El hombre que nunca dejó de dibujar
El primer trazo nunca pregunta la hora
Hay personas que usan los sueños como quien usa un colectivo: se suben, viajan un rato y se bajan donde la vida les dice. Y después están las otras. Las incómodas. Las que convierten un impulso en una costumbre y una costumbre en un destino. Las que no abandonan aquello que las hizo felices cuando todavía no sabían que crecer iba a salir tan caro.
A este hombre le pasó con un lápiz.
No era un lápiz de colección. Ni una herramienta milagrosa. Era el lápiz que hubiera cerca. A veces una birome mordida. A veces un carbón. A veces cualquier cosa que dejara una marca sobre un papel. Porque cuando una idea aparece, no espera a que uno encuentre el útil correcto.
Y las ideas tenían la costumbre de llegar sin avisar.
Primero fueron personajes. Después historietas. Más tarde mundos enteros donde nadie preguntaba para qué servía perder una tarde dibujando. Curiosa obsesión la de algunos adultos: pasan media vida haciendo cosas que no disfrutan para comprar cosas que no necesitan, pero se preocupan muchísimo cuando un chico invierte tres horas en algo que lo hace feliz.
Convencer a una madre siempre vale más que convencer a un jurado
La adolescencia le regaló una conquista silenciosa. Convenció a su madre de viajar desde Villa Ballester hasta un instituto público de dibujo, en Buenos Aires. Y cualquiera que haya intentado convencer a una madre sabe que eso merece un diploma aparte.
El 166 tampoco iba a París, pero llevaba a los sueños. El viaje comenzaba en el inolvidable 166, aquellos colectivos Leyland que parecían construidos para comprobar cuánto podía resistir la espalda humana. Terminaba en José María Moreno y Rivadavia. No era París. Pero también conviene decir que París nunca tuvo un 166. Durante dos años estudió dibujo en serio. Proporciones. Carbonilla. Sombras. Perspectiva. Algo de pintura. Descubrió que la técnica no era el enemigo de la libertad. Era su puerta de entrada.
La vida tiene la mala costumbre de llenarnos la agenda
Después llegó la vida. El secundario. La universidad. El trabajo. Las responsabilidades. Las cuentas.
Ese ejército de obligaciones que entra por la puerta diciendo «es un minuto» y termina mudándose para siempre. Muchos dejan sus sueños en esa estación. No porque dejen de quererlos. Porque empiezan a creer que ya no corresponde. Él nunca dejó de dibujar.
El cuaderno esperaba sin pasar factura
Hubo épocas de menos dibujos. Cuadernos cerrados durante semanas. Días enteros donde el trabajo parecía ganar por goleada. Pero bastaba abrir una hoja para descubrir que el dibujo seguía esperándolo, con la paciencia de los perros viejos. Esos que jamás preguntan por qué tardaste tanto en volver. Simplemente mueven la cola.
Hay pasatiempos que en realidad son salvavidas
Qué paradoja. Cuantas más responsabilidades acumulaba, más necesitaba dibujar. Como si el arte no fuera un recreo sino una forma de mantener el equilibrio. Algunos hacen terapia. Otros juegan al golf. Otros compran relojes carísimos para convencerse de que todavía manejan el tiempo. Él buscaba una hoja en blanco. Porque una hoja en blanco todavía no decepcionó a nadie.
El día que dejó de pedir permiso
Muchos años después apareció una cómplice: la artista Silvia Goytia. Hay personas que enseñan técnicas. Y hay otras que, con una frase, te cambian la postura frente a la vida. Ella hizo exactamente eso y tal vez no lo sepa. Le mostró que ya no necesitaba pedir permiso. Entonces llegaron los acrílicos. Y la pintura abstracta. No para representar el mundo. Sino para sentirlo. Los colores empezaron a decir cosas que las palabras tardaban demasiado en entender.
Las formas dejaron de obedecer reglas. Y qué alivio descubrir que un cuadro también puede respirar desordenadamente.
La extraña dignidad de seguir siendo aprendiz
Hoy vive una existencia curiosa. Camina frente al Mediterráneo, navega en kayak cuando el viento acompaña, escribe, hace periodismo, pinta, lee y aprende. Sobre todo, aprende todos los días. Porque cuanto más sabe una persona, más cómoda se siente diciendo que todavía es aprendiz. Los que creen saberlo todo, generalmente, dejaron de aprender hace bastante tiempo. Y quizás ahí esté el verdadero secreto. No en los cuadros. Ni en los dibujos. Ni en las historietas. Ni siquiera en aquellos viajes interminables sobre el 166.
El secreto fue no traicionar nunca al chico que dibujaba cualquier cosa sobre cualquier papel mientras los grandes discutían asuntos urgentísimos que, con el tiempo, terminaron siendo completamente olvidables.
Conozco a ese hombre
Lo veo caminar, pintar, escribir, aprender con la misma curiosidad de aquel chico que un día descubrió que un lápiz servía para inventar mundos. A veces pienso que nunca fue solamente un buen dibujante. Fue algo bastante más difícil. Un hombre que se negó a romper el diálogo con el niño que alguna vez fue. Y eso, en un mundo donde crecer suele confundirse con resignarse, ya es una pequeña obra de arte. Porque hay gente que envejece. Y hay otra que simplemente cambia de caja de lápices.
