Una especie en riesgo de extinción
El otro día vi a un chico de unos diez años andando en bicicleta. Llevaba casco, coderas, rodilleras, un chaleco fluorescente y un reloj inteligente que, supongo, le avisaría a la madre si respiraba demasiado rápido. Detrás, a unos veinte metros, iba el padre caminando con el teléfono en la mano, mirándolo a él cada tanto y mirando la pantalla el resto del tiempo.
No pude evitar sonreír.
No porque estuviera mal. Al contrario. Probablemente ese chico llegue entero a los cuarenta, cosa que nosotros conseguimos de milagro. Pero mientras lo veía pedalear, pensé que mi generación era un experimento de la naturaleza.
Nos subíamos a una bicicleta cuyo mejor sistema de seguridad era que los frenos respondieran. Salíamos de casa con una frase que hoy provocaría un escándalo en cualquier red social.
—No vuelvas tarde.
Y listo. Ni ubicación en tiempo real, ni mensajes preguntando «¿dónde estás?». Si aparecías antes de que encendieran las luces de la calle, era suficiente. Tus padres confiaban en vos… o estaban demasiado ocupados viviendo como para controlar cada uno de tus movimientos.
Todavía no sé cuál de las dos cosas era más saludable.
La infancia, en aquella época, sucedía afuera. La calle era una extensión de la casa. Los vecinos sabían quién eras, aunque jamás recordaran tu nombre. Eras «el hijo de Antonio», «la nena de Marta» o «el rubiecito que juega siempre con una pelota». Y con eso alcanzaba para que hubiera una comunidad entera vigilando sin que nadie sintiera que lo estaban vigilando.
Si hacías una travesura, la noticia llegaba a tu casa antes que vos. Y después venía el juicio.
Curiosamente, nunca había abogados defensores.
No digo que todo eso estuviera bien. Digo que así era. Y, de alguna manera, uno aprendía que cada acción tenía consecuencias. A veces alcanzaba con una mirada de tu madre. Esa mirada tenía más poder que cualquier contraseña de ocho caracteres.
En casa tampoco abundaban las opciones.
Había un solo menú. No existía eso de preparar una comida distinta para cada integrante de la familia. Si tocaba lentejas, había lentejas. Si no te gustaban… bueno… el hambre tenía una capacidad pedagógica extraordinaria.
Y qué raro. Sobrevivimos.
Hasta descubrimos que muchas de esas comidas que jurábamos odiar hoy las cocinamos con una nostalgia casi ridícula. Porque la memoria tiene ese sentido del humor. Convierte en tesoro aquello por lo que alguna vez protestaste.
También protestábamos por la televisión.
Dos canales. A veces tres, si el viento soplaba para el lado correcto y la antena decidía colaborar. Había que levantarse para cambiar de canal. Los más chicos eran oficialmente el control remoto de la familia. Y nadie discutía demasiado. El que estaba más cerca del televisor tenía un cargo que asumía con resignación.
Hoy tenemos miles de películas disponibles en segundos y pasamos cuarenta minutos buscando qué mirar. Antes tardábamos cinco segundos en elegir.Y dos horas disfrutándolo juntos.
La música tampoco era inmediata.
Había que esperar que la radio pasara esa canción que te gustaba. Cuando finalmente sonaba, alguien gritaba desde el comedor:
—¡Poné a grabar!
Y comenzaba una operación de precisión quirúrgica para que el locutor no hablara encima de la introducción. Claro que hablaba. Siempre hablaba. Todavía creo que algunos locutores disfrutaban arruinándole el cassette a media ciudad. Pero igual valía la pena. Porque la espera le daba valor a las cosas.
Ahora vivimos en un mundo donde todo llega enseguida y, curiosamente, casi nada permanece.
Los domingos eran otra historia.
No había apuro. Los negocios cerraban. El teléfono sonaba poco. Después del almuerzo aparecía un silencio que hoy resultaría insoportable para mucha gente. Entonces hablábamos. Así, simplemente. Sin sacar el celular del bolsillo. Sin fotografiar el postre.
Sin sentir la necesidad de contarle al mundo que estábamos siendo felices. La felicidad todavía no necesitaba testigos.
Había personas que ocupaban lugares especiales.
La maestra. El cartero. El gerente del banco. El policía de la esquina. No eran santos. Ni eran perfectos. Eran personas con defectos, como todos. Pero había algo que hoy parece escasear: la cercanía. Te conocían. Sabían quién eras. Y uno descubre, con los años, que sentirse conocido es una forma silenciosa de sentirse protegido. No quiero caer en esa trampa de decir que antes todo era mejor. Sería una mentira.
Había problemas, injusticias y dolores que hoy, por suerte, ya no aceptamos con tanta naturalidad. Pero también había algo que perdimos mientras corríamos hacia el futuro. La capacidad de estar. De esperar. De conversar sin mirar una pantalla cada treinta segundos. De aburrirnos sin desesperarnos. De tocar el timbre de un amigo en lugar de preguntarle por mensaje si estaba disponible para recibir una visita.
A veces pienso que la especie en peligro de extinción no es una generación. Es una forma de mirar la vida. La de quienes todavía creen que una sobremesa puede durar dos horas. Que un vecino merece un saludo. Que un abrazo no necesita un emoji para ser entendido.
Que las personas no son un contacto más en una lista interminable.
Tal vez el progreso nos dio velocidad.
Y está bien. Pero, entre tantas ventajas, también nos cobró algunas cosas en silencio. Nos hizo creer que estar comunicados era lo mismo que estar cerca. Y no. Nunca fue lo mismo. Por eso, si alguna vez tienes a un abuelo contando por décima vez cómo rebobinaba un cassette con una birome, no lo interrumpas.
En realidad no está hablando del cassette. Está intentando explicarte un mundo donde casi todo tardaba un poco más. Pero quizá, precisamente por eso, duraba mucho más. Y quién sabe… Tal vez la especie en peligro de extinción no sean ellos. Tal vez sea esa manera de querer, de confiar y de compartir el tiempo, que un día dejamos atrás sin darnos cuenta.
Y como ocurre con todas las especies que desaparecen, solo empezamos a valorar su importancia cuando ya casi no queda nadie que pueda contarnos cómo era vivir entre ellas.
