Vanidad o amor propio
Ese pequeño espejo donde nos jugamos la vida
A veces mirarse al espejo no es vanidad. Es simplemente comprobar que seguimos ahí y que, contra todo pronóstico, todavía nos reconocemos. Vistas de lejos, la vanidad y el amor propio se parecen bastante. Ambos se peinan, se perfuman, se compran alguna camisa que no necesitan y se contemplan con la expresión de quien acaba de descubrir que la genética, por una vez, ha tenido un detalle.
La diferencia aparece cuando uno pregunta: ¿para quién lo hacemos?
La vanidad necesita público
El vanidoso no se mira: se presenta. Necesita espectadores, testigos, admiradores y, si es posible, algún enemigo, porque hasta la envidia ajena cuenta como aplauso. El «qué bien estás», el «qué joven te conservas», el «qué interesante lo que dices».
Frases que, según quién las diga, pueden ser un cumplido o una transfusión de autoestima. Ya lo sospechaba La Rochefoucauld, especialista en descubrirle la ropa interior a nuestras virtudes: detrás de muchas de ellas suele haber una pequeña vanidad haciendo caja.
Ahora, además, tenemos redes sociales, y la vanidad ha encontrado su paraíso fiscal. Uno publica el desayuno, el gimnasio, el libro que está leyendo, el viaje, la puesta de sol y una frase sobre la felicidad. Todo muy espontáneo, naturalmente, después de cuarenta y siete intentos, dos filtros y una pequeña crisis existencial. Nunca tuvimos tantas herramientas para decirle al mundo que no necesitamos que el mundo nos mire.
El amor propio no necesita testigos
El amor propio es bastante menos fotogénico. No exige demostrar que eres extraordinario. Te permite aceptar que eres bastante normal y, aun así, considerarte digno de cariño, sin redactar una tesis doctoral para justificarlo.
Es marcharte de donde te humillan, aunque allí tengas entrada VIP.
Es dejar de perseguir a quien te trata como una opción mientras tú haces horas extras para convertirte en prioridad. Es mirarte un lunes por la mañana, con cara de haber dormido debajo de un camión, y pensar: «Bueno. No estamos para portada de revista, pero tampoco vamos a pedir disculpas por existir».
Erich Fromm entendió algo esencial: amarse a uno mismo no es creerse superior, sino aceptar que la propia vida merece cuidado. Y que quien no sabe tratarse con respeto difícilmente sabrá dar amor a los demás. Una idea casi revolucionaria, considerando la cantidad de adultos que se hablan a sí mismos con una crueldad que jamás tolerarían de un desconocido.
Narciso también tiene teléfono móvil
Hoy Narciso tendría móvil. Y probablemente varias cuentas. La vanidad compara, siempre compara. Hay alguien más joven, más guapo, más rico, más delgado, más viajado, más leído y, sobre todo, alguien que acaba de publicar una foto demostrando que desayuna frente al mar.
La vanidad pregunta:
«¿Cómo me ven?»
El amor propio pregunta:
«¿Cómo me trato cuando nadie me está viendo?»
Ahí se acaba el maquillaje.
Cuando uno desprecia y el otro tolera
Conviene ponerse serios un momento. Hay relaciones en las que una parte desprecia y la otra tolera, y a esa tolerancia solemos llamarla paciencia, generosidad o incluso amor. Quien desprecia necesita a alguien a quien mirar por encima del hombro: es otra forma de vanidad, con un público de una sola persona.
Quien tolera, mientras tanto, va bajando el listón poco a poco. Primero aguanta un comentario, luego una ausencia, luego la sensación de que pedir lo mínimo es pedir demasiado. El amor propio no consiste en no querer a nadie. Consiste en no aceptar como cariño lo que solo es desprecio con buenos modales.
Un poco de vanidad tampoco mata
Y, aun así, conviene no ponerse solemnes. Un poco de vanidad es saludable: nos hace arreglarnos, seducir, competir, escribir y mentirnos con cierto encanto sobre la edad. Bien administrada, hasta resulta divertida.
El problema empieza cuando necesitamos gustarle a todo el mundo. Eso, además de imposible, es agotador. Siempre habrá alguien que no te soporte, y probablemente tenga sus motivos. El amor propio consiste también en sobrevivir a esa noticia sin convocar una rueda de prensa.
Quizá la verdadera elegancia consista en gustarnos sin convertirnos en admiradores profesionales de nosotros mismos. En saber que podemos ser importantes sin ser imprescindibles, queridos sin ser adorados, atractivos sin tener que documentarlo cada cuarenta y ocho horas.
Al final, cuando desaparecen los aplausos, se apaga el teléfono y el espejo deja de hacer de jurado, queda una pregunta bastante incómoda: ¿te gusta la persona que eres cuando ya no tienes a nadie a quien impresionar?
El espejo no responde. Menos mal. Porque quizá, después de tantos años buscando aprobación, todavía nos quede por descubrir si queremos ser admirados… o simplemente estar orgullosos de quien se queda cuando todos los demás se van.
