La sensibilidad no viene con interruptor

Hay gente que llora con una película, con una canción, con el perro de un desconocido que aparece en una publicidad y, si uno se descuida, también con la factura de la luz. Y hay otra gente que puede recibir una noticia fuerte y responder «qué pena» con la misma cara de poker, con la que avisa que se terminó el café.

Entre esos dos extremos hay un territorio enorme. Y ahí vivimos casi todos.

La psicóloga Elaine Aron, que lleva años investigando lo que llama sensibilidad de procesamiento sensorial, dice algo simple: sensibilidad no es lo mismo que «ser sentimental». Es la profundidad con la que alguien procesa lo que le pasa. Y no es una cosa de blanco o negro: hay grados. No somos una especie partida entre sensibles y robots, por suerte. Esto se nota en parejas, con los amigos, en la familia. Un mismo hecho —una frase cortante, un silencio en la cena, un «después hablamos»— puede caer distinto según quién lo reciba. Uno lo escucha y sigue con lo suyo. El otro arma, en la cabeza, una miniserie de ocho capítulos.

Sentir mucho no es lo mismo que entender mucho

Acá aparece algo incómodo: se puede ser muy sensible con las propias emociones y bastante torpe con las de los demás. Sensibilidad y empatía están relacionadas, pero no son la misma cosa. El psicólogo Paul Bloom, de Yale, viene cuestionando hace tiempo la idea de que sentir mucho el dolor ajeno nos vuelva automáticamente mejores acompañantes. Para él, la emoción intensa, sin reflexión, puede incluso jugar en contra.

Traducido: podemos llorar con un amigo y, cinco minutos después, darle un consejo espantoso. La sensibilidad dice «esto me afecta». La empatía agrega «me imagino lo que te pasa». Y la inteligencia emocional pregunta «¿y ahora qué hago con esto?». Son tres cosas distintas, y conviene tenerlas separadas porque esta época mezcló todo: convirtió la sensibilidad en certificado de buena persona. Como si llorar mucho garantizara ser alguien confiable. No funciona así. Hay gente muy sensible que lastima muchísimo —a la pareja, a un hermano, a un amigo—. Y hay gente sobria, sin discursos, que se queda cuando hace falta quedarse.

A veces querer a alguien tiene menos lágrima y más presencia.

Los que parecen no sentir nada

Después están los que preocupan. Los que escuchan un problema serio y ya están ofreciendo la solución antes de que termine la frase. Los que ven a alguien llorando y sienten ganas de mirar el celular. ¿No sienten? No necesariamente.

La ciencia distingue distintas partes de la empatía: entender lo que el otro siente, sentirlo un poco uno mismo, y responder de manera adecuada. Se puede tener una parte más desarrollada que otra. Por eso llamar «frío» a alguien puede ser tan exacto como diagnosticar gripe porque estornudó.

Hay personas poco expresivas. Personas criadas para no mostrar nada. Personas que aprendieron, de chicas, que llorar era peligroso. Personas que se desconectan para protegerse. Y también hay, sencillamente, diferencias de fábrica en la sensibilidad. No todo silencio es indiferencia. Pero tampoco toda indiferencia es silencio. A veces el otro no contesta porque no sabe qué decir.

Otras veces porque no le importa. El problema es que desde afuera se ven exactamente igual.

Cuando la frialdad no protege, sino que funciona así

Hay que decirlo con cuidado, para no mezclarlo con lo anterior: existe también una frialdad que no es defensa, sino estructura.

La psicopatía, según la describe la investigación clínica, no se define principalmente por la ausencia de emoción, sino por un patrón puntual: dificultad para sentir con el otro —esa resonancia involuntaria frente al dolor ajeno— junto con una gran capacidad para entenderlo de manera fría, cognitiva. Leer a la gente sin sentir con ella. Por eso cuesta tanto detectarla: no es alguien que no entiende lo que el otro siente. Es alguien que lo entiende perfecto y no le mueve nada por dentro.

La diferencia con el tímido, o con el que se protege desconectándose, es de fondo, no de superficie. El tímido sufre por no saber consolar. El herido paga un costo interno por su desconexión. La psicopatía no paga ese costo: la falta de resonancia no le genera culpa ni malestar, y a veces convive con encanto de superficie, manejo del otro y una habilidad notable para actuar la emoción que la situación pide.

No se trata de sospechar de cada persona poco efusiva —serían casi todos nuestros tíos, algún compañero de trabajo, medio barrio—. Se trata de no confundir dos cosas parecidas por fuera: la incomodidad de quien no sabe qué hacer con la emoción ajena, y la frialdad de quien sabe perfectamente qué hacer y elige no sentirla.

El corazón también se pasa de volumen

Ser muy sensible tampoco es una bendición todo el tiempo.

Los mismos estudios muestran que las personas con sensibilidad alta captan más matices, reaccionan más fuerte a lo social y a lo emocional, y procesan más profundo. Pero esa misma antena, cuando el ambiente se pone intenso, puede saturarse. El que es muy sensible entra a una reunión familiar y ya registró el silencio raro, la mirada cruzada entre dos primos, el tono cambiado de la tía y que alguien movió una silla. El problema es que después necesita descansar. De la reunión. Y quizás también de la silla.

Sensibilidad no debería confundirse con fragilidad. Alguien sensible puede ser durísimo. Solo necesita procesar más información emocional. Como una computadora con demasiados programas abiertos: no es peor computadora, capaz necesita cerrar alguna ventana.

Entonces, ¿quién siente de verdad?

Puede que la pregunta esté mal hecha.

No deberíamos preguntar quién siente y quién no, sino cómo siente cada uno, cuánto registra, cuánto entiende y qué hace con lo que siente. Porque hay quien siente como una tormenta y trata a los demás como si fueran paraguas descartables. Y hay quien parece una pared hasta que uno descubre que hace años sostiene una casa entera —la de la pareja, la de los hijos, la de un amigo que la está pasando mal.

La sensibilidad no garantiza bondad. La frialdad no demuestra maldad. El silencio no prueba ausencia de sentimiento. Las lágrimas no prueban profundidad. Madurar, en este terreno, es algo menos espectacular que «sentir mucho»: aprender a reconocer lo que nos pasa sin convertirlo automáticamente en verdad absoluta, aprender a notar lo que le pasa al otro sin apropiarnos de su dolor, y sobre todo aprender que una emoción puede ser legítima sin tener siempre la razón.

Quizás por eso la gente más interesante no es la que siente todo ni la que no siente nada. Es la que, pudiendo sentir, aprende qué hacer con eso. Y eso, por suerte, no viene grabado a fuego de una vez y para siempre. Porque mientras uno se pregunte por qué el otro no siente, y el otro se pregunte por qué uno siente tanto, queda flotando una pregunta más incómoda: ¿qué hacemos nosotros con lo que el otro nos despierta?