El hombre que no sentía nada

La cena de los domingos

Carlos Alberto llegaba siempre siete minutos tarde a la cena familiar de los domingos, ni uno más ni uno menos, como si el retraso fuera parte del menú. Se sentaba, servía el vino primero para él y después, si se acordaba, para los demás, y escuchaba las historias de la semana con una atención que parecía genuina hasta que uno se daba cuenta de que estaba esperando su turno para hablar, no el de nadie más.

Su hermana Marisa había perdido el trabajo esa semana. Lo contó despacio, con la voz quebrada al final, buscando algo en la mesa que no fueran los ojos de los demás. Carlos Alberto asintió, dijo «qué mal, che», y a los cuarenta segundos ya estaba contando que, a él, en cambio, le habían ofrecido un ascenso. No era maldad. Era como si en su cabeza hubiera un semáforo que pasaba de rojo a verde demasiado rápido, sin dejar que el rojo hiciera su trabajo.

La madre, que llevaba sesenta y tantos años observándolo, decía una frase que se había vuelto casi un refrán familiar: «Carlos entiende todo, pero no le pasa nada por adentro.» Y no era una crítica del todo — a veces sonaba casi a admiración, como si describiera una rareza zoológica más que un defecto. Lo curioso es que era exactamente la misma frase que, veinte años atrás, alguien le había dicho a ella.

La casa donde nadie decía nada

Porque había que remontarse a la casa de la infancia para entender algo. En esa casa no se gritaba, pero tampoco se hablaba. Los silencios no eran tensos, eran simplemente el idioma oficial. Si alguien estaba triste, se notaba en la cantidad de café que tomaba, nunca en una frase. Si el padre estaba preocupado, se lo veía arreglar cosas que no estaban rotas: una canilla, una silla, el picaporte de una puerta que cerraba perfectamente bien. Nadie preguntaba «¿cómo estás?» porque la pregunta hubiera sonado tan fuera de lugar como pedir la sal en francés.

No es que en esa familia no sintieran

Sentían, probablemente, tanto como cualquiera. Pero el sentir no tenía canal de salida, y con el tiempo el canal ni siquiera se construyó. Carlos Alberto no aprendió a nombrar lo que le pasaba porque nadie a su alrededor nombraba lo que le pasaba. Aprendió, en cambio, a resolver: a arreglar canillas, a dar el consejo justo, a hacer las cuentas bien. Eso sí se lo habían enseñado, sin querer, con el ejemplo. Lo otro — el ponerse en el lugar del otro, el quedarse un rato en el malestar ajeno sin apurarse a solucionarlo — eso nunca estuvo en el manual de la casa.

Por eso, tal vez, no era del todo exacto decir que Carlos Alberto «no sentía nada». Sería más justo decir que sentía en un idioma que nadie le había enseñado a traducir, ni siquiera a sí mismo.

El día que alguien le preguntó por qué

Una tarde, después de una discusión que empezó por una pavada y terminó en un silencio largo — un silencio que, esta vez, no era el de siempre —, Marisa le preguntó de sopetón: «¿Vos alguna vez pensás en cómo se siente el otro, o solo pensás en qué le vas a decir después?» Carlos Alberto se quedó mudo. No porque la pregunta lo hubiera herido, sino porque nunca se lo había planteado en esos términos. Como preguntarle a alguien que nació en una casa sin espejos si sabe cómo es su propia cara.

«No sé», dijo finalmente. Y esa fue, quizás, la respuesta más honesta de toda su vida, aunque nadie en la mesa lo notara. Marisa, que también venía de esa misma casa silenciosa, entendió algo en ese momento que hasta ahí se le había escapado: su hermano no elegía la indiferencia. Simplemente nunca le habían prestado el diccionario.

Lo que se aprende tarde, si se aprende

Esa noche, Carlos Alberto se quedó un rato más en la cocina, lavando dos vasos que nadie le había pedido que lavara. Pensaba en la pregunta de su hermana, y por primera vez no la resolvió como resolvía todo lo demás. La dejó ahí, sin arreglar, como una canilla que gotea despacio y que uno decide, por una vez, no tocar todavía.

¿Puede alguien así volverse empático, a los cincuenta y pico, después de una vida entera hablando el idioma de las cosas resueltas? Nadie en esa familia lo sabía, porque nadie en esa familia había hecho antes la pregunta en voz alta. Tal vez el primer paso no era sentir mejor, sino simplemente empezar a notar que algo faltaba — y quedarse un rato en esa falta, sin apurarse a arreglarla.

Carlos Alberto apagó la luz, se fue a dormir, y al otro domingo llegó, como siempre, siete minutos tarde. Pero por primera vez en mucho tiempo, alguien en la mesa se preguntó si ese domingo iba a ser distinto. Ni siquiera él lo sabía todavía.

Empatía: una palabra que no significa lo que creemos

Solemos usar «empatía» como sinónimo de bondad, o de sensibilidad, o incluso de buen carácter. Pero la empatía no es eso, o no es solo eso. La psicología suele distinguir al menos dos capas: la empatía cognitiva, que es la capacidad de entender lo que el otro siente y por qué —de leer la situación, de saber qué palabras corresponden—, y la empatía afectiva, que es la capacidad de que eso que el otro siente resuene también en uno, aunque sea un poco, aunque sea por un segundo.

Carlos Alberto tiene la primera casi perfeccionada. Sabe leer una situación, sabe qué se espera que diga, sabe reconocer que «qué mal, che» es la frase que corresponde cuando alguien pierde el trabajo. Lo que no tiene —o no tiene entrenado— es la segunda: ese circuito que hace que el malestar ajeno te pese un poco a vos también, que te frene antes de cambiar de tema. Por eso la frase de la madre es tan precisa, casi clínica, sin ella saberlo: entiende todo, pero no le pasa nada por adentro. Ahí está, sin querer, la distinción exacta que un manual de psicología tardaría un capítulo entero en explicar. Y esto importa porque cambia la pregunta central de la historia. No es «¿es una mala persona?». Es otra: ¿se puede construir a los cincuenta años un circuito que nunca se armó de chico?

La respuesta, según lo que hoy sabemos, es matizada pero no del todo desalentadora. La empatía afectiva tiene un componente temperamental, algo con lo que se nace o no se nace del todo. Pero la empatía cognitiva —la de entender, anticipar, notar que algo falta en el otro— se entrena. Y a veces, entrenar la cognitiva es el único puente disponible hacia la afectiva: primero se aprende a notar que el otro está mal, después, con repetición y sin apuro, se aprende a que eso importe.

Lo que hizo Carlos Alberto esa noche —dejar la pregunta sin resolver, no tocar la canilla que goteaba— no es empatía todavía. Es apenas el gesto que la hace posible: tolerar la incomodidad de no tener una respuesta inmediata. Porque la gente como él no falla en sentir por maldad, sino porque resolver rápido fue, durante toda una vida, la única forma que conocieron de estar cerca de algo doloroso sin quedarse atrapados en él.