Ese péndulo raro que todos llevamos adentro

El otro día vi a un presidente dar un discurso como si acabara de ganar el campeonato. Dos días después apareció con una cara de lunes eterno. Pensé que el problema era él. Pero seguí mirando alrededor y la cosa empezó a repetirse: un vecino peleándose con un árbol porque le tapaba el sol, una señora insultando a una máquina de estacionamiento, un amigo que dejó de contestar los mensajes durante una semana sin explicar nada.

Ahí me pregunté si el problema eran ellos o si todos llevamos un pequeño péndulo colgado adentro, que a veces nos deja arriba y otras nos lleva al subsuelo. Como la curiosidad suele meterme en lugares donde nadie me llamó, levanté el teléfono y llamé a Amalia, una amiga psicoterapeuta que tiene la costumbre de decir verdades incómodas con la misma naturalidad con la que ceba un mate.

—Decime una cosa —le pregunté—. ¿Estamos todos más inestables o es impresión mía?

Se rió.

—Lo raro sería no cambiar nunca.

Y ahí empezó una conversación que todavía me sigue dando vueltas.

Todos cambiamos, pero no siempre por la misma razón

Me explicó que el humor cambia. Cambia porque somos personas. Porque dormimos mal, porque estamos cansados, porque perdimos a alguien, porque vivimos preocupados o, simplemente, porque el cuerpo y la cabeza pasan factura cuando uno hace demasiado tiempo que viene empujando sin parar.

Después me frenó antes de que yo dijera una de esas frases que repetimos sin pensar.

—No llamemos bipolar a cualquiera que un día está de buen humor y al siguiente está cruzado.

Me contó que el trastorno bipolar es una enfermedad seria, con episodios que duran días o semanas y que necesitan tratamiento. No tiene nada que ver con enojarse porque se cortó internet o porque un lunes salió atravesado. Usar esa palabra como si fuera un chiste no solo está mal: también les hace más difícil la vida a quienes realmente conviven con ese diagnóstico.

La taza que nadie ve

Hubo una imagen que no pude sacarme de la cabeza.

—Imaginate una taza —me dijo—. Todos tenemos una.

La diferencia es que nadie ve cómo viene esa taza por dentro.

Hay personas que hace meses la llenan de preocupaciones, de noches mal dormidas, de angustias que nunca cuentan, de estrés, de pérdidas. Desde afuera parece que están bien. Hasta que un día alguien les dice una pavada, el semáforo tarda un minuto más de lo normal o el café sale frío… y la taza rebalsa. El que mira desde afuera cree que explotaron por esa gotita. Pero la gota no era el problema. El problema era que la taza venía llena desde hacía mucho tiempo. Eso tampoco significa que todo esté permitido.

Amalia insistió bastante con esa parte.

Entender por qué alguien está mal no obliga a soportar malos tratos. El dolor explica muchas cosas, pero no convierte el maltrato en algo aceptable. Una cosa es comprender. Otra muy distinta es justificar.

El peligro de poner etiquetas

Antes de cortar, le pregunté si no le preocupaba que hoy todo el mundo pareciera hablar de psicología.

—Me preocupa cuando todos creen que saben diagnosticar.

Tiene razón.

Basta pasar unos minutos por las redes sociales para encontrar «narcisistas», «tóxicos», «psicópatas», «bipolares» y «trastornos» repartidos con una seguridad que asusta. Como si una persona pudiera resumirse en un video de treinta segundos o en un recorte de una discusión. Paradójicamente, nunca hablamos tanto de salud mental y, al mismo tiempo, nunca pareció tan fácil ponerle una etiqueta a alguien sin conocer su historia.

Cuando colgué, volví a pensar en aquellos dirigentes que aparecen un día eufóricos y al siguiente parecen cargar el peso del mundo. La verdad es que no tengo idea de qué les pasa. Ni a ellos, ni al vecino que discute con el árbol, ni al amigo que desapareció una semana. Y pensándolo bien, tampoco sé del todo qué pasa por la cabeza de las personas con las que me cruzo todos los días.

Tal vez el verdadero desafío no sea adivinar qué le pasa al otro

Tal vez alcance con recordar que nadie llega a una discusión, a una tristeza o a un enojo con la taza vacía. Hay historias que no conocemos, batallas que no vemos y silencios que pesan más de lo que imaginamos. Quizás, antes de ponerle un nombre a lo que creemos entender, convenga hacer una pausa y admitir que casi siempre estamos mirando apenas la última gota.