingiendo que estamos bien. Y entonces aparece una pregunta que quizás llevábamos mucho tiempo evitando: ¿Quién soy cuando no estoy tratando de gustarle a nadie?
No es una pregunta fácil. Puede que descubramos que algunas decisiones que creíamos propias fueron tomadas hace mucho tiempo por una versión de nosotros que solamente quería sentirse querida, segura o aceptada. Y también puede que descubramos algo mucho más sencillo: que no necesitamos dejar de ser quienes aprendimos a ser. Necesitamos dejar de estar obligados a serlo todo el tiempo.
Volver al camarín
Tal vez madurar tenga un poco que ver con eso. Con poder salir al mundo y seguir teniendo una vidriera, porque necesitamos cierta forma de presentarnos ante los demás. Pero sabiendo que detrás hay un lugar donde podemos quitarnos los zapatos. Donde no hace falta impresionar a nadie. Donde podemos reconocer que tenemos miedo, que estamos cansados, que a veces somos contradictorios y que no siempre sabemos qué hacer.
La intimidad también necesita límites. No se trata de mostrarle todo a todo el mundo, sino de no vivir escondidos de nosotros mismos. Porque quizás el verdadero problema nunca fue tener una máscara. El problema fue olvidarnos de que debajo había alguien. Y quizás la pregunta más importante no sea: «¿Qué tengo que hacer para que me quieran?». Sino otra, bastante más incómoda: «¿Quién sería yo si ya no tuviera que hacer nada para merecer que se queden?».
