La estafa más perfecta de la historia

Nadie nos robó nada. Firmamos el contrato sonriendo.

El delito perfecto

Hay estafas con esposas, jueces y un tipo llorando en un noticiero a las nueve. Y hay una que no deja huellas dactilares porque el estafado firma todos los días, de buena gana, sin que nadie lo apunte con un arma. Nadie nos vació la cuenta. La vaciamos nosotros, en cuotas, puntualmente, como buenos contribuyentes de un impuesto que nadie votó. La cuota de este lunes. La del lunes que viene. La del año que viene. Todo bajo la promesa más vieja del mundo, la que ningún banco ofrece por escrito porque sabe que no la puede cumplir:

«Resolvé todo. Después vivís.» El «después» tiene una letra chica gigante.

Nos entrenaron para el trámite, no para el festejo

De chicos nadie te pregunta cómo querés vivir. Te preguntan qué vas a ser. Como si vivir fuera un efecto secundario de tener un cargo. Nos enseñaron a llegar temprano, a rendir bien, a no llegar tarde a una reunión que en dos años nadie va a recordar. Vivir quedó archivado en la misma carpeta que Educación Artística: simpático, no evaluable, y lo primero que se cae del horario cuando «hay cosas más urgentes».

Alguien debería haber avisado que ese «urgente» nunca tiene fecha de vencimiento. Se renueva solo. Es el único trámite del Estado que funciona perfecto.

El museo de lo impecable

Ayudé a un amigo a vaciar la casa de su padre. Trabajo raro: la muerte te convierte en arqueólogo de tu propia familia.

En el aparador: copas de cristal, cero usos. Vajilla importada, todavía con el precinto. Tres camisas con etiqueta. Un perfume francés sin abrir. Y un whisky escocés con una capa de polvo tan prolija que parecía tener antigüedad certificada.

—Esto era para una ocasión especial —dijo mi amigo, mirando las copas como quien mira una multa vencida.

No hay velorio sin un cajón que funcione como evidencia. La familia entera, guardando lo bueno «para después», como si la vida fuera una probable inspección de la AFIP (Hacienda) y hubiera que tener todo prolijo por si viene a controlar.

El brindis más incómodo del año

Esa tarde abrimos las copas. Primera vez. Última vez. No brindamos por un nacimiento, ni por un ascenso, ni porque alguien por fin se animó a pedir aumento. Brindamos porque el dueño de las copas ya no podía usarlas. Cuarenta años esperando la ocasión perfecta, y la ocasión perfecta resultó ser su propio funeral. Es un chiste tan malo que ni siquiera se puede contar en un velorio. Por eso lo cuento acá.

El sillón forrado en nylon (o el arte de proteger lo que ya nadie va a usar)

Mi abuelo tenía un sillón hermoso. Forrado en nylon. Nadie se podía sentar, porque «se iba a gastar». Durante años pensé que el sillón era frágil. Tardé bastante en entender quién era el frágil ahí. El sillón sigue impecable. Mi abuelo no. Nos reímos del nylon. Buena broma de sobremesa. Pero el nylon también existe en versión moderna: se llama «domingo libre que guardamos para cuando estemos menos cansados».

Después, el villano con mejor prensa del idioma

No es «odio». No es «fracaso». La palabra más peligrosa del castellano tiene cara de buena persona: Después. Después llamo. Después viajo. Después uso la vajilla. Después le digo lo que siento. «Después» nunca discute con el presente de frente, como un cobarde con buenos modales: simplemente se lo va comiendo, mordisco a mordisco, y encima te agradece las gracias por dejarlo pasar. El «después» es el único ladrón que, cuando lo pescás con las manos en la masa, te convence de que en realidad vos se lo diste.

La industria de venderte tu propio tiempo

Hoy hay una aplicación para dormir, una para respirar, una para tomar agua, una para «mindfulness» a las 8 de la mañana antes de entrar a un trabajo que te saca las ganas de vivir a las 8:05. Nunca hubo tantas herramientas para «ganar tiempo». Nunca escuché a tanta gente decir, al mismo tiempo, la misma frase con cara de sinceramente agotada:

—No tengo tiempo.

Raro. Con tanta tecnología ahorrando minutos, deberíamos estar nadando en horas libres. En cambio, las cambiamos, una por una, por notificaciones que en un año no vamos a poder ni recordar por qué nos importaron tanto.

La felicidad no hace ruido (por eso se la pifiamos siempre)

Esperamos que la felicidad llegue con orquesta. Con ascenso, con casa nueva, con destino en el Caribe.

Mientras tanto, la muy fugitiva anda disfrazada de martes cualquiera. Un café que se enfría. Una sobremesa sin agenda. Un hijo mostrando un dibujo espantoso con un orgullo genuino. Un amigo que toca timbre sin avisar, ese delito hoy casi extinto. Los grandes momentos casi nunca levantan la mano para pedir permiso. Somos nosotros los que estamos mirando el celular cuando pasan lista.

La pobreza que no sale en ningún índice económico

Nos enseñaron que ser pobre es no tener plata. Puede ser. Pero hay una pobreza más silenciosa y democrática: no tener un jueves libre para regalar. Porque la vida, la de verdad, casi nunca pasa en un Mundial ni en un casamiento. Pasa un jueves cualquiera, mientras se enfría el café y todavía —todavía— hay alguien para tomarlo con vos.

Salida (la de mi amigo, no la tuya todavía)

Antes de irnos, mi amigo volvió a guardar las copas en el aparador. Le pregunté por qué.

—Porque ahora sí las voy a usar.

—¿Cuándo?

Se rió, medio incómodo, medio sincero.

—Un jueves.

Buena respuesta. A nadie le escriben tangos a los jueves. Nadie los espera con ansiedad, nadie les manda flores. Y sin embargo ahí, en el jueves más gris del calendario, es donde se nos escapa la vida entera sin pedir factura.

El final que no te vas a poder guardar para después

Yo también tengo una botella esperando en un mueble.

La miré un rato largo antes de escribir esto. Sigue cerrada. No te voy a decir que la abras hoy, porque quedaría lindo en un posteo y sonaría a frase de alfombra de baño. Te voy a decir otra cosa, un poco menos amable: La botella no te está esperando a vos. Vos la estás esperando a ella. Y ella, la muy sinvergüenza, no tiene apuro. Puede esperar hasta que alguien la encuentre en un cajón, con vos ya afuera de la escena, brindando otro por costumbre.

Así que la pregunta no es «qué estás guardando». Es mucho más incómoda: ¿para quién lo estás guardando, si el único invitado que falta a esa ocasión especial sos vos? Andá. Total, el jueves ya llegó. Siempre llega. El problema nunca fue el jueves.