Víspera de la final
Buenos Aires / Miami / Lima / Ciudad de México / Málaga / Madrid
Hay partidos que se juegan antes de jugarse. Este domingo, cuando Argentina y España pisen el césped, ya habrán transcurrido semanas de un partido paralelo, sin pelota, disputado en pantallas, en despachos y en la garganta de la gente. Vale la pena, antes del silbatazo inicial, sentarse un momento y mirar ese otro partido con la cabeza fría. No para sacar una conclusión definitiva —esa la dará el marcador— sino para entender mejor lo que estamos por ver.
El árbitro, ese fantasma de siempre
El fútbol nació con la sospecha adentro. Desde que existe un hombre con un silbato entre dos pasiones enfrentadas, existe también la tentación de creer que ese hombre no es neutral, que algo lo empuja hacia un lado.
México 86, Alemania 2006, el gol fantasma de Sudáfrica 2010: cada generación tiene su herida abierta. No hace falta ninguna conspiración para que eso ocurra. Basta con que un árbitro —o ahora, un equipo arbitral asistido por VAR— tenga que decidir en segundos una jugada que millones discutirán durante años.
El Mundial 2026 tampoco escapó a esa lógica. Hubo penales discutidos, fueras de juego milimétricos, manos interpretadas de manera distinta y decisiones del VAR que dejaron conformes a unos e indignados a otros. La tecnología redujo algunos errores objetivos, pero no eliminó el margen de interpretación.
Cambió la naturaleza de la discusión: ya no se debate solamente qué vio el árbitro, sino cuándo intervino el VAR, cuándo decidió no hacerlo y por qué jugadas aparentemente similares recibieron tratamientos diferentes. Hasta aquí, sin embargo, hablamos de errores arbitrales. Y los errores, por definición, no constituyen pruebas de favoritismo.
El episodio que dejó de ser una sospecha
Hubo, sin embargo, un hecho que trascendió el terreno deportivo.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reconoció públicamente que llamó al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para pedir que se revisara la tarjeta roja mostrada al delantero estadounidense Folarin Balogun. Horas después, la FIFA suspendió la sanción automática derivada de esa expulsión y el jugador quedó habilitado para disputar el partido de octavos de final frente a Bélgica.
La propia FIFA sostuvo que la decisión fue adoptada por sus órganos disciplinarios independientes y negó cualquier interferencia política. Infantino afirmó que, durante la conversación con Trump, le explicó que el caso seguía un procedimiento jurídico autónomo.
Sin embargo, la controversia no terminó allí. La Federación Belga cuestionó formalmente la decisión, reclamó conocer los fundamentos jurídicos de la medida y sostuvo que el procedimiento había sido excepcional. También hubo pedidos públicos para investigar si la intervención política había comprometido la percepción de independencia del organismo.
Conviene ser precisos.
No existe evidencia pública que demuestre que la FIFA modificó su decisión porque Trump lo pidió. Sí existen, en cambio, cuatro hechos comprobados:
- Trump admitió haber solicitado la revisión.
- Infantino confirmó que recibió esa llamada.
- La suspensión automática fue levantada mediante un procedimiento extraordinario.
- La decisión provocó impugnaciones institucionales y un debate internacional sobre la independencia de la FIFA.
Eso alcanza para abrir un debate serio sobre la imagen de imparcialidad del torneo. No alcanza, al menos con la información pública disponible, para afirmar una manipulación deliberada del campeonato.
La diferencia entre ambas cosas importa.
Cuando perder necesita un culpable
Fuera de ese episodio excepcional, el resto de las polémicas pertenece a otra categoría. Entrenadores que cuestionan al árbitro después de una eliminación. Dirigentes que hablan de «criterios distintos». Exjugadores convencidos de que el VAR favoreció al rival. Hinchas que reconstruyen un campeonato entero alrededor de dos o tres jugadas.
Nada de eso es nuevo. Los campeones suelen despertar sospechas precisamente porque ganan. A medida que un equipo acumula victorias, también acumula rivales, frustraciones y teorías que buscan explicar por qué siempre parece salir favorecido.
La historia del fútbol está llena de campeones acusados de recibir ayudas arbitrales. En la inmensa mayoría de los casos, esas acusaciones nunca pasaron del terreno de la sospecha.
El otro partido: las redes
Existe además un segundo campeonato, disputado lejos del césped. Las redes sociales mezclan tres fenómenos diferentes.
- El primero es completamente natural: el cansancio que provoca cualquier hegemonía deportiva. Siempre hubo gente que disfruta más viendo caer al campeón que viendo ganar al aspirante.
- El segundo es tecnológico. Los algoritmos amplifican los contenidos más emocionales. Una discusión que hace veinte años quedaba limitada a un bar hoy puede recorrer el mundo en minutos.
- El tercero merece un tratamiento mucho más cuidadoso. Diversos investigadores llevan años documentando la existencia de redes coordinadas, cuentas automatizadas y campañas de desinformación durante grandes acontecimientos deportivos y políticos. Eso es un hecho.
Lo que no puede afirmarse, al menos con la evidencia pública disponible, es que haya existido una operación organizada específica destinada a favorecer o perjudicar a una selección determinada durante este Mundial. Puede haberla habido. Puede no haberla habido. La ausencia de pruebas concluyentes obliga a distinguir entre una hipótesis plausible y un hecho demostrado.
El periodismo debería resistir la tentación de borrar esa frontera.
Dos amigos, un solo idioma
En medio del ruido, hay una imagen que merece sobrevivir a la tormenta. Lionel Scaloni y Luis de la Fuente llegan a esta final después de recorrer caminos distintos, pero unidos por una relación de respeto y amistad que nació mucho antes de que el destino los enfrentara por el trofeo más importante del fútbol. Se admiran. Se escuchan. Se reconocen en el otro.
No es un detalle menor. En una época donde el deporte suele narrarse como una guerra y donde cada rival parece condenado a convertirse en enemigo, la final ofrece una paradoja poco frecuente: dos entrenadores que competirán con intensidad sin renunciar al afecto.
Eso no hará que el partido sea menos feroz. Al contrario. Las amistades verdaderas no eliminan la ambición; simplemente recuerdan que el adversario también merece respeto. Quizá por eso esta final tenga algo de excepcional. Pase lo que pase durante noventa minutos —o ciento veinte—, uno de los dos levantará la Copa y el otro cargará con la derrota.
Pero ninguno necesitará deshumanizar al otro para explicar el resultado. En tiempos en los que casi todo se interpreta como una batalla sin matices, la amistad entre ambos entrenadores recuerda que la competencia no exige convertir al rival en enemigo. Puede ser, después de tantas semanas de sospechas, la imagen más valiosa que deje este Mundial.
Domingo
Y entonces llega el domingo. Después de semanas de sospechas, comunicados, debates arbitrales, videos ralentizados, publicaciones virales y discusiones interminables, vuelve la única pregunta que realmente importa.
¿Quién jugará mejor?
Porque, pese a todo, los Mundiales siguen decidiéndose principalmente en la cancha. Este torneo deja una enseñanza que va mucho más allá de Argentina y España. Demostró con qué facilidad una sospecha razonable puede transformarse en una certeza colectiva.
Mostró cómo un episodio excepcional —como la revisión del caso Balogun— puede contaminar la percepción sobre decisiones completamente distintas. Y recordó algo que el fútbol conoce desde hace más de un siglo: cuando la pasión entra en escena, la evidencia rara vez alcanza para convencer al que ya decidió qué quiere creer.
El pitido inicial no resolverá todas esas discusiones. Probablemente el pitido final tampoco. Pero quizá, cuando el estadio se vacíe y la Copa encuentre dueño, también quede otra imagen para recordar: dos amigos que durante un par de horas hicieron todo lo posible por derrotarse y que, terminado el partido, seguirán respetándose como antes.
Porque el fútbol puede dividir durante noventa minutos; la grandeza, en cambio, suele reconocerse cuando el silbato ya dejó de sonar. Y el partido, por suerte, todavía se juega con una pelota.
