La última vez
Hay algo que nadie nos explica cuando somos chicos: que las cosas tienen una última vez. La última vez que tu padre te levanta en brazos. La última vez que tu madre te acomoda el pelo antes de salir. La última vez que dormís en la casa donde creciste.
El problema es que nadie pone un cartel.
No aparece una voz desde el cielo que diga: «Prestá atención, esta escena no se repite». Así que seguimos. Comemos apurados, miramos el teléfono mientras alguien nos cuenta algo, decimos «después te llamo».
Nadie avisa
Hace unos años, un amigo me llamó sin querer nada. Eso era lo raro. Los amigos suelen llamar para pedirte algo: que salgas, que le prestes el auto, que le expliques por quinta vez cómo se hacía aquella cosa.
—¿Qué hacés? —me preguntó.
—Nada.
—Ah.
Y nos quedamos hablando. Del trabajo, de una película, de aquella noche en que nos reímos tanto que casi nos echan de un bar. Yo tenía cosas que hacer. Él también, supongo. Ninguno de los dos sabía.
Fue nuestra última llamada.
Si alguien me lo hubiera advertido, lo habría dejado todo. Me habría sentado en el suelo. Le habría pedido que me contara otra vez esa historia que ya le había escuchado tres veces. Le habría dicho que lo quería. Habría alargado la charla hasta que alguno dijera:
—Bueno, boludo, después hablamos.
Pero las últimas veces se disfrazan de momentos comunes.
Un martes cualquiera
La última vez que tu hijo te pide que juegues con él, probablemente estés trabajando. La última vez que tus padres te dicen «vení a comer», probablemente tengas otro plan. La última vez que alguien te abrace va a pasar un viernes, mientras pensás en otra cosa.
Creemos que la vida está hecha de grandes acontecimientos.
Pero está hecha, sobre todo, de cosas chicas que no sabemos que estamos perdiendo: una taza en la mesa, una voz desde la cocina, un «¿llegaste bien?», un plato servido sin pedirlo. Una risa que escuchaste mil veces y que un día, sin darte cuenta, dejaste de escuchar.
No creo que la solución sea aprovechar cada segundo.
Sería agotador; nadie puede vivir despidiéndose todo el tiempo. Es algo más simple: estar cuando estamos. Escuchar cuando alguien habla. Dejar el teléfono boca abajo de vez en cuando. Quedarse cinco minutos más.
La foto que no sacaste
Todos tenemos una. Tu padre afeitándose frente al espejo, tu madre doblando ropa, tus amigos riéndose en una cocina diminuta. Nadie la sacó porque en ese momento no parecía importante. Con los años descubrimos algo raro: lo que más extrañamos es justo lo que nos parecía normal.
Cinco minutos más
Daría lo que fuera por esa llamada. No por lo que nos dijimos, que era nada, sino por el tiempo que nos sobraba. Por escuchar otra vez ese «¿qué hacés, boludo?». Por cinco minutos más. Solo cinco. No hay rebobinado. Pero cuando alguien que queremos me dice «¿te quedás un rato?», trato de contestar que sí. No siempre me sale. Aun así, lo intento.
Porque algún día vamos a extrañar exactamente esto: esta mesa, esta conversación, esta persona. Y ojalá, cuando llegue ese día, podamos decir: «Por suerte, aquella vez sí estaba.»
