Premiar la ignorancia
Circula en las «famosas» redes una verdadera joya: un monólogo de Jesús Quintero (1940–2022), periodista español y presentador de programas de radio y televisión. Les dejo el texto de ese brillante monólogo, en cursiva, y me permito sumarme a él con algunas reflexiones propias de este siglo XXI que vivimos.
El dijo:
“Siempre ha existido gente ignorante, pero antes la ignorancia y la incultura se vivían como algo de lo que avergonzarse. Ahora, en cambio, hay personas que presumen de no haber leído nunca un libro y de que la cultura les importa poco. Se desprecia incluso aquello que requiere un mínimo esfuerzo intelectual.”
“El problema actual no es simplemente el analfabetismo tradicional: muchas de estas personas han tenido acceso a la educación, saben leer y escribir, pero han decidido no utilizar esas capacidades.”
“Cada vez son más y el mercado se adapta a ellos, porque representan un público numeroso y rentable.”
“La televisión también se adapta: cada vez ofrece más contenidos pensados para personas que no leen, no quieren aprender y buscan únicamente entretenimiento o distracción. Para captar su atención se recurre incluso a sucesos truculentos, crímenes, escándalos y cotilleos.”
“El resultado es que la sociedad entera empieza a diseñarse pensando en esa nueva mayoría. Los contenidos se vuelven cada vez más superficiales, frívolos, simples y elementales, para que resulten fáciles de consumir. Esa mayoría termina adquiriendo una especie de poder cultural y social: sus gustos empiezan a marcar qué se produce y qué se considera aceptable.”
“Pero existe una paradoja: aunque parezcan la clase dominante por imponer sus gustos, siguen siendo una clase dominada, precisamente porque la falta de cultura y pensamiento crítico facilita su manipulación.”
“Lo preocupante es que la falta de gusto, la vulgaridad y el morbo terminan imponiéndose como norma. Y quienes no quieren conformarse con ese nivel de superficialidad quedan cada vez más desplazados. La conclusión es una reivindicación muy sencilla: no conformarse con tan poco y aspirar a algo más profundo, más inteligente y exigente.”
“Y hay una idea que resume todo el monólogo: el problema no es que existan ignorantes; el problema es que la sociedad llegue a premiar la ignorancia y a adaptar su cultura a ella.”
El teléfono no se apaga
Quintero murió en 2022 y no llegó a ver lo que vino después.
No llegó a ver que el problema ya no es la tele, es el teléfono que todos tenemos adentro del bolsillo y que consultamos ciento cincuenta veces por día como quien reza un rosario al que no le cree, pero igual reza. La tele, al menos, uno la apagaba. Esto no se apaga. Esto se lleva al baño, a la cama, al velorio del tío.
Antes el ignorante presumía en la sobremesa
Delante de diez personas como máximo, y algún cuñado lo miraba raro. Ahora presume en público, con micrófono propio, y consigue seguidores. La ignorancia dejó de ser una vergüenza privada para convertirse en un modelo de negocio. Hay gente que vive, y vive bien, de no saber nada y de decirlo fuerte. El algoritmo los premia porque genera más comentarios un tipo gritando una idiotez que un tipo explicando algo con matices. La bronca prende fácil. La reflexión, no.
Y lo más curioso es que ya no hace falta ni siquiera fingir cultura para parecer exitoso
Antes el nuevo rico compraba una biblioteca, aunque no leyera un libro, total quedaba bien la biblioteca de fondo. Ahora ni eso: ahora el fondo de la videollamada es un desorden auténtico, y la autenticidad, mal entendida, se volvió más valiosa que el esfuerzo. Se aplaude al que «es real» aunque lo real sea simplemente no haberse esforzado nunca en nada.
La paradoja que señalaba Quintero se profundizó
Esa mayoría que impone el gusto —el cotilleo, el escándalo, el video de catorce segundos— sigue siendo, como él decía, una clase dominada. Pero ahora la dominan con algo más fino que la tele: la dominan con la propia costumbre de scrollear, que les seca la paciencia para cualquier cosa que dure más de un minuto. Y ojo, esto no distingue clase social ni nivel educativo: hay universitarios con posgrado que no pueden leer tres párrafos seguidos sin revisar el celular. La cabeza se les entrenó para otra cosa.
Lo que a mí me preocupa, para sumarme a la reivindicación final del maestro, es que ya no alcanza con no conformarse
Hay que animarse, además, a decirlo en voz alta sin que te tilden de esnob, de aburrido o de derechas. Porque hoy pedir algo profundo, algo que exija atención sostenida, te vuelve sospechoso. Como si el que busca calidad estuviera, en el fondo, mirando a los demás por encima del hombro. Y no. Uno puede simplemente extrañar el silencio necesario para pensar una idea hasta el final, sin que eso sea elitismo.
La ignorancia siempre existió, tenés razón
Lo nuevo es que ahora tiene marketing, tiene métricas, y tiene quien la defienda con el argumento de la libertad individual: «yo leo lo que quiero, o no leo nada, y es mi derecho». Cierto. Pero una cosa es el derecho a no leer, y otra muy distinta es que la sociedad entera reorganice su oferta cultural alrededor de los que no quieren leer. Eso ya no es libertad de nadie. Eso es rendición de todos.
