Cinco años

Un cuento del mundo empresarial

Hace cinco años, en la sala de reuniones de una fábrica de válvulas para riego, alguien puso un mapa en la pared y pintó un país de verde. Yo estaba ahí porque mi viejo, cuando murió, me dejó el cuatro por ciento de la empresa y una corbata que nunca me animé a usar. La corbata la tengo en un cajón. El cuatro por ciento me sienta en una silla, una vez al año, frente a una bandeja de medialunas que a las once de la mañana ya tienen la textura de un posavasos.

Ese día había medialunas y había un mapa

El gerente general, que se llamaba Aníbal y tenía la costumbre de hablar con el puntero láser encendido, aunque no señalara nada, dijo que el país verde era enorme, que crecía como la espuma, que las cifras eran para llorar de emoción y que «todos quieren estar ahí». Lo dijo como argumento. Nadie levantó la mano para decirle que eso, en realidad, era una advertencia. Que cuando todos quieren estar en un lugar, ese lugar ya está lleno de gente más grande, con más plata y con abuelos que nacieron ahí. Mi tío Osvaldo, que es contador y por lo tanto desconfía hasta de los cumpleaños, lo pensó, pero lo pensó bajito.

Lo que sí preguntó Osvaldo, y lo recuerdo perfecto, fue:

—¿Y nosotros qué tenemos que no tengan los demás?

Aníbal sonrió con la ternura con que se le sonríe a un nene que pregunta por qué el cielo es azul, y respondió que teníamos ganas. Después pasó a la siguiente diapositiva, que era un gráfico con una flecha que subía. Las flechas de las presentaciones siempre suben. Nunca vi una presentación con una flecha que se quedara mirando el paisaje. Se votó. Once a favor, dos en contra, una abstención: mi tía Nelly, que se había dormido con la taza en la mano y despertó justo para preguntar si ya podían servir el café. Osvaldo votó en contra. Yo voté a favor, y no voy a inventar motivos nobles: había flechas, había entusiasmo, y me pareció de mala educación ser el que arruina una fiesta con medialunas.

Pero fijate lo que nadie dijo esa mañana

Nadie dijo cuándo íbamos a saber si estaba funcionando. Nadie dijo cuánta plata estábamos dispuestos a perder antes de decir basta. No había hitos, no había plazos, no había puerta de salida. Se aprobó una ambición, que es como aprobar un casamiento sin hablar nunca de lo que pasa si la cosa sale mal. Por eso existe el divorcio, que es el plan de salida que nadie firma en la iglesia.

Cinco años después nos volvimos a juntar en la misma sala

El mapa seguía en la pared, un poco descolorido. El país verde estaba más claro, como si se hubiera lavado a alta temperatura. En una esquina había un ficus. Lo habían comprado el mismo año del plan, para «darle vida a la sala». Y ahí, mientras esperábamos que alguien trajera el informe, me di cuenta de algo que me cayó como un balde de agua: el ficus estaba enorme. Frondoso, brillante, con hojas como manos abiertas. Había crecido más que la filial. Le pregunté a Marta, la señora que limpia, quién lo regaba.

—Yo —dijo—. Nadie me lo pidió, pero alguien tenía que hacerlo.

Me quedé un rato con esa frase. Nadie me lo pidió, pero alguien tenía que hacerlo. Ahí estaba, servida en un trapo de piso, la diferencia entre una planta que crece y una oportunidad que se seca.  Porque cuando llegó el informe, con sus tablas y sus colores, Aníbal empezó con lo que yo sabía que iba a empezar:

—El mercado cambió.

Claro que cambió. Los mercados cambian, como cambian las mareas y los presidentes. Decir que el mercado cambió es como decir que llovió: es cierto, y no explica por qué saliste sin paraguas. Una cosa es que una oportunidad se acabe mientras uno trabaja sobre ella, peleándola, y otra muy distinta es que se quede esperando en un rincón de la sala, como el yogur en el fondo de la heladera, con la fecha de vencimiento corriendo sin que nadie mire la tapa. Las oportunidades también vencen. Sólo que no traen la fecha impresa.

Osvaldo

Osvaldo, que había venido con una servilleta doblada en el bolsillo del saco, la abrió sobre la mesa. Había escrito cuatro renglones a lápiz.

—A ver —dijo—. Hay cuatro explicaciones posibles, y no son la misma. Se acomodó los anteojos y leyó.

  1. Primera: que haya sido el mercado. Que dejó de ser atractivo, que llegamos tarde, que estaba inflado como un globo de cumpleaños. Si es así, quizá haya que irse.
  2. Segunda: que haya sido la decisión de entrar. Que nos haya seducido el tamaño del premio y no una ventaja verdadera. Si es así, hay que reconocerlo y aprender, y el primero que tiene que aprender es el que armó la presentación con la flecha.
  3. Tercera: que haya sido la estrategia. Que hayamos querido estar en todas partes a la vez, que es una forma elegante de no estar en ninguna. Si es así, hay que elegir dónde pelear y cómo sostener la posición.
  4. Cuarta: que haya sido la ejecución. Y acá Osvaldo levantó el lápiz, como el que levanta un dedo en misa. Si es la ejecución, la pregunta ya no es qué hacer con el mercado. Es quién lo hace, con qué medios y cómo. Y también hay que preguntarse si teníamos con qué. Socios de allá, equipo de ventas, caja para aguantar esas ventas que tardan un año en cerrarse, tiempo del gerente. A veces la oportunidad era real y el plan era un abrigo de talle grande para un cuerpo de talle mediano. Le queda lindo en la vidriera y se lo lleva puesto el viento.

—Eso es filosofía —dijo Aníbal.

—No —dijo Osvaldo—. Filosofía sería opinar. Esto se resuelve con números: lo que vendimos contra lo que dijimos que íbamos a vender, lo que nos costó conseguir cada cliente, qué hicieron los competidores, qué decisiones tomamos a tiempo y cuáles dejamos madurar hasta que se pudrieron. Si no miramos eso, cada uno va a elegir la explicación que menos le duela. Y ya sé cuál va a elegir el que gerenció.

Se hizo un silencio con olor a café recalentado

Entonces alguien, del fondo, dijo lo de siempre: que todos habíamos votado. Que la decisión había sido de todos. Y Osvaldo, que en cinco años no había perdido la costumbre de decir lo que hay que decir en el momento más incómodo, respondió:

—Votar es levantar una mano. Es un esfuerzo que no le agota el hombro a nadie. Gerenciar es otra cosa: es mirar el tablero todos los meses, avisar cuando una hipótesis se cae, proponer plazos, ponerle un límite a la esperanza y presionar por resultados.

Eso no lo hace el que vota. Lo hace el que cobra por hacerlo, y el directorio que lo controla. Si el que votó confió en lo que le mostraron, no es un pecado. Es haber creído lo que le contaron. Y si el que dudó no fue todos los meses a revisar planillas, tampoco: nadie le pidió que fuera el sereno de una obra ajena.

Aníbal apagó el puntero láser. Fue lo más elocuente que hizo en toda la reunión.

Nadie propuso echar a nadie

No hace falta ser cruel para ser serio. Puede ser que el mercado haya cambiado, que una hipótesis haya dejado de ser cierta, que una inversión que parecía buena hoy ya no tenga sentido. Todo eso se acepta. Uno invierte y a veces pierde: es parte del juego, y el que no lo sabe, mejor que compre bonos.

Lo que cuesta tragar es otra cosa. Lo que cuesta es que hayan pasado cinco años y que las posibilidades, esas que tenían olor a país verde y flechas que subían, no se hayan transformado en nada que se pueda tocar. Ni en ventas, ni en clientes, ni siquiera en un error interesante del que aprender. Cinco años esperando, como esperan los abrigos en el ropero.

Se acabó la reunión

Se llevaron las medialunas, que habían sobrevivido intactas, como una prueba de que ahí nadie tocó nada.

Salí último. En la sala quedamos Marta, el ficus y yo.

—Usted, si tuviera que decidir de nuevo —me dijo Marta, mientras enjuagaba el trapo—, sabiendo lo que sabe, ¿volvería a meter la plata?

Miré el mapa. Miré la planta, tan verde, tan viva, regada por alguien a quien nadie se lo pidió.  No le contesté enseguida. Y creo que ahí, en ese silencio, empezaba la otra conversación, la que hubiéramos tenido que tener hace cinco años.