“Que estés aquí no significa que ya te hayas ido”

La mujer que estaba en otro lado

Conocí una vez a una pareja. No sé si eran amigos; quizá conocidos de esos que, con los años, terminan ocupando una habitación intermedia en nuestra memoria. Llevaban muchos años juntos y bastantes más viviendo bajo el mismo techo.

Ella tenía una manera extraña de estar. No era antipática ni distante. Hablaba, escuchaba, sonreía cuando correspondía. Incluso hacía preguntas, aunque siempre un segundo tarde, como quien sigue una conversación que le llega traducida desde otra habitación.

Recuerdo una cena. Él contó una anécdota que ella conocía de memoria y ella se rio justo donde había que reírse. Pero mientras se reía miraba la jarra de agua, o la ventana, o nada. Había algo en ella que parecía haber tomado una decisión sin comunicársela al resto del cuerpo. Estaba allí y, al mismo tiempo, no. Como si hubiera dejado una parte de sí misma en un lugar al que los demás no teníamos acceso.

Esa noche, de vuelta a casa, me vino a la cabeza una frase, de esas que se dicen para consolar: “Que estés aquí no significa que ya te hayas ido.” Me pareció cierta, pero a medias. Porque también podía decirse al revés: “Que estés aquí no significa que todavía estés.”

Estar no es quedarse

Hay una diferencia pequeña, casi invisible, entre estar y quedarse. Uno puede estar en una mesa y no estar en la conversación. Puede estar en una casa y haber abandonado hace tiempo la intimidad de esa casa. Puede dormir junto a alguien durante veinte años y no saber qué tristeza está atravesando esa persona desde hace tres meses.

También sucede lo contrario. Un hijo se va a otro país y sigue siendo parte de la conversación familiar. Un amigo deja de aparecer durante años y, cuando ocurre algo importante, pensamos primero en él. Una persona muere y descubrimos, con sorpresa y dolor, que su ausencia física no consiguió llevársela del todo.

La presencia no es un asunto de distancia. Es un asunto de vínculo.

Las parejas que continúan después de terminar

Pienso en ella cuando pienso en las parejas que se separan mucho antes de separarse.

No hace falta que haya otra persona ni una traición. A veces no hay culpables, ni grandes discusiones, ni una escena digna de película. Algo, simplemente, se apaga. Primero dejan de contarse algunas cosas. Después dejan de preguntarse otras. Un día descubren que llevan meses hablando solo de compras, horarios, hijos, facturas, médicos y de quién pasa a buscar el pan.

Siguen juntos. La pregunta importante ya no es por qué no se separan, sino en qué momento dejaron de encontrarse. Una relación puede conservar su estructura cuando ya perdió parte de su contenido.

La casa permanece.
Las fotografías permanecen.
Los cumpleaños permanecen.
La cama permanece.

Pero algo se fue.

También nos pasa con los amigos

Con la amistad ocurre de manera más silenciosa. No hay contrato ni promesas solemnes. Por eso una amistad puede desaparecer sin que nadie anuncie su final. Dejamos de llamar. El otro tampoco llama. Un cumpleaños se pasa. Después otro. Nos cruzamos por casualidad y decimos lo de siempre:

—Tenemos que vernos.

Y durante un instante los dos sabemos que probablemente no sucederá. ¿En qué momento dejamos de ser amigos? No lo sabemos. Algunos vínculos no tienen fecha de defunción. Simplemente dejan de alimentarse.

La pregunta que queda

Aquella mujer me impresionó, y no porque pareciera triste. Lo inquietante era que parecía haber aprendido a vivir perfectamente en un lugar del que, emocionalmente, ya se había marchado.

No sé si eso es una tragedia. Creo que no.

Tampoco creo que todos tengamos la obligación de estar siempre disponibles: sería demasiado fácil convertir cada distancia en una culpa. Hay quien necesita irse antes de poder explicarlo. Hay quien se queda por amor y quien se queda por miedo. Hay quien ya no ama, pero todavía cuida, y quien ama profundamente y ya no sabe cómo estar.

Ninguna de esas situaciones tiene una respuesta limpia.

Epílogo: estar aquí

A veces creemos que la pregunta fundamental de una relación es «¿me quieres?». Pero hay otras más incómodas:

¿Estás aquí de verdad?
¿Todavía quieres conocerme?
¿Cuando estás conmigo, estás conmigo o solamente estás cerca?

Y la más difícil de todas:

¿Yo sigo estando?

Es muy fácil observar la ausencia del otro y mucho más duro preguntarnos por la propia presencia. Las personas no son muebles: no permanecen donde las dejamos. Cambian, se acercan, se alejan, regresan. A veces se quedan físicamente mientras se marchan por dentro.  Y a veces se marchan para siempre y, contra toda lógica, continúan acompañándonos.

No sé dónde estaba ella aquella noche, mirando la ventana.  Pero recuerdo que yo estaba sentado justo enfrente, y que tampoco le pregunté.