«Las Malvinas son argentinas»

¿Por qué escribo esto hoy?

No escribo estas líneas por el partido de anoche. Ni porque Inglaterra haya vuelto a aparecer del otro lado de una cancha. Escribo desde Málaga, bastante lejos de la Plaza de Mayo y bastante cerca del Mediterráneo, donde el Atlántico Sur parece un problema ajeno. Pero no lo es.

Lo escribo porque estoy convencido de que muchos hispanohablantes que viven aquí —y sospecho que también muchos argentinos— ya no recuerdan cómo empezó realmente esta historia. El fútbol la mantiene viva, sí, pero también la simplifica. La convierte en un gol, en una revancha, en una canción de tribuna. Y las Malvinas existían mucho antes de Maradona, antes de Thatcher y antes de la guerra.

No pretendo escribir una verdad definitiva. Apenas contar la versión de alguien que la vivió, la discutió y todavía la sigue pensando.

Hay una foto que no existe

Si existiera, se me vería con cuarenta años menos, parado en Plaza de Mayo, con la boca abierta gritando algo que ya no recuerdo bien qué era, y a mi lado un tipo que tampoco recuerdo empujándome porque yo decía que esa guerra era el último manotazo de un gobierno dictatorial que ya estaba muerto, aunque todavía respirara.

No tengo la foto. Tengo el moretón que ya no está, y tengo, todavía intacta, la sensación exacta de esa tarde: la de estar rodeado de banderas y sentir que la patria, esa palabra tan manoseada, me estaba quedando chica para lo que me estaban pidiendo que hiciera con ella. Me pegaron por decir que no. Años después, el país entero terminó pensando lo mismo que yo pensaba esa tarde. Esa es la primera paradoja: la razón, cuando llega tarde, no repara nada. Apenas te deja el consuelo inútil de haber tenido razón.

Antes de la guerra: una historia de soberanía

Conviene volver bastante más atrás de 1982. Yo aprendí esta parte mucho antes de que me empujaran en Plaza de Mayo, en las clases de historia del secundario, y nunca dejó de parecerme el argumento más sólido de todos, el que no necesita gritar ni banderas para sostenerse.

Las Malvinas no empezaron con los militares ni terminaron con la rendición. La discusión viene desde la independencia argentina. Cuando España perdió sus dominios en América, las Provincias Unidas heredaron los territorios que la Corona administraba en el Atlántico Sur, como ocurrió con buena parte de las fronteras de nuestra región. No fue una ocurrencia patriótica posterior: fue el criterio jurídico con el que nacieron casi todos los nuevos Estados americanos.

En 1829, el gobierno argentino designó a Luis Vernet como comandante político y militar de las Islas Malvinas. Vernet organizó la colonia, reguló la pesca, estableció población permanente y ejerció autoridad en nombre del Estado argentino. Todo eso terminó el 3 de enero de 1833. Una corbeta británica llegó, exigió la retirada de las autoridades argentinas y reemplazó una bandera por otra. Hay invasiones que duran un día. Y hay otras que duran casi dos siglos.

Un colonialismo que sigue vivo

Vayamos al mar, entonces, que es donde arrancó todo esto que hoy se disfraza de rivalidad futbolera y de goles repetidos hasta el infinito. Las Islas Malvinas están ahí, a unos quinientos kilómetros de Chubut. Muchísimo más cerca de la Patagonia que de Londres, salvo que uno mida las distancias con el mapa del poder. Desde 1833 pasaron gobiernos, revoluciones, dos guerras mundiales, la llegada del hombre a la Luna, Internet, la inteligencia artificial y hasta el teléfono que llevamos en el bolsillo sabe más cosas que nosotros.

Pero hay algo que no cambió. Un territorio sigue siendo administrado desde nueve mil kilómetros de distancia por una potencia que llegó con barcos de guerra. Que me disculpen los que necesitan un tratado de trescientas páginas para animarse a llamar a las cosas por su nombre: eso es colonialismo. Puro. Yo no soy diplomático, soy de los que escriben, y cuando algo tiene forma de colonia, nació como colonia y continúa funcionando como colonia, no voy a rebautizarlo con un eufemismo elegante para que nadie se incomode.

Le voy a decir colonialismo.

La guerra que no era nuestra

Ahora bien. Y acá aparece la parte que más me interesa, la que yo trataba de explicar a los gritos aquella tarde sin que nadie quisiera escucharla. Porque ese reclamo legítimo fue secuestrado, en 1982, por los mismos que un año antes torturaban personas a pocas cuadras de mi casa. Una Junta Militar que había desaparecido miles de argentinos, que tenía la economía destruida y la calle completamente perdida, encontró en Malvinas la mejor cortina de humo imaginable.

Mandó a pelear a chicos de dieciocho y diecinueve años. Muchos sin entrenamiento suficiente. Muchos sin equipamiento. Algunos castigados por sus propios superiores con una crueldad que hoy todavía cuesta leer sin apretar los dientes. Seiscientos cuarenta y nueve no volvieron. Y los que volvieron regresaron a un país demasiado ocupado en olvidar como para abrazarlos.

Ahí aparece otra paradoja, la que a mí me costó el moretón: los mismos que perseguían la palabra «patria» cuando alguien la pronunciaba para pedir democracia, la usaron sin pudor para mandar pibes a morir por una causa justa administrada por las manos más injustas que tuvo la Argentina del siglo veinte. Le pusieron uniforme al oportunismo. Y durante algunas semanas les salió bien. Yo estaba ahí, tratando de explicar algo que parecía imposible de explicar: que uno podía amar las Malvinas y despreciar profundamente a quienes habían decidido recuperarlas con sangre ajena.

No me entendieron. Me pegaron. Ya lo conté. Y volvería a decir exactamente lo mismo.

El hermano que pocos recuerdan

Hay otra historia de esa guerra que rara vez aparece en los manuales. Mientras Estados Unidos respaldaba a Gran Bretaña utilizando la base de la Isla Ascensión, y la dictadura chilena colaboraba con inteligencia militar para el gobierno de Margaret Thatcher, hubo un país que decidió asumir un costo enorme por acompañar el reclamo argentino.

Perú.

El presidente Fernando Belaúnde Terry —democráticamente elegido, no un dictador; vale la pena remarcarlo— envió en secreto aviones Mirage, armamento, repuestos, combustible, técnicos y organizó una logística clandestina para romper el aislamiento internacional que sufría Argentina. Nadie lo obligó. No había un tratado que lo exigiera. Lo hizo porque distinguió dos cosas que muchos de nosotros confundíamos en ese entonces. Una cosa era la dictadura. Otra muy distinta era la causa de soberanía. Perú ayudó a la segunda sin absolver a la primera.

Exactamente la distinción que yo intentaba explicar aquella tarde en Plaza de Mayo mientras alguien consideraba más sencillo pegarme que escucharme. A veces los países entienden mejor las paradojas que a las personas.

Lo único que todavía no cambió

Sigo pensando que las Malvinas son argentinas. Con la misma convicción con la que sigo creyendo que aquella guerra nunca debió ocurrir de esa manera. No encuentro contradicción entre las dos cosas. La contradicción sería creer que una causa justa deja de ser justa porque la tomó en sus manos un gobierno criminal.

Anoche, para muchos argentinos, el triunfo frente a Inglaterra tuvo un sabor que excede al fútbol. Es lógico. Hay heridas que tardan generaciones en cerrar. Pero, si me preguntan a mí, Argentina ya ganó su Mundial. El nuestro. El que no se juega cada cuatro años sino desde hace casi dos siglos. El que se sostiene con memoria, con argumentos, con diplomacia y con la convicción de que la historia no prescribe porque pasen los calendarios.

El domingo será otra cosa, y conviene no mezclarlas

Será apenas un partido de fútbol contra España, un país que no tuvo nada que ver en esta historia.

Un país hermano. Uno con el que compartimos una lengua, una enorme parte de nuestra historia, millones de familias mezcladas entre un lado y otro del océano y hasta esa costumbre tan nuestra de discutir apasionadamente para terminar abrazándonos.

Noventa minutos no cambian nada de eso.

Porque el fútbol, por suerte, dura noventa minutos. La historia, en cambio, sigue jugando el tiempo suplementario. Y algunas causas, cuando son legítimas, no necesitan gritar para seguir vivas.

Las Malvinas son argentinas.