La felicidad no atiende por ventanilla

Crónica de alguien que salió a buscarla afuera y la encontró adentro, justo donde nadie mira

Había una vez —o quizás fue ayer nomás— una mujer que decidió salir a buscar la felicidad como quien sale a buscar el pan. Estaba convencida de que iba a encontrarla en alguna vidriera, en algún cartel, en algún lugar con nombre y dirección. No era gurú ni tenía podcast. Era una vecina más, de las que hacen fila en el banco, discuten con la balanza del changarín y llegan a fin de mes haciendo malabares que ningún circo se animaría a aplaudir.

Preguntó, como corresponde

Un compañero de trabajo le aseguró que la felicidad llegaba con el aumento de sueldo. Una prima juró que vivía en un departamento con balcón al río. Un candidato prometió traerla en su próximo mandato. Un local de electrodomésticos se la ofreció en dieciocho cuotas. Un coach le pidió que respirara hondo y le pasara la tarjeta.

Caminó tanto que terminó con los pies cansados y el ánimo más pinchado que antes de salir. Fue entonces cuando se cruzó con un médico de barrio, de esos con consultorio chico y sala de espera con revistas viejas. No hizo ningún truco de magia. Solo dijo, casi al pasar:

La felicidad es casera. La fabrica el cuerpo.

Ella pensó que le estaba tomando el pelo.

Arriba, sin cartel en la puerta, alguien trabaja

Porque una imagina la felicidad con serpentinas, con la cuenta en verde o con una foto que junte muchos corazones. Sin embargo, según el médico, el cerebro hace su changa en silencio, como esos porteros de edificio a los que nadie saluda hasta el día que falta el agua.

La dopamina se asoma cuando alguien nos manda un mensaje que no esperábamos. La feniletilamina es la que insiste en que vale la pena entusiasmarse con un proyecto nuevo, aunque después haya que lavar los platos. La adrenalina da el empujón para levantarse otra vez, aun cuando el colchón ofrece asilo político. Y las endorfinas llegan como esos vecinos silenciosos que no dan charla, pero golpean la puerta justo cuando el techo se está por caer encima.

Lo curioso del asunto

Nos pasamos media vida pidiendo afuera lo que el cuerpo ya viene preparando adentro. Aunque tampoco hay que exagerar: ningún neurotransmisor paga el alquiler ni cicatriza una traición de un día para el otro. La química no reemplaza un abrazo real, ni la justicia, ni un plato caliente, ni una noche de sueño entero. Pero tampoco hay que echarle toda la culpa al cerebro de una tristeza que muchas veces la fabrica un mundo empeñado en recordarnos que siempre falta algo.

Todos mirando la vidriera del vecino

Alguien cambia el auto y sentimos que nos debemos una alegría. Otro sube fotos de la playa y creemos que el bronceado también viene con la felicidad incluida. Una sonrisa perfecta en la pantalla nos hace olvidar que, un minuto antes, fuera de cámara, hubo un portazo.

Un negocio redondo

Nos venden la felicidad como si fuera lavandina ( lejia). Más potente. Renovada. Edición limitada, solo por hoy. Mientras tanto, el cuerpo sigue insistiendo, tozudo, con sus propias recompensas: cuando ayudamos a alguien sin que nos vean, cuando entendemos algo nuevo, cuando la risa sale de verdad y no por compromiso, cuando sentimos que en algún lugar encajamos.

Tal vez nunca fue un premio, sino una consecuencia. No una meta con cinta para cortar, sino una manera de caminar. No la cima, sino el rato de la subida, aunque falte el aire y sobren las ganas de sentarse.

La mujer escuchó todo eso sin terminar de entenderlo del todo. Como pasa siempre con lo importante, tardó unos días en darse cuenta de que ya lo sabía de memoria.

Volvió a su casa

No había ningún tesoro bajo el colchón. Tampoco un giro de guion ni un premio inesperado. Pero esa noche cenó sin apuro. Llamó a alguien con quien hacía tiempo no hablaba. Se rio de un recuerdo tonto. Durmió de un tirón.

El cuerpo, discreto de nacimiento, hizo lo suyo. Al otro día, cuando le preguntaron dónde había encontrado la felicidad, ella sonrió con la cara de quien todavía no tiene todas las respuestas, pero ya dejó de correr detrás de ellas.

Porque quizás la felicidad no sea un destino al que se llega en colectivo. Quizás sea ese momento raro en que dejamos de perseguirla el tiempo suficiente como para notar que, desde hace rato, caminaba a nuestro lado, esperando apenas que le diéramos bolilla.

Tal vez, al final, no se trate de dónde estamos ni de lo que tenemos

Un mismo lugar puede ser cárcel para uno y refugio para otro. Una misma cosa puede ser tesoro o cachivache, según quién la mire. Lo único que no cambia de dirección es lo que sentimos: un abrazo pesa igual en una casa grande que en una chica. Una risa vale lo mismo con auto nuevo o con el de siempre.

Quizás por eso la felicidad nunca tuvo domicilio fijo. Vive donde uno siente, no donde uno está.

Dedicado a Mariel que hoy ingresa al quirófano