¿Estamos perdiendo los parámetros?

Algunas cosas que antes parecían normales y hoy necesitan explicación

Hace treinta años. Treinta. Lo digo en voz alta y suena a otra era, a fotografía en blanco y negro, y no lo es. En 1996 uno quedaba con alguien «a las seis en la puerta del cine» y, si a las seis y diez no había aparecido, se quedaba esperando. Sin avisar, sin que le avisaran. Y a las seis y cuarto llegaba el otro, sofocado, con una excusa mala, y no pasaba absolutamente nada. Si se lo cuento hoy a alguien de veinte años, me mira como si le explicara que la ropa se lavaba en el río. Y eso que treinta años no son nada. Yo conozco tiempos bastante más lejanos, pero esos los dejo para otra ocasión, que aquí hoy solo venimos a hablar de lo reciente.

Antes de seguir, una advertencia:

Gabriel García Márquez decía que la vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y la forma en que la recuerda para contarla. Y tenía razón. La memoria es una editora con criterio propio y ningún respeto por los hechos. Así que lo que sigue es mi versión, corregida por ella. No la doy por verdad, sino por honesta.

Tampoco es nostalgia:

Lo que intento es rescatar algunas cosas del pasado, quedarme con otras del presente y explicar por qué. Lo hago con la lucidez de un cerebro joven metido en un cuerpo mayor, que es una combinación incómoda: la cabeza dice «vamos» y la rodilla dice «ni se te ocurra».

La palabra dada

Recuerdo a un vecino que vendió una furgoneta en la barra de un bar. Sin papeles, sin abogado. Se dieron la mano, pidieron dos cafés y el trato quedó cerrado. Al día siguiente, el comprador apareció con el dinero. Así, sin más. Hoy nos mandamos un PDF, lo firmamos digitalmente, recibimos un aviso de que el otro ha recibido el aviso y, aun así, dormimos peor. Tenemos más documentos que nunca y menos confianza. Somos capaces de archivarlo todo y de no creer a nadie que diga «tranquilo, yo me encargo».

Ojo: la palabra también fallaba, y cuando fallaba solía pagarlo el más débil. Los contratos no se inventaron por maldad, sino porque alguien salió perdiendo. Pero algo se perdió por el camino. Que una promesa pese por sí misma es un lujo que me gustaría recuperar.

Esperar

En aquella época, si alguien no contestaba, no contestaba. Nadie pensaba que estaba enfadado, deprimido o llevando una doble vida. Estaría en la ducha, o en la calle, o no habría llegado a casa. Se volvía a llamar y ya está. Hoy un mensaje cruza el planeta en un segundo, y cinco minutos sin respuesta ya son un drama en tres actos.  Hemos eliminado la espera y, de paso, hemos perdido la paciencia, que era el músculo que la espera entrenaba.

Aburrirse

Aquí quizá esté lo más importante. El aburrimiento verdadero, ese en el que no pasaba nada. Uno miraba por la ventana, daba vueltas por el pasillo, se tumbaba en el suelo a mirar el techo. Y de esa nada salían las mejores ideas, o al menos las más raras. Hoy llevamos en el bolsillo una máquina que nos entretiene desde que abrimos los ojos, y luego nos extraña no poder concentrarnos.  El cerebro también necesita ratos en los que nadie le grite «¡mira esto!».

Una conversación sin público

Hubo un tiempo en que uno podía tener una alegría, una pelea o una desgracia sin audiencia. Nadie fotografiaba el momento para probar que había ocurrido. Hoy parece que lo no publicado corre el riesgo de no haber existido. Yo sigo creyendo que hay cosas que son mejores cuando pertenecen solo a quienes las viven. Y que discrepar con alguien no obligaba a bloquearlo, ni a buscar cinco testigos que confirmaran nuestra versión.  Se discutía con el vecino y, al día siguiente, se le pedía la escalera prestada.

Reparar

Se arreglaban los relojes, las bicicletas, los zapatos, las radios. Hoy la primera pregunta ya no es «¿tiene arreglo?», sino «¿cuánto cuesta uno nuevo?». Me temo que esa lógica se ha colado donde no debía. Los objetos se sustituyen. Las amistades, las familias y las personas merecen, al menos, un intento de reparación primero.

Lo que no rescataría ni, aunque me pagaran

Ahora viene la parte incómoda, porque haber vivido antes no significa haber vivido mejor.

No quiero recuperar el «porque lo digo yo».

Ni que los niños se callen porque hablan los mayores.

Ni las desigualdades que se daban por normales.

Ni la obligación de fingir que en casa todo iba bien cuando iba fatal.

Ni los silencios sobre lo que se escondía debajo de la alfombra.

Y menos aún esa costumbre de convertir el sufrimiento en prueba de carácter: «A mí nadie me preguntó cómo estaba, y aquí estoy». Sí, aquí estamos. Pero quizá por eso mismo ahora podemos preguntar cómo están los demás.

Lo que dejaría de hoy

Dejaría la obligación de tener una opinión sobre absolutamente todo, y de convertir cada conversación en una posición: a favor o en contra, nosotros o ellos. Como si la vida fuese un partido de fútbol en el que hubiera que elegirse camiseta antes de saber qué se está jugando. Dejaría también la prisa por parecer felices y la costumbre de confundir visibilidad con importancia.

Lo que me llevaría

Cada época inventa soluciones a sus problemas y, a veces, esas soluciones crean problemas nuevos. Los de veinte no son más débiles que nosotros, ni nosotros éramos más fuertes. Nos entrenaron para partidos distintos. Si pudiera hacer una mudanza entre épocas, no me llevaría una televisión antigua ni una máquina de escribir. Me llevaría cosas invisibles: la palabra dada, la paciencia, la privacidad, la capacidad de aburrirse, la posibilidad de equivocarme sin que el error quede archivado para siempre. Y esa maravilla de sentarse dos horas con alguien sin que ninguno mire una pantalla. Y dejaría aquí la nostalgia, porque tiene trampa: recuerda con precisión lo que echamos de menos y olvida convenientemente lo que nos molestaba.

Quizá eso sea madurar

No decir que antes todo era mejor, ni que ahora todo lo es. Mirar las dos épocas y decir: «Esto sí. Esto no. Esto lo hemos mejorado. Esto lo hemos perdido. Y esto, francamente, no sé si fue buena idea». Porque los parámetros no son reglas inmutables. Son esas pequeñas referencias que nos ayudan a no perdernos cuando cambia el paisaje. Y el paisaje cambia tan deprisa que uno mira alrededor y se pregunta: ¿en qué momento cambiaron las normas y quién demonios se olvidó de avisarme?