La última lección de un campeón

Antes de empezar

Lector, lectora: no se vaya. Sé que el título anuncia fútbol, y que apenas lea la palabra «Mundial» muchos ya estarán calculando si vale la pena quedarse. Quédense. Esto tiene algo de fútbol, sí, lo mínimo indispensable, una final, un pitido, un tumulto de camisetas.   Pero tiene mucho más de la vida de todos los días, esa que no sale en los resúmenes: la fila del supermercado, la discusión de tránsito, el sobrino que patea el tablero cuando pierde al ludo.  Es una nota emocionante, incómoda a ratos, y un poco paradojal, porque habla de una derrota para explicar qué es, en realidad, ganar.

Ahora sí, empecemos.

El instante que nadie recuerda

Hay un segundo del deporte que jamás aparece en los resúmenes. No es el gol decisivo ni la parada imposible ni el capitán levantando la copa bajo una lluvia de papel dorado. Ese instante llega un poco después, cuando las cámaras ya dejaron de buscar héroes y empiezan, sin querer, a buscar personas.

Es el instante de perder.

Ganar es fácil. Mejor dicho: ganar no necesita manual. A nadie hay que enseñarle a sonreír después de un gol, ni a correr con los brazos abiertos, ni a besar un trofeo. Eso sale solo, como respirar.

La derrota, en cambio, hay que aprenderla.

Cinco segundos después del pitido

No es una educación de libro. Es esa otra, más difícil, que consiste en tragarse un orgullo que pesa más que cualquier medalla. La que obliga a estirar la mano cuando el cuerpo entero pide cerrar el puño.

La última final del Mundial dejó una imagen que debería inquietarnos más que el marcador. Mientras un equipo festejaba su segundo título, del otro lado varios jugadores seguían disputando un partido que ya no existía. Apenas sonó el silbato final, la frustración se transformó en tumulto: forcejeos, empujones, un jugador en el piso, cuerpos técnicos metiéndose en el medio para separar lo que ya no tenía sentido pelear. Lo que debía ser el arranque de una fiesta se convirtió, por unos minutos, en una escena impropia de una final del mundo.

Y ahí pasó algo que vale la pena contar.

Mientras otros perdían los estribos, el entrenador del equipo derrotado corrió hacia el foco del incidente. No a buscar excusas ni a sumar leña. Corrió a separar a los suyos, a apagar el fuego con su propio cuerpo, y evitó que aquello terminara en algo peor. Fue, probablemente, el gesto más importante de toda la noche.

Horas más tarde, con los ojos llenos de lágrimas en la sala de prensa, volvió a dar otra lección: reconoció sin rodeos que el rival había sido justo campeón, agradeció a sus jugadores y no buscó culpables. Ni siquiera se victimizó por su propio futuro incierto.

El espejo de todos

No es una cuestión de camisetas ni de países. Sería demasiado cómodo dejarlo ahí. La historia del deporte está llena de campeones soberbios y de derrotados incapaces de aceptar que, durante un rato, alguien fue mejor. Lo grave no es perder. Lo grave es creer que perder autoriza a dejar de ser quien uno decía ser.

Todos conocemos a alguien así.

El amigo que, al perder una partida de cartas, de repente descubre que las reglas estaban mal explicadas desde el principio. El conductor que convierte un bocinazo en una declaración de guerra. El padre que transforma un picadito de nenes de nueve años en un juicio oral contra el árbitro, el técnico rival y el universo entero. El que pierde una elección y al otro día descubre, providencialmente, un fraude. El que jamás falla por sí mismo, solo por mala suerte, por el clima, por los otros.

No hablamos de fútbol. Hablamos de nosotros.

Porque perder tiene una virtud incómoda: nos quita el maquillaje. Ganando somos todos generosos, todos simpáticos, todos magnánimos. Sonreír desde el primer puesto no tiene mérito. El examen empieza cuando el aplauso es para el de al lado.

Ahí aparecen los que felicitan de verdad y los que necesitan inventar una injusticia para poder dormir tranquilos. Y aparecen también, de vez en cuando, los que entienden que conducir gente no es solo levantar trofeos, sino impedir que una derrota se lleve puesto todo lo construido.

La derrota también educa

Hay derrotas que duran una tarde. Y derrotas que duran una vida entera. Las primeras las decide el marcador. Las segundas, la conducta.

Dentro de veinte años casi nadie recordará quién tuvo más posesión de pelota. Pero la escena de una celebración empañada por la incapacidad de aceptar un resultado va a seguir sirviendo, durante mucho tiempo, para explicar la diferencia entre competir y perder el control.

El deporte nunca fue solamente una fábrica de campeones.

Es, ante todo, una escuela de carácter. Enseña que siempre habrá alguien más rápido, más certero, más afortunado. Obliga a convivir con la bronca y a descubrir, tarde o temprano, que el rival no es un enemigo: es la razón por la cual ganar tiene algún valor. Sin rival no hay campeón. Y sin respeto, tampoco.

La victoria más difícil

Quizá por eso las escenas que más perduran no son siempre las de la copa en alto. También quedan, y a veces más hondo, las de quienes con los ojos llenos de agua se acercan al que ganó, lo abrazan de verdad y admiten que ese día el otro fue mejor. Eso, también, es ganar.

Porque la última imagen que deja alguien no siempre es un gol o una medalla.

A veces es una mano tendida en pleno enojo. A veces es un entrenador metiéndose entre los suyos para frenar lo que la rabia estaba por arruinar. A veces es apenas una frase, dicha con la voz quebrada, reconociendo lo obvio.

Tal vez la victoria más importante no sea la que queda en el marcador, sino la que ocurre unos minutos después, cuando el orgullo pide una excusa y uno, en cambio, decide dar la mano.

Los títulos llenan vitrinas. Pero saber perder es lo que, en definitiva, construye personas.